Lisa hace girar los hielos que flotan en el café negro. Mira a lo lejos, sopesando la oferta. Es de esas ofertas que te cambian la vida. Un par de gaviotas graznan sobrevolando los acantilados. Hay un velero a lo lejos, adentrándose en el mar. Enciendo un cigarro y permanezco callado. Hace un año le adelanté que volvería a buscarla. Ella sabía que este día llegaría. Quizá no la necesite, pero me gusta tenerla en mi vida. Y ella lo sabe.
El dueño del local se acerca obsequioso. El camarero ha debido advertirle de que estábamos aquí. Antes éramos asiduos y como la cuenta la pagaba mi antigua empresa, me permitía el lujo de ser generoso. Me pongo en pie y aguanto estoico el abrazo del tipo. Como es más bajito que yo, la situación pronto se torna ridícula.
-Todo bien?
-Como siempre, querido, contesto.
En realidad lo de hoy no ha sido para tirar cohetes, pero no ganaría nada diciéndoselo.
Lisa le sonríe, sin levantarse. Intercambio con él algunas frases de cortesía más y le despido. En cuanto me siento Lisa me pregunta cuál sería su trabajo allí. Sonrío. Por eso he venido a buscarla. En lugar de preguntarme por cuánto voy a pagarla, se interesa por qué va hacer.
Cuando la conocí llevaba cerca de cuatro meses descartando candidatas Y ella perdía lastimosamente el tiempo tratando de poner orden en un negocio que no tenía ninguna posibilidad de prosperar. Le propuse venir conmigo y sufrirme. Así, tal cual.
Sorprendentemente a ella le pareció bien y un par de meses después tenía más control sobre mi vida que ninguna otra mujer del mundo. No te olvides de llamar a tu madre, hoy es su aniversario de boda, me decía un día cualquiera sin que yo ni remotamente hubiera caído en la cuenta. Acuérdate de llamar a tu hermano, hoy tenían pediatra con las peques. La semana que viene tienes que llevar a Bolf al veterinario. Llama a tus padrinos, que mañana se gradúa su hijo pequeño. And so on forth. Supongo que durante el tiempo que trabajó para mi habló más con mi familia que yo durante toda mi vida. Mi madre, por ejemplo, siempre me preguntaba por ella cuando hablábamos y mis sobrinas le hacían dibujos. La tía Lisa. Manda cojones.
Nunca he sido un tipo especialmente atento a estas cosas. De hecho, mi familia se acostumbró a disculpar mis despistes. Pero desde que Lisa empezó a gestionar mi vida, todo Cristo recibía regalos en su cumpleaños, amables notas en fechas señaladas y felicitaciones de Navidad o Hanukkah y cosas por el estilo. Y yo, a cambio, cuantiosas facturas en concepto de los regalos que ella compraba con cargo a mi tarjeta. Mi madre nunca me habló en términos tan elogiosos como cuando recibió una pantalla plana de 42 pulgadas. Y mis padrinos nunca sintieron tanto el cariño de su ahijado preferido como cuando El Corte Inglés les hizo llegar a casa unos billetes para volar a Budapest.
Pero putadas aparte, Lisa se adaptó a mis rarezas y a mi inconexa vida social con relativa facilidad y se ganó el derecho a que la dejara espacio para que desarrollara su potencial. Y así la chavala de ojos claros y apariencia frágil se convirtió en una asistente personal de primera y aprendió a documentar la previa de una negociación, a cerrar compras de un modo limpio y rápido y a navegar en los procelosos mares de la empresa. Mares plagados de piratas a los que sólo se podía combatir siendo más pirata que ellos. Y así, en menos de un año, le había cogido el tranquillo a la ardua tarea de sufrirme. Aunque en ocasiones -probablemente con la secreta intención de castigarme- dejara que se colaran en mi despacho los más pintorescos personajes o me pasara llamadas de mujeres con las que había tenido relaciones más allá de lo profesional y de las que no deseaba volver a tener noticia. Una ricura la niña.
He tenido dos secretarias antes de Lisa. Y otra después de ella. Y probablemente ella no sea la más eficiente del mundo, pero es la unica de la que he llegado a fiarme. Por eso aunque no la necesite me gusta tenerla a mi lado.
-Harías lo mismo que hacías antes, querida. Sólo que a un océano de distancia y en inglés.
Lisa continúa removiendo los hielos. A estas alturas deben estar más que mareados. Me sorprende que quede algo de ellos.
-Ya, asiente. Mira hacia el mar. El velero es sólo una manchita blanca en el horizonte.
Sé que la oferta es tentadora. Cómo no lo va a ser. Desde que yo me marché le asignaron como asistente personal de mi sucesor. Y por lo que sé, el cambio no fue a mejor. Más allá de acudir a mis intempestivas llamadas cuando el pinzamiento de la espalda me imposibilitaba caminar sin un Johnnie con Nolotil y del estrés de poner orden en mi anárquica vida, Lisa se lo pasaba bomba conmigo. Y sabe que lo que le propongo será más divertido aún.
Su actual jefe es un imbécil pomposo con tendencias paranoides y más interés en ponerse medallas que en jugar en equipo. Y a Lisa le encantaba participar de mis maquinaciones y controlar mi entorno. Adoraba sentirse parte de un equipo bien engrasado que no paraba de meter goles a la competencia. Pero ahora está en el banquillo, viendo como les golean. Partido tras partido. Y eso, después de haber ganado la Champions, banderolas y confeti al aire, jode. Es lo que tiene ganar, que uno se acostumbra a levantar copas.
Y por asociación de ideas, llamo al camarero y pido un Johnnie.
-Si no te conociera, te diría que es temprano para una copa, dice Lisa sonriendo. Durante muchos meses pensó que era alcohólico y un día entró muy seria en mi despacho para ofrecerme su ayuda para superar mi supuesta adicción. Querida, le dije entonces por primera vez, aunque me conmueve tu preocupación, no soy ningún alcohólico, sólo un borracho más.
Y ahora, con un gesto, le digo al camarero que traiga dos.
-Si no te conociera, diría que sientes vértigo.
-Me gusta cómo llevas el pelo. Te queda bien así de corto, responde, cambiando abruptamente el curso de la conversación.
Sonrío.
-La parte buena de la oferta es que allí no dejaría el casco sobre tu mesa.
Se ríe con ganas.
-Uf.... no sabes lo que me fastidiaba que lo hicieras. Cada día, sin falta, el puñetero casco en la mesa. Y los guantes, apestando a moto.
-En realidad, querida, sí lo sabía.
-Capullo, contesta. Pero lo dice sonriendo y girando el cuello para volver a mirar el mar. Ha bastado una comida para que recordara los buenos tiempos. Empecé a putearla con el asunto del casco y los guantes cuando ella empezó a putearme con las llamadas. Y como nunca dejó de putearme con las llamadas, yo no cedí con el asunto del casco y los guantes.
Es posible que ahora, mientras mira el mar, esté pensando en su príncipe azul. El tipo aquel con el que empezó a salir y que durante los primeros meses la tenía tontita. Pero algo me dice que esa historia se acabó. No es nada en concreto. Sólo una intuición. Pero no seré yo quien saque ese tema.
El camarero deja las copas en la mesa. Vasos anchos y bajos. Bien dotados de hielo. Sólo cuando se ha alejado, me mira y dice
-Hugo, es un cambio muy gordo. El vértigo aletea en sus pestañas.
-Sabes que eres la única mujer del mundo que ha entrado en mi casa sin pasar por mi cama?, le pregunto yo ahora, cambiando el ritmo.
Su risa alerta a la gente de otras mesas. Me río yo con ella. La mitad de la empresa creía que Lisa y yo nos acostábamos. Y la otra mitad juraba habernos visto follando en el cuarto de las fotocopiadoras. En realidad, nunca hubo nada. De vez en cuando, bailábamos en mi despacho con Frank de fondo, sólo si la ocasión lo merecía. Pero nunca follamos. Ni lo volveremos a hacer.
Cuando paramos de reír nos quedamos mirándonos. Le ofrezco un cigarrillo y sostengo el mechero contra el viento. Enciendo el mío.
-Espero que no tengas antecedentes penales.
Y ella se vuelve a reír.![]()
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