La botella de champán volaba en las manos de Duncan, rellenando copas mientras mi cuñada refrenaba un estornudo en mitad de una carcajada. Una cosa inusitada, oiga. Si por un casual le hubiera dado por toser hubiera sido uno de esos momentos memorables inmortalizados con una cámara de fotos para escarnio eterno del que lo protagoniza. Pero no tuvimos tal suerte y nos tuvimos que conformar por un jajajajajajajaaaatchis.
Sin embargo, la sombra del enorme miembro viril de Segis planeaba sobre la casa pirenaica en la que nos habíamos dado cita para decir adiós a 2008. Quién me iba a decir a mi que apuraría las últimas horas del año recordando la tranca de un tío, con lo que yo he sido.
En fin.
Retomé la narración de la historia tras atizarme un copazo para aclararme las ideas. O para terminar de enturbiarlas.
Acabábamos de forzar a un tipo hecho y derecho a fotografiarse el miembro viril en un fotomatón, con la única protección de una mínima cortinilla de tela frente a los curiosos ojos del mundo. Hay gente que hace cosas más normales, lo sé. Pero nosotros no.
Y había ocurrido que el tío tenía una manguera en lugar de minga y que le daba vergüenza que se supiera.
País, que diría Forges.
Afrontábamos las primeras horas de la noche del domingo con la firme determinación de conseguir las firmas de cuatro gachís seleccionadas por los miembros más antiguos del Colegio Mayor de Segis. Pensábamos –antes de conocer los nombres- que no sería tan difícil. Total. Unas firmillas y a correr. ¿Quién se negaría?
Claro que al leer los nombres nuestra seguridad se diluyó como un azucarillo en una taza de café recién hecho.
Cara. Fuego el uno: Casilda xxxxxx, estudiante de tercer año, CEU, una de las tías más desagradables del planeta. Medidas: 90-60-90. Y la otra pierna igual.
Culo. Fuego el dos: Mónica xxxxxx, estudiante de cuarto año, Univ Francisco de Vitoria, medio legionaria de Cristo, estudiante a tiempo parcial, beata a tiempo completo.
Perfil. Fuego el tres: Roberta xxxx, estudiante de tercer año. Aquejada de gigantismo. Agorafóbica patológica. Hosca como una mula. Fea como un demonio.
Polla. Fuego el cuatro: Olivia xxxxx, estudiante de cuarto año. Residente de un colegio mayor del opus. Presidenta del club de católicas recalcitrantes contra la ola de lujuria que nos invade.
Bien. Vale. Con la uno y la tres tendríamos problemas, pero era factible. La dos sería un reto. Pero la cuatro era francamente imposible. Pero imposible, imposible. Imposible hasta para mi, así que no quería ni imaginarme lo que semejante miura haría con Segis, el tímido picha enorme con el que esperaba al Circular.
Duncan me miró con una de esas miradas que significan y ahora qué coño hacemos? Diríase que su arrojo y su empuje habían volado como una golondrina que había olisqueado el crudo invierno.
-Olivia, dijo Duncan.
-Olivia, contesté yo.
-Quién es Olivia?, pregunto Segis.
-No quieras saberlo, le dije.
Olivia.
Tela marinera.
La aparición del Circular, traqueteando y haciendo un ruido de mil demonios nos sacó de nuestro breve conversación de besugos. Sopesé las posibilidades cuidadosamente y llegué a la misma conclusión que cinco minutos antes: no teníamos nada que hacer. Pero pensé que sería divertido ver cómo Olivia hacía trizas la enorme polla de Segismundo.
Así que me levanté y entré en el autobús.
Casilda nos recibió a pesar de que la pillamos depilándose el bigote. Charlamos amigablemente mientras ella se hurgaba entre los dientes con una llave allen del siete. Le explicamos la naturaleza de nuestra visita, sin entrar en muchos detalles. Nada de explicarle lo del culo ni lo de la enorme tranca. Sólo la foto del careto. Ella nos observó con sus húmedos e inanimados ojos bovinos y sin que en ningún momento ejercitara su aún por demostrar habilidad vocal, agarró un bolígrafo y plantó un garabato en el dorso de la tira de fotos. Acto seguido abandonamos su cueva como murciélagos escapando del infierno.
Mónica se negó a recibirnos y amenazó a voces con llamar a la policía. Estaba harta de firmar fotos de pervertidos. Imagino que los abuelos del Colegio Mayor de Segis recurrían a su nombre con frecuencia en las ceremonias del CCPP. Así que tuve que emplearme a fondo. Llamé con suavidad a la puerta mientras susurraba su nombre. Mónica era un reto, y no se aplaude a un tenor por aclararse la garganta. Tocaba dar el do de pecho. Tocaba apelar a toda la capacidad motora que animase mi corrupto espíritu. Mónica, querida –dije- como bien dijo nuestro señor Jesucristo en el sermón del montaña, bienaventurados los que tengan un bolígrafo a mano, porque podrán firmar en la foto del culo de Segis y se ahorrarán que un sátiro como yo se dedique a propalar falsos testimonios sobre lo bien que la chupas. Así que haz el favor de abrir la puta puerta y firmar antes de que me ponga farruco. Y Mónica, conocedora de mi absoluta falta de escrúpulos, ya que mi reputación ya me precedía por aquel entonces, abrió, nos insultó, firmó, volvió a insultarnos y cerró la puerta, acantonándose como un ejército sitiado. Y aquí paz y después gloria.
Roberta nos observó desde su titánica estatura y entendí qué es lo que sienten las hormigas cuando ven a un niño acercarse al hormiguero para pisotearlo con saña: pavor. El mismo pavor que me atenazaba pero que, paradójicamente, me permitía prestar más atención a los detalles. Sería porque estaba convencido de que estaba viviendo mis últimos momentos en esta tierra. El caso es que me pareció ver el asomo de una lágrima en sus ojos, allá arriba. Comoquiera que nuestra historia era algo patética, lo reconozco, no lo era tanto como para verter lágrima alguna, así que colegí que alguna pena secreta le había hecho un nudo en alguna parte de su anatomía emocional. Y animado por esa ligerísima grieta en el blindaje de la feísima gigantona, le pregunté si se encontraba bien. Me miró sorprendida, como un niño miraría a una hormiga que se atreviese a hablarle al borde del pisotón fatal. Y tres cuartos de hora nos despedíamos entre abrazos. Nada, reina, ya verás como todo sale bien, le decía yo tratando de zafarme de sus zarpas. Ya en la calle, y con su prístina firma en el dorso de la foto de perfil de Segis, revelé la causa oculta de sus penas: la resistencia de materiales. Una asignatura que le había emborronado su hasta el momento historial académico. No hay nada como escuchar a una mujer, le dije entonces a Segismundo: Si creen que las escuchas conseguirás cuanto desees, mi querido Segis, pero si en alguna estima tienes a tu cordura, dios de libre de escucharlas.
Y Olivia…. ay, Olivia. Llegados a este punto, yo había solventado el expediente con una faena bastante aseada. Tres de tres. Un as. Como de costumbre, sí. Pero todo ese esfuerzo podía desvanecerse en la noche si no engranábamos la última pieza.
Olivia residía en un colegio mayor que más bien parecía el cuartel de la Gestapo, con su sólida puerta a prueba de pervertidos, sus altos muros y sus almenaras. Pero su invulnerabilidad era sólo aparente. Bastaba con echarle cojones y recorrer a cuatro patas los veinte metros que separaban la entrada del edificio del vestíbulo que daba acceso a la escalera. A partir de ahí, que dios nos agarrara confesaos, porque no teníamos ni la más remota idea de dónde podríamos encontrar a la última firmante. Duncan parecía un animal asustado, olfateando el aire. Segis nos miraba alternativamente a uno y a otro. Y yo me daba cuenta de que esa aventura se había convertido, de repente, en una estupidez muy gorda. Qué cojones pintábamos allí? Cómo pollas íbamos a localizar a Olivia? aquello tenía más pasillos que la madriguera de un conejo. El carillón de un vetusto reloj nos pegó tal susto que se nos erizaron hasta los pelos de las axilas, provocándonos no pocas incomodidades. Al cabo, un grupo de chavalas irrumpió por una puerta, en tromba. Apenas nos dio tiempo a trepar un tramo de escaleras, confiando en quedar ocultos a su vista. Y cuando las últimas integrantes de la manada estaban a un tris de rebasarnos, a Duncan se le iluminó la cara.
-Sandra, susurró, sonriéndonos.
-¿Sandra?, preguntamos al unísono en un cuchicheo.
-Es largo de explicar, dijo, un segundo antes de abandonar el refugio de la escalera y chistar a una alegre chavala.
La alegra chavala, Sandra, para más señas, miró a Duncan como si se hubiera encontrado un cocodrilo en la bañera y le exigió inmediatas explicaciones de qué se suponía que estaba haciendo allí.
Superada la fase de ‘os habéis metido en un lío de cojones, como os pillen se os cae el pelo, etcétera, etcétera’ le informamos del motivo de nuestra entrada a hurtadillas. Aún nos miraba como si fuéramos cocodrilos en una bañera, pero al oír la mención de Olivia, no pudo reprimir una sonrisilla.
-Olivia, no?
-Pues sí
-Pues estáis jodidos, perdóname que te lo diga.
-Sí, eso pensamos.
-Y ahora qué?
-Como que ahora qué?
-Que a qué estáis esperando para piraros.
-A que Olivia nos firme la foto.
-Igual sois algo cortitos. Olivia no va firmar ninguna foto. Antes os arrancará el hígado y se lo dará a los pobres para que tengan algo de comer.
La imagen de mi hígado palpitante y empapado en Johnnie Walker siendo ofrecido a un grupo de mendigos hambrientos me resultó desagradable hasta un extremo nunca alcanzado. Le tengo mucho cariño a mi hígado. Hemos bebido mucho juntos. Pero no dejé que esa imagen me desviara del objetivo. Si habíamos conseguido llegar hasta ese punto, moriríamos con las botas puestas. Recordad del Álamo, me dije a mi mismo.
-El Álamo?, pregunto Segis. Zas. Lo había dicho en voz alta sin darme cuenta.
-Cosas mías.
Duncan hizo acopio de zalamerías propias de alguien con alguna veta de sensibilidad en su interior y prometió a Sandra que nos marcharíamos de forma discreta en cuanto tuviéramos ocasión de conseguir la firma de Olivia. Pero Sandra se hacía de rogar y Duncan tuvo que emplearse más a fondo. Me resultó gracioso observar cómo Duncan miraba a los ojos durante más de diez segundos a una tía sin que su mirada se desviara hacia sus pechos. En honor a la verdad, debo decir que se comportó como un verdadero campeón. Consiguió que Sandra nos confiara el número de habitación y, lo más importante, su ubicación, pero cuando empezábamos a girarnos para encarar la escalera, Sandra decidió ser magnánima y nos propuso otra solución.
-Os metéis en una de las salas de visita. Yo la llamo y le digo que tiene visita. A partir de ahí, os buscáis la vida y yo no quiero saber nada, hecho?
-Hecho.
A empellones nos condujo a una salita, donde nos encerró. Por un instante me temí que Sandra fuera a vender nuestros pellejos y que acabásemos camino a la comisaría por allanamiento de morada y conducta obscena (que nadie olvide que portábamos una comprometedora fotografía de un pene). Pero mis temores fueron en vano.
Oímos a Sandra trastear con un teléfono y avisar a Olivia. Vaya. Al final tendríamos una oportunidad. Una oportunidad de que nos arrancaran el hígado, pero una oportunidad al fin y al cabo.
Tomamos asiento, como si fuéramos personas decentes que hacen una visita social y aguardamos su llegada.
Oímos un leve tap tap de zapatos sin tacón al otro lado de la puerta, que se abrió sin crujido.
Y allí estaba. Olivia. La cuarta firma. Me tenté el hígado, como despidiéndome de él, por lo que pudiera pasar.
Y entonces sucedió.
-El qué?, el qué?, preguntó a voces mi cuñada, medio beoda, dejándose llevar por la tensión del momento.
Duncan, que se había limitado a apostillar algunas fases de mi narración, contestó a su pregunta.
-Que las miradas de Segis y Olivia se cruzaron por primera vez y sonaron violines.
-Violines?, inquirió mi hermano extrañado. Las metáforas no son lo suyo.
-Es una forma de hablar, expliqué. Lo que pasó es que hubo feeling, conexión, karma, flechazo.
Y sí, esa es una forma de explicarlo. En ese momento ni Duncan ni yo nos dimos cuenta, nerviosos como estábamos. Pero sí. Hubo algo. Algo que sólo ahora, a la luz de la noticia de su matrimonio, hemos podido entresacar.
Olivia miró a Segis. Segis miró a Olivia. Olivia nos miró a nosotros con desdén y nos preguntó qué hacíamos allí a esas horas.
Segis, olvidada su timidez, se lanzó a explicárselo con palabras amables y lenguaje de perrillo faldero.
Olivia le cortó en seco.
-Ya. Un CCPP, no?
Segis asintió, incapaz de darle la vuelta a una pregunta tan directa.
-Y a mi me tocará la polla, no?
Escucharla decir exactamente esas palabras nos provocó un estado de sorpresa tal que ninguno de los tres acertó a decir sí, no, o las dos son correctas. Lo que la chatina no sabía era que con esa sencilla frase acababa de inaugurar su capacidad para ver el futuro.
Olivia, que a esas horas no estaba para muchas tonterías, decidió zanjarlo a la voz de ya.
-Pues a ver, dame la fotito de marras, te firmo y os dais el piro.
Segis dudó un par de segundos.
-Que no tengo toda la noche, guapo, le espetó Olivia.
Y Segis le tendió el recorte de la tira mientras un sudor frío perlaba su frente. Duncan y yo la miramos conteniendo la respiración.
La cogió, firmó al dorso y justo cuando ya pensábamos que se la devolvería a Segis sin haber echado un vistazo a la mercancía, la foto se le cayó de los dedos y voló al suelo para caer con la parte de la imagen hacia arriba.
-Vaya por Dios, dijo ella, contrariada, mientras se agachaba.
No volvió a decir palabra. Tuvo que ver la imagen de la sota de bastos que Segis tenía por rabo. Seguro que la vio, porque abrió mucho los ojos, se puso roja como la Pasionaria y se la devolvió a Segis con rapidez para marcharse sin decir adiós, ni amenazarnos con mutilar nuestros hígados.
Tardamos algo en darnos cuenta de que habíamos conseguido que Segis superara el CCPP. Cuando nos dimos cuenta, ya en la calle, comenzamos a pegar brincos y abrazarnos como si hubiéramos ganado una Champions League o algo.
Y eso fue todo.
Segis dejó de ser objeto de burlas sin término en su Colegio Mayor y se convirtió en un hombre de provecho, motivo por el cual Duncan dejó de interesarse por él y salió de nuestras vidas.
Por eso nunca supimos que Segis volvió a encontrarse con Olivia. Y que, pasado el tiempo, se casarían.
Mi cuñada acogió el fin de la historia con una expresión de ternura en plan ‘el amor siempre triunfa’ y se le olvidó momentáneamente el cabreo que tenía con la novia de Damián.
-Lo que más me ha gustado ha sido eso ‘y a mi me tocará la polla, no?’, recordó mi hermano mientras su mujer se atizaba pelotazo. Nuestra carcajada general se saldó con mi cuñada dejando atropelladamente la copa sobre un mueble para salir disparada hacia al baño al grito de ‘me meoooooooo’.![]()
Segismundo era un tipo peculiar. Ingeniero hasta las cachas. Cuadriculado hasta en sus redondeces. Le traté mucho durante su primer año en Madrid, básicamente porque Duncan había hecho buenas migas con él y al frecuentar Duncan mi compañía, el encuentro con Segismundo era, ya lo ves, inevitable.
Segismundo era de Cáceres. Y, como digo, le traté intensivamente durante unos meses para después perderle la pista. Y perdido en alguna rotonda de mi memoria seguiría si Duncan no hubiera sacado su nombre a colación durante la bizarra cena que mi psicóloga de todo a cien organizó el pasado 31 de diciembre para unos cuantos familiares y amigos que a lo largo de los años habíamos conformado lo que se podría denominar como una misma camada generacional cerrando bares a lo largo y ancho de la geografía en amor y compañía.
Como no tienes el placer de conocer a mi psicóloga de todo a cien, no sabes que tiene una capacidad rayana en lo patológico para organizar macro-saraos. En esta ocasión el evento incluía unos días en una cabaña pirenaica para disfrutar del noble arte del esquí en sus múltiples variedades y un broche final en forma de cena de despedida del año. Apuntaré que a aquella celebración estábamos convocados cerca de 15 elementos de todo pelaje entre los cuales se contaban Duncan, Javierito y, por supuesto yo. Y apuntaré también que hay una delicada línea entre esquiar y hacer el gilipollas en la nieve.
Obviaré el relato de las torpes acrobacias de algunos sobre el blanco elemento porque este post podría convertirse en una antología del disparate y yo me puse a escribir con el objetivo de relatar la historia que motiva el título que reza allá arriba y no otra. Lo de la nieve, pues, tendrás que imaginártelo.
Pongámonos en situación. 31 de diciembre. Una enorme mesa vestida en el centro de la sala de estar. Adornos navideños por doquier. Bing Crosby flotando en el ambiente. Leños viejos crepitando y escupiendo chispas en el hogar de la chimenea. Trasteo de cacharros en la cocina en la que media docena de mujeres bordean el enfrentamiento armado mientras ultiman las viandas y destripan a sus respectivas parejas. Media docena de tíos zascandileando por la casa, rehuyendo cualquier contacto con las mujeres, porque de todos es sabido que en estas ocasiones la tasa de crímenes pasionales se dispara.
Duncan, mi hermano mayor y yo abrimos una botella de champán para abreviar la espera previa a la cena mientras mi patilludo amigo se tienta el cuerpo, magullado y amoratado tras un par de días de esquí modalidad hostia-alpina.
-Me duele hasta el frenillo, dice Duncan.
-No me extraña, concedo yo.
Mi hermano se ríe entre dientes y recuerda una de las hostias. Una verdaderamente de las de llamar a casa para contarlo.
-Me ha gustado esa forma tuya de frenar contra los postes. Muy elegante.
Si Duncan pudiera agachar las orejas las agacharía mientras la vergüenza le invade.
-No te lo tomes así. Está claro que lo de esquiar no es lo tuyo, querido, pero consuélate pensando que un día fuiste el espermatozoide más rápido y ágil entre varios millones en un slalom que ni Alberto Tomba.
La cónyuge de mi hermano, a la sazón mi cuñada y psicóloga oficial de todo a cien, irrumpe en la sala de estar y sin mediar palabra arrebata a mi hermano la copa de champán para echárselo al coleto con un violento giro de muñeca. Hala. Y luego el alcohólico soy yo.
-La zorra esa con la que sale Damián es una verdadera gilipollas, dice, como si eso debiera servirnos de explicación.
-Un poco zorra sí es, dice mi hermano mientras rellena la copa y su mujer se atiza un segundo trago. Como siga a este ritmo nos quedamos sin espumoso para el brindis de año nuevo.
-Qué ha ocurrido, querida?, inquiero con suavidad, poniendo cara de que no hay nada irreparable.
Mi cuñada mira a su marido, con una mirada que es una orden. Tú sirve más champán, chato, que ya te diré yo cuando tienes que parar.
-Pues que es una zorra. Mira que conozco tías zorras, pero esta se lleva la palma. No deja de dar por culo.
Duncan se remueve imperceptiblemente. Sé que en su mente se ha formado una imagen que incluye a cinco o seis tías en pelotas y una de ellas vistiendo un arnés fálico con el que somete a padecimientos anales al resto. Así que repregunto para evitar que Duncan comience a suspirar.
-No hay consenso en los fogones?
-En los fogones? Pues no, contesta ella, ingiriendo una tercera copa. Las burbujitas hacen que se rasque la punta de la nariz. Miro a mi hermano y niego señalando inquisitivamente la botella. No le des más avío, querido, o esta tía le mete la botella por el orto a la novia de Damián.
Mi cuñada, como si hubiera recordado de repente algo, me mira con fijeza y suelta:
-Como se te ocurra echarte una novia tan gilipollas le prendo fuego a tu Ducati.
Como durante un tiempo estaré fuera del país he dejado mi pequeña bestia roja al cuidado de mi hermano. De ahí su amenaza. Pero no hay cuidado. Difícilmente me echaré novia. Ya sea gilipollas o no gilipollas.
-Querida, yo sólo abandonaría mi soltería por refocilarme contigo, pero como elegiste a otro, va a ser que no.
-Ya te gustaría a ti refocilarte conmigo, chato, contesta ella. Y con las mismas se va. Dejándonos a los tres tíos en una nube de asombro. Cosas de chicas, dice mi hermano. Duncan y yo asentimos. Qué difícil debe ser el matrimonio, colegimos.
-Oye, por cierto, hace un par de semanas me encontré con Segismundo, suelta Duncan, cambiando abruptamente de tema.
-Segismundo?, pregunta mi hermano con sorna.
El nombre desentierra un rostro en mi memoria. Y como esto ya lo he dicho antes, me ahorro otras florituras que podría añadir.
-Ah, sí? Y qué tal le va?
-Pues bien. Estuvo un par de años en Argelia.
-Quién coño es Segismundo?, indaga mi hermano.
-Segismundo es el autor de la primera ley de los materiales termoadhesivos, explico.
Duncan se descojona, recordándolo.
-Los termoadhesivos?
-Sí. Segis tenía cierta afición por arreglarlo todo con cinta aislante. Solía decir que si no se arreglaba con cinta aislante es que habías puesto poca, explica Duncan..
Mi hermano nos mira lamentando haber preguntado. Duncan continúa con la explicación.
-Segismundo era un crack. Un poco de pueblo, pero un crack.
-¿Un poco de pueblo? Joder, Duncan, a su lado el cantante de Lynyrd Skynyrd era Beau Brummel .
-Quién era un crack?, pregunta mi cuñada, reapareciendo de la nada.
-Segismundo, contesta mi hermano.
-Segismundo?, repregunta, atizándose otro copazo de champán. Ahí, manteniendo el ritmo.
-Un tarado al que estos dos debieron putear de lo lindo. Y deja la botella, coño, cielo.
Sólo mi hermano es capaz de juntar ‘coño’ y ‘cielo’ en una sola frase sin que suene porno. Si lo hubiese dicho yo otro gallo habría cantado. Y si lo hubiese dicho Duncan nos habrían dado el Nobel de Obscenidad.
-Y por qué te has acordado ahora de Segis?, le pregunto a Duncan.
-Qué?
-Has dicho ‘oye, por cierto’, como si lo que estábamos hablando te hubiera conducido a acordarte de él. Se llama asociación de ideas y es propio de mamíferos bípedos vertebrados.
-Ah! Sí. Por lo del matrimonio.
-Eso lo explica todo, sin duda, dice mi hermano, metiendo baza para tratar de ordenar la escasa coherencia del discurso de Duncan. Muchos otros lo intentamos antes que tú, carne de mi carne, con muy escaso éxito, aunque eso no debe desanimarte.
-A que no sabes con quién se casó Segis?, me pregunta Duncan, sin captar la ironía en la voz de mi hermano.
-Pues ni puta idea. Con una cabra?
Mi cuñada se ríe y se atiza otra copa de champán. En un rato estará tan pedo que si me propusiera tirármela ni se enteraría. Afortunadamente no soy tan cabrón. Afortunadamente para mi hermano, porque ella se lo pasaría bomba. No se acordaría, no, pero se lo pasaría bomba.
-Con Olivia.
-Olivia? pregunto yo, haciendo memoria
-Olivia? repreguntan al unísono mi hermano y su mujer, sumidos en la más completa ignorancia.
-Ya lo ves. Con Olivia.
-Olivia CCPP?, inquiero yo mientras una luz se abre paso en mi mente.
-CCPP? cuestionan mi cuñada y mi hermano.
-La misma, concluye Duncan con gesto de satisfacción.
Entonces me caigo al suelo de culo, desternillado.
…
Cuando al fin consigo reponerme de la impresión y recupero la verticalidad, Duncan ya ha comenzado a contar la historia advirtiendo a mi cuñada de que se va a mear de risa en las bragas. Supongo que le daría la vena profética.
Segis había ingresado en el mismo colegio mayor que uno de sus hermanos mayores. Y su primer año como novato se le estaba haciendo muy cuesta arriba. No tenía carrete para aguantar el tirón y no daba pie con bola. Como no conseguía superar ninguna de las pruebas la cosa se ponía cada vez más peliaguda. El cambio entre Cáceres y Madrid le estaba resultando traumático. Supongo que echaría en falta Las Hurdes o las cabras, o lo que pollas tuviera en su Cáceres natal.
Duncan se había apiadado de él por el mismo motivo por el que años antes se había apiadado de un cachorro de boxer: porque es más raro que un perro verde y tiene imán para la gente peculiar.
El caso es que una tarde de domingo, acodados en la grasienta barra de algún garito para ver un Madrid-Barça Segis nos confesó que se estaba pensando regresar al hogar. A mi, más pendiente de los oscilantes pechos de la jovencita que hacía las funciones de camarera, me pareció igual de bien que si hubiera dicho que en lugar de una caña si iba a pedir un vermut.
A Duncan aquello le pareció un ultraje a la dignidad humana. Sí. Como lo oyes. Duncan preocupado por la dignidad. Vivir para ver.
Total, que en lugar de disfrutar de la tempestad que azotaba los pechos de la camarera bajo la camiseta o de distraerme viendo el fútbol, las siguientes dos horas asistí a un proceso de reprogramación cerebral. Objetivo: superar el CCPP.
El CCPP es uno de los obstáculos más severos con los que se enfrentaban los colegiales del Colegio Mayor de Segis. Era un verdadero reto. Consistía en buscar un fotomatón de los de cuatro disparos para realizar una secuencia fotográfica. Una vez consumada la sesión, cada una de las cuatro imágenes debía ser firmada por una chavala que los abuelos del Colegio Mayor hubiesen designado con especial atención a que fueran las más bordes, frígidas o hijasputa de todo el campus.
Ah. Vale. Hacerse fotos y que te las firmen. Pues qué complicado, pensarás. Ya. Lo complicado era qué fotos había que hacerse.
La secuencia era la siguiente: Cara, Culo, Perfil y Polla. Esto significa, por si no te aclaras, que la primera foto del fotomatón debía ser un retrato de la cara. El segundo, del culo. El tercero, el careto de perfil. Y el cuarto, un retrato de la polla, uy, perdón, del pene. Y eso en los escasos segundos que el fotomatón tuviera a bien concederte, porque la captura de imágenes se realizaba a un ritmo infernal.
Esa misma tarde-noche nos dirigimos al fotomatón de Galaxia –un clásico entre los universitarios de mis tiempos- para solventar la primera parte del asunto. Yo asistía atónito al empuje de Duncan, que estaba empeñado en que Segis pasara el CCPP como fuera.
Empuñando unos botijos llegamos al chisme para descubrir que estaba ocupado por una parejita que se entretenía sacándose fotos chorras. Ahora tú encima y yo debajo. Ahora nos reímos con una risa loca. Ahora nos besamos. Y ahora salimos sacándonos los mocos.
Decidimos darles unos minutos. Y cuando esos minutos se consumieron sin que la parejita dejase de meter monedas y hacer el moñas. Segis empezaba a mostrar signos de querer tirar la toalla, así que pregunté amablemente a la parejita si pretendían quedarse a vivir allí o podíamos sostener alguna esperanza, aunque fuese frágil, de hacernos las fotos en algún momento de ese año.
El tipo contestó abruptamente. Su imprecación, lejos de zaherirme, sólo consiguió que Duncan se impacientara. Echó un trago largo de su Mahou, descorrió la cortina y vomitó el contenido líquido de su boca sobre los tontos de la polla que estaban retrasándonos en nuestra sagrada misión.
Me ahorraré la descripción de las lindezas que nos cruzamos. Diré tan sólo que al fin se fueron y el fotomatón fue, al fin, todo nuestro. O más bien, todo para Segis.
El primer intento de CCPP fue un completo desastre. Segis no había tenido la previsión de aflojar el pantalón, de modo que no completó la secuencia correctamente. Consiguió que la primera foto mostrase su apenado careto, pero el resto no eran más que instantáneas movidas de su bragueta.
El segundo intento, aún con los pantalones puestos, fue otro desastre.
-Tal vez sería más fácil si te quitases los pantalones. Así sólo tendrías que levantarte, girarte y sentarte, comenté tras meditar unos instantes sobre la naturaleza del problema.
-Qué? Que me quite qué?, preguntó escandalizado Segis.
-Coño, Segis, quita. Mira, así.
Y Duncan, desabrochándose los pantalones y dejándolos caer hasta los tobillos mientras introducía una moneda, realizó la maniobra con maestría.
Primera foto, ok. Segunda foto, ok. Tercera foto, ok. Cuarta foto, desagradable, pero ok.
Los viandantes, que aún los había debido a lo temprano de la hora, nos miraban con curiosidad.
Segis volvió a probar, pero con desigual fortuna.
-Me temo, querido, que no les bastará con una foto de tus gayumbos. El CCPP es muy estricto y exige que le hagas una foto a tu pequeño gran amigo, le expliqué.
El interpelado se resistía a deshacerse de su ropa interior, pero esa noche Duncan estaba en modo ejecutivo. Se acercó hasta él y con un rápido y certero movimiento le bajó los calzones hasta las rodillas. Sin darle tiempo a replicar, cargó una moneda y corrió la cortina.
-Todo tuyo, chato.
Los cuatro fogonazos se sucedieron en segundos mientras tratábamos de intuir qué pasaba detrás de la ajada cortina. El ruido de la tira de fotos al caer en el cajetín, activando el ventilador, nos avisó de que no tendríamos que esperar mucho.
Cara, bien. Culo, bien. Perfil, bien. Polla, mal.
-Coño Segis, por qué te has tapado el cipote?, pregunto a voz en cuello Duncan, atrayendo las miradas de más viandantes. Al fondo, un par de municipales comenzaban a prestarnos más atención de la que deseábamos.
-Asegúrate de hacerlo bien esta vez, joder, le espetó Duncan metiendo otra moneda y corriendo de nuevo la cortina.
Zas. Zas. Zas. Y zas. Los cuatro estallidos de luz blanca.
-Todo bien?
-Cr-cr- creo que sí, tartamudeó Segis.
Esperamos a que las imágenes aparecieran. Cayeron. El secador se activó. Esperamos a que terminara. Y cuando terminó lo vimos.
Cara, ok. Culo, peludo, pero ok. Perfil, ok. Polla, coño! Menudo pollón.
-Chato, si yo tuviera esta tranca la llevaría siempre al aire, le dije, genuinamente sorprendido del calibre de su miembro viril. Una cosa tremenda, oiga.
Segis salió azorado y nervioso.
-Venga, va, ya está, no me jodais.
-No, no. No te equivoques, no somos nosotros los que te joderíamos, pero cuando se sepa que tienes la minga como un cañon de navarone vas a convertirte en el novato más popular de Madrid.
Y comentando el asunto, empezamos a caminar Isaac Peral arriba.
(continuará)![]()
