Ella se ha levantado y me he quedado mirándola, dándome cuenta del tremendo error que he cometido metiéndome en su cama. Con la de camas con tías dentro que hay en España y voy yo y me meto en la que está mi ex. Ya se ve que tengo la cosa de la elección (sí, con ele) bastante defectuosa. Más aún: con la cantidad de bares llenos de tías que hay en este puto país y voy a coincidir con ella, codo con codo, en la barra. De película. Brought to you by Miratúpordónde Productions.
Supongo que ella debe pensar más o menos lo mismo. Pero no lo decimos. Nos callamos como putas y ella emprende el camino al baño, a la cocina o a algún lugar indeterminado mientras yo jugueteo con el embozo de la sábana, calculando el tiempo que puedo tardar en vestirme y largarme de allí. Sin más.
Su sollozo ahogado me llega a través de una puerta mientras me calzo los zapatos. Llora. Supongo que de pena y rabia. O de cualquier otra cosa. A mi todo eso se me ha ido quedando atrás. Ya no hay pena ni rabia que purgar. Sólo la sensación de que esto es demasiado error hasta para un tipo como yo, cuidadosamente entrenado para saltar de charco en charco con olímpica discliplina.
Ella sabe que me estoy marchando. Que cuando encuentre fuerzas para salir del baño yo ya no estaré aquí. Que en un par de minutos no quedará ni el resto de mi calor en su cama. Que todo habrá pasado en un suspiro y podrá darse una ducha para quitarse de encima esa terrible sensación de necedad. Porque está claro que se ha ocultado en el baño para facilitarme la ruta de escape. Cuan previsibles son las mujeres en según qué situaciones.
Recojo mi camisa del respaldo de un descalzador que ya conozco y me sorprende lo poco que me duele todo esto. Me asombra que pueda dejar vagar mi mirada por su mundo, tan cercano y tan conocido, sin que se me haga ningún nudo marinero. Algún observador ajeno a todo lo que hubo entre ella y yo podría decir que antes de hoy no la había visto en mi puta vida. Y comprendo que quizá esto es lo que llaman madurar. Sí, es posible.
Ella trastea, quizá enjugándose las lágrimas. Se oye un grifo correr. Casi puedo oir sus manos aferrándose a la pila. Y comprendo que esta rocosa indiferencia que me ha llegado a mi aún no la ha visitado a ella. Y me pregunto cómo es posible que me impresione tan poco todo esto. Quizá es que nunca la quise? Se me ocurre una teoría bastante peregrina según la cual la medida del amor bien podría tomarse en onzas de pena.
Pero centro mi atención en localizar la chaqueta y la teoría se queda ahí, suspendida en el vacío, para borbotear por el desagüe cósmico de todas las chorradas que alguna vez se me han ocurrido y nunca tuve el tiempo, el deseo o las ganas de reconsiderar.
Ajusto el cierre del reloj en mi muñeca y compruebo que la blackberry no se ha deslizado del bolsillo donde reposaba. No he tardado ni cinco minutos. Estoy listo para salir de aquí. Es posible que ella tarde algo más en salir del baño. Y sí, es muy posible que tarde algo más de una noche en dejar de llorar.
Un segundo antes de que ella se levantara para esconderse de mi en el baño se ha girado para mirarme y decirme, como si eso sirviera de bálsamo para tantas cosas, que me quiere.
Ya. Pues tengo noticias para ti, perra exquisita: tal vez el tipo con el que tuviste un hijo te quiera, pero yo no.
La calle mojada me devuelve el rítmico golpeteo de los zapatos. Ni me molesto en alzar la vista. Ya sé en qué ventana habrá luz y cual no. Supongo que debería sentirme mal. Que más allá de tener claro que esto ha sido un error, debería sentir ganas de vomitar. Coño, cualquier ser humano se sentiría así. Y, hasta que se demuestre lo contrario, tener dos brazos, dos piernas y un ombligo me convierten en ser humano más allá de toda duda razonable.
Exploro el dilema mientras camino hacia mi coche, aparcado allá donde el cristo pegó las tres voces. Hace frío. Pienso en lo peliculero que resulta todo esto. Y en la cantidad de pelis de estas que llevo a mis espaldas. Quizá el año que viene sea el mío y me lleve el Óscar. Ójala. Me hace mucha ilusión darle un achuchón a Halle Berry, aunque lo fetén sería que la Belluci fuera la que extrajese mi nombre del sobre.
Silbo, despreocupado, mientras callejeo, serpenteando, persiguiendo una respuesta que se empeña en darme esquinazo. Quizá se me haya muerto algo por dentro y no me haya dado cuenta. Eso sería una explicación bastante plausible. Pero no tengo nada muerto. Tengo todo vivito y coleando.
Un grupo de chicas que vuelven de fiesta activa algo instintivo, del mismo modo que un animal salvaje captura el olor de su presa favorita en una ráfaga de aire. A estas alturas de la noche no tengo el cuerpo para muchos mambos, pero no puedo dejar de reconocer que la naturaleza es, definitivamente, muy sabia y que si incluso en esta situación soy capaz de sentir esa pulsión sexual, es que he estado dando por sentado cosas que ha llegado el momento de reconsiderar: certezas que estaban suspendidas en el vacío, colgadas de un fino hilo como único sustento para no ser engullidas por el sumidero galáctico.
Y mientras me cruzo con las chavalas, todo risas y trompicones, me doy cuenta de que a veces soy más enrevesado que el propio Punset.
Supongo que también forma parte de mi naturaleza: por qué hacerlo fácil si podemos hacerlo divertido.
Di por sentado que la había querido, que la querría toda la puta vida, sin tener ninguna otra experiencia para comparar. Pensé que aquello que sentía por ella era tan diferente que bien podria ser amor. A la luz de los acontecimientos de esta noche, bien podría haber sido una intoxicación por inhalación de pintura. O un trastorno metabólico. O un calentón mucho más grande y más duradero que cualquier otro.
Porque...., de haberla querido.... cómo podría ahora sentirme bien?
Se lo preguntaré a Punset.![]()
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
