VERTEDEROS

21:05 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (4)

Quizá porque no se esperaba un final así, o tal vez porque aún esperándolo, le resultaba inconcebible, el mundo se le vino encima. Ocho años borrados de un plumazo, como si un limpiaparabrisas cósmico hubiera limpiado su historia como si de la mancha roja de un mosquito en el parabrisas se tratara. Zas, zas. Y a otra cosa, butterfly. Para el resto, los demás, la cosa estuvo clara desde el primer día. Esa tía no era para él. Quizá no fuera ni para un tío diametralmente opuesto a él, pero lo cierto es que para él no era ni por asomo.

Así que cuando sonó el teléfono y el mar de lágrimas del otro lado de la línea acertó a contarme que llevaba varias semanas malviviendo en una pensión con una maleta llena de fotos en lugar de ropa, en vez de soltar alguna imprecación para hacerle reaccionar, le abrí mi casa y una botella de Johnnie.

Aquella noche aceleramos su duelo: La negación nos llevó un par de horas, el cabreo se disipó en veinte minutos, dando paso a la fase de depresión, en la que anduvimos un par de horas más hasta que llegó la liberadora aceptación. Y de ahí, directito a sobar al sillón, porque a esas alturas Óscar ya no atinaba ni a buscarse las manos.

Eso fue hace unos meses. Lo recuerdo porque al poco tiempo embarcaba con destino Chicago. Desde entonces, cruzamos un par de correos. Lo normal. Bien? bien. Pues nada, me alegro infinito. Y yo más. Y tú que lo veas. Y tal.

Y ahora Óscar, que debe tener el corazón hecho de papel quebradizo, se ancla en la barra de un bar en la que celebramos la incombustible reunión anual del más sorprendente equipo de rugby de la historia del rugby. Y entre hipos alcohólicos, me dice que se ha enrollado con una tía diez años menor que él (lo cual es todo un punto a su favor) y que no sabe si es su amor verdadero, pero que le hace reír.

Ay, la hostia. Que le hace reír? Joder, a mi Faemino y Cansado hacen que me parta el culo, pero no me los tiraría. Claro que si los pillara con 22 añitos recién cumplidos igual sí que me los tiraba. No, no, espera: que tienen rabo. Definitivamente no me los tiraba. Muchos nabos serían esos para un menage a trois. Quizá les escribiera una poesía y escribiera distraídamente sus nombres rodeados por miles de corazones, pero seguro que no me los tiraba.

Y Óscar, dejándose llevar, pide otro chupito de vodka negro. Y me obliga a tragarme uno a mi mientras me pone en antecedentes. La tía en cuestión no sólo tiene 22 primorosas primaveras, sino un par de pechos de los de aúpa. Y un novio bastante resultón al que la cornamenta no le pesa porque desconoce que la lleva puesta. Uno de esos tipos, me cuenta, que al nacer se cayeron al suelo y tuvieron la mala suerte de hacerlo sobre una escoba, insertándosela por el culo y siendo de todo punto imposible extraerla, así pasaran los años y avanzara la tecnología médica. De ahí la rigidez de su pose y su rictus de permanente desagrado, como si estuviera constántemente oliendo a mierda.

Pero que el novio, con 22 añitos también, sea un capullo no mitiga en absoluto la procesión mental de Óscar, que sabe que esa misma noche la de las tetas ciclópeas está bailando mambo con el de la escoba en el culo.
-Pero seguro que piensa en ti mientras se pone a cuatro patas, le digo, con más mala hostia que lástima.
-Eso es lo peor, contesta.

Y entonces me doy cuenta de que hay tipos con tendencia a vivir en un continuo vertedero emocional. Tipos cuyo problema no es que escojan mal; su verdadero problema es que no saben escoger bien. Tipos que desperdician ocho años con la persona equivocada y que se sorprenden cuando ella, la única cabal de aquella relación, le da boleto tras un viaje a Cuba en el que debió tirarse hasta al hermano de Fidel Castro. A Fidel no, porque estaba muy malito ya. Pero del resto, a todos, sin que quedase uno por catar.

Tipos que con ese bagaje salen a la calle y sólo se les ocurre encoñarse de veinteañeras con novios envarados. Tipos que se empeñan en decir cosas como que no sabe si la quiere, pero que le hace reír. Tipos que sufren cuando la veinteañera pasa la noche con el legítimo usuario de esos titánicos pechos. Tipos que se hartan a pedir chupitos de vodka negro hasta tener los dientes más negros que el sobaco de un grillo.

Y entonces elevo una secreta plegaria de agradecimiento a Frank por no haber permitido que yo me convirtiera en un desecho semejante. Tal vez tenga algunas dificultades con las relaciones de pareja. Qué coño, tal vez sea un sociópata incapaz de gestionar las emociones. Sí, es muy posible. Pero por lo menos no arrastro mi dignidad de ser humano por el suelo de un bar cuajado de colillas.

Le digo a Óscar que ya está bien de hacer el gilipollas y se revuelve. Sus cerca de noventa kilos de mala bestia, combinados con la ingesta descontrolada de vodka y el torbellino emocional que le consume, le convierten en algo muy parecido a un búfalo salvaje con hemorroides. Óscar, que en sus tiempos jóvenes fue un flanker cojonudo, agita sus manazas, como desbaratando mis argumentos, y en una de esas, por un error de cálculo, me atiza en todos los morros. Siento el sabor metálico de mi propia sangre antes de que el dolor estalle.

Y Óscar, que a pesar del velo etílico acierta a comprender que me ha pegado un guantazo, se atropella pidiendo excusas. Si no le golpeo hasta reventarle esa cabeza hueca que lleva sobre los hombros es por dos motivos: el primero, porque un día este tipo y yo compartimos barro y sangre en Cantarranas. Y en segundo lugar, porque es mucho más probable que él me mate antes si empiezo una pelea. Y le tengo un raro apego a mi pellejo, qué quieres que te diga.

Llevo la mano a la boca mientras le miro, detestándole. Detesto la debilidad humana. Y detesto la torpeza: esos tipos que hagan lo que hagan siempre terminan rompiendo algo. Tipos con tendencia a caérseles las cosas. Me desembarazo de sus brazos que tratan de sujetarme por los hombros y con infinito desprecio doy un paso atrás.

Tenía que ser así, tenían que partirme el labio. Sólo de este modo podía aprender que no hay nada que se pueda hacer para sacar de un hoyo a alguien que no sabe vivir si no es ahogándose en un pozo de mierda. Entiendo al fin que la chavala de 22 años y tetas de proporción aúrea es sólo una excusa, una estación de paso en una ruta de autodestrucción. Y que lo menos que me puede pasar si trato de detener ese tipo de trenes es terminar sangrando por la boca.
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