LA CHAVALA DEL IKEA

03:39 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (5)

Duncan trata de mantener el precario equilibrio del montón de trastos sobre el incómodo y antiergonómico carrito del ikea. La fila de la caja es kilométrica y llevamos aquí tres cuartos de hora bien largos. Me pregunto dónde pollas estará mi perrito caliente y antes de darme cuenta lo verbalizo.
-Estos tíos no te regalan un perrito caliente si la caja tiene más de cuatro personas?
-Va a ser que no. Estos daneses son unos tacaños de la hostia, contesta Duncan.
-Suecos. querido, son suecos.
-Pues eso, lo que sea. Como si son cameruneses. Qué pasa?, tienes hambre?
Cameruneses. Nada menos. Empiezo a tener calor. Hay tanta gente que parece que en lugar de cobrar, los ikea boys están regalando las billys. Quién dijo crisis?
-No, no, Duncan. Quería decir que...., nada, déjalo. En los últimos cuarenta minutos cualquier intento por entablar una conversación medio seria con Duncan ha sido completamente inútil. Lo de 2016 se la trae floja, el fútbol no nos la pone dura a ninguno de los dos y de motos lo único que él sabe es que yo tengo una. Y de tías mejor no hablar, porque sus teorías me las tengo más que vistas.

A Duncan le suena el móvil. Tiene puesto uno de esos exóticos tonos en los que un tipo de voz gruesa y desagradable llamado Pitbull pega voces: i know you want me, you know i want cha. Muy discreto. Y para rematarlo, se pone a menear el culo como Pocholo hasta arriba de pelotazos mientras se aleja para atender la llamada. Meto las manos en los bolsillos y miro para otro lado. Con lo que quiero yo a este tío y aún hay veces en que le tiraría por la ventana. Se ha presentado en casa pegando voces y abriendo ventanas, como si fuera a acabarse el mundo.
-Nos vamos al ikea, que tienes la casa que da pena verla, coño, me ha dicho.

Y aquí estamos, cuatro horas y pico más tarde, haciendo cola, con el carro plagado de trastos. En realidad no necesito estos puñeteros muebles. Es cierto que tengo la casa demasiado minimalista, pero también es cierto que paso muy poco tiempo aquí y que en breve me marcho de nuevo. Cuando he tratado de hacerle ver lo tristes que estarían los muebles cuando yo me marchara, me ha mirado como si estuviera viendo a Joselito, el pequeño ruiseñor, cantando Ay, campanera. Supongo que no se da cuenta de que así es como le mirarmos los demás la mayor parte del tiempo.

Duncan sigue hablando por el móvil y yo sigo haciendo como si no le conociera de nada. Dejo vagar mi mirada en derredor y me giro para descubrir una jovencita justo detrás de nosotros. Está bastante buena, pero, de repente, al verme, le entra una risa tonta.

Ah. Cojonudo. Un moco. Debo tener un moco colgando. Compruebo discretamente el estado de la nariz. Nada, en perfecto orden de revista. Igual es que tengo uno de esos días tontos en que mis encantos se encasquillan con las titis. Probemos. La miro y le suelto un hola querida mientras hago un gesto a medio camino entre un mohín y un arrugar la nariz, en plan saludo simpático, esto suele funcionar de coña. Pero la tía por poco se mea de risa, así que desisto y vuelvo a hacerme el distraído, girándome de nuevo, suplicando que la cola avance de una puta vez y pueda salir de aquí. Básicamente, para no hacer más el ridículo.

La tía, acompañada por una amiga, cuchichea animadamente. Lo sé sin mirarlo. Y me imagino lo que dicen. Pero prefiero no pensarlo mucho. Lo de la automortificación no es lo mío. Escucho como la otra pregunta asombrada, tía, estás segura? y como la que se descojonaba en mi cara le contesta que sí, que sí, es que no has visto las patillas del otro?.

El otro será Duncan. Y no me extraña que hablen de sus selváticas patillas. Habrían parecido exageradas hasta en el siglo XVIII. Pero casi prefiero no seguir escuchándolas porque me temo lo peor: desde sus juveniles miradas, debemos parecer un par de viejos verdes trasnochados disfrazados de juveniles efebos. Algún día tenía que llegar este momento. Lo que me jode es que me haya pasado en la cola del ikea. Pero, c'est la vie. Podría haber sido peor: podría haberme pasado en la cola de la Oficina de Correos recogiendo un extensor de pene o algo así. Eso sí que sería terrible. Años de glamour tirados por el suelo.

Duncan concluye la llamada y regresa a mi vera.
-Podrías haber cogido otra camiseta, no?, me pregunta, sin darme tiempo a ponerle al día de la debacle.
Le miro a él y después clavo la barbilla en mi pecho para mirar mi camiseta.
-Qué coño dices? qué pasa con mi camiseta?, susurro, tratando de evitar que la chati a mis espaldas me oiga.
-Tienes un agujero justo en el pezón.

Hostia. Hostia. Hostia. Y mil veces hostia. Un agujero en el pezón. En la escala de ridículos, sólo sería peor ir enseñando un huevo. Lo del moco no habría sido tan grave. Esto me pasa por hacer caso a Duncan. Me ha metido prisa y me he duchado y vestido en cuestión de minutos para evitar que siguiera dándome por saco. ¿Resultado? he terminado poniéndome la camiseta favorita de las polillas, por lo que se ve. Y mira que me jode, porque es una camiseta que me regalaron hace siglos con un texto que rezaba en capitulares grandes RUBIA DE BOTE y justo debajo, en letra mucho más pequeña chocho morenote, con la efigie de una rubia de caricatura y enormes pechos adornando la cosa. Y mi pezón ocupa el espacio que debería ocupar el rostro de la rubia dibujada.

Y ahora tendrá que ir a la basura, porque no puedo ir por ahí con el pezón al aire, que no soy Janet Jackson, coño. Y como leyéndome el pensamiento, Duncan me dice que podría ponerme un cubrepezones con la forma del Sol que diseñó Le Corbusier.

Las tías a nuestra espalda se parten el culo sin recato alguno y yo empiezo a sentirme incómodo hasta un grado sumo. Me entran ganas de quitarme la camiseta y salir corriendo pegando alaridos, en plan efecto pradera. Es como esos días que te despiertas con una horrible pesadez de cabeza y descubres que la maciza de anoche es, en realidad, un poco fea, pero que, a dios gracias, al menos no tiene polla. No sales corriendo porque estás en tu casa, pero no por falta de ganas.

Unos metros más adelante, el tío que bloquea la cola paga la cuenta de las mil polladas que ha comprado y se pira empujando el carro rodeado de críos que no dejan de pegar voces y dar por culo. La cola avanza un par de metros y Duncan, mi pezón revelado y yo mismo nos apresuramos a dar ese paso y medio más cerca de la caja.

-También podrías hacerte un piercing.
Duncan sigue a lo suyo. Es como un cachorro al que tiras una pelota. Una vez que se la tiras por primera vez, querrá jugar hasta que se te caiga el puto brazo. Si agarra un tema, no lo suelta hasta que está en riesgo su integridad personal o aparece otro tema más jugoso aún. De modo que o le pego una hostia o me saco la chorra y hago el helicóptero, para que hable de otra cosa al menos.

Vuelvo a meter las manos en los bolsillos mientras trato de vaciar mi mente, en plan zen. Y de fondo, como si estuviera muy lejos, oigo como Duncan continúa haciendo chanza de mi pezón. Y las tías que cada vez se ríen más. Me concentro en mi chakra. En mi chi. Pero tener a dos tías partiéndose el culo a pocos centímetros desconcentraría hasta al maestro de las Siete Puertas. Be water, my friend.....je.... perdona, chato, pero be water tu padre.

Y entonces Duncan va y lo dice:
-Esto. querido, deberías contarlo en tu blog. Sí, quedaría de puta madre en The Hugo Effect.

Y me giro, desdeñoso, parar mandarle a tomar por culo, hasta que me doy cuenta de que las chavalas ya no se ríen. De hecho, nos miran con expresión contenida, como esperando el desenlace del siguiente capítulo de Lost.

Desconocía que lo de tener un blog hace que cosas como llevar el pezón al aire pasen a un segundo plano. De haberlo sabido, la habría utilizado para pedir mesa en la terraza del Iroco. E incluso para pedir una hipoteca. Lo que fuera más difícil.

Las miramos y nos miran. Después miran a Duncan. Vuelven a mirarme. Se ponen rojas y empiezan a murmurar cosas ininteligibles entre ellas, dejándonos a Duncan y a mi más bien perdidos.

Alzo las cejas, mirándolas. Duncan también las mira. Y ellas nos miran como haciendo una secreta cuenta. Vuelven a mirarnos con detenimiento, alternativamente, como si nos estuvieran escaneando. Y nosotros cada vez estamos más mosca. Pero el movimiento en la cola hace que la respuesta a la incógnita deba esperar. Corremos turno, moviendo trabajosamente los putos muebles que, a estas alturas, estoy dispuesto a abandonar en la fila a su suerte o prenderles fuego allí mismo. Cuando al fin concluimos la maniobra, nos giramos al unísono para tratar de obtener respuestas. En ese momento ni siquiera me doy cuenta de que sigo con el pezón al aire. Qué cosas, verdad?

Y entonces una de ellas, con aire resuelto y una sonrisa en la cara, dice
-Hola querido, no sabes las ganas que tengo de leer cómo cuentas esto en The Hugo Effect.

El teléfono de Duncan vuelve a atronar y el Pitbull de los cojones canta: Rumba sí!, ella quiere su rumba sí!.

Share/Bookmark

LA MIRADA SUBTITULADA

04:24 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (1)

Aquello de que es infinitamente más divertido dar que recibir se circunscribe básicamente a todos los aspectos de la vida en los que no tienen nada que ver los billetes, los cheques o cualquier otro elemento monetario. Para todo lo demás, visaoromastercard. Descarao. Vamos, que no hace falta ser un cerebrín para saberlo, me decía mi mismo, sopesando la parte sólida del argumento mientras me frotaba la mejilla entumecida por el guantazo de la chavala. Hacía años que no me daban una de estas. Y colegí, con cenicienta brillantez, que a ella le había dolido infinitamente menos que a mi, por mucho que ahora agitase la mano como si le hubieran prendido fuego en las uñas y su cara se encendiera de dignidad ultrajada. Lo dicho, mejor dar que recibir.

Verás, como es habitual, que he empezado la casa por el tejado, desbrozando el final de la historia sin ningún reparo: un guantazo en todo el hocico. Sí, ya ves.

Y todo, por una mirada subtitulada.

Ella, con su camisa blanca anudada sobre el ombligo y su bicicleta roja, recorría el paseo cual Bea en busca de Pancho. O de Quique. O de quién cojones fuera el novio de Bea. Verano Azul. En technicolor. Me llamó la atención porque ya no tenía edad para andar con la bici de aquí para allá. Y porque con semejantes tetas lo de mantener el equilibrio era toda una proeza.

El primer día, sentado en el pantalán, mi selectiva retina únicamente se quedó con la copla de esos enormes apéndices, el detalle de la blusa anudada sobre el ombligo terso y ese aire cutre-retro de la bici. Eso era lo único que no encajaba. El día siguiente, peleándome con la driza, la botavara, el puño de la escota y la madre que los parió a los tres, ella volvió a pasar. El sol anaranjaba las crestas blancas del mar ligerísimamente rizado. En lugar de blusa, llevaba una camiseta. El resto, las tetas y el aire cutre-retro de la bici, seguían ahí.

En condiciones normales la presencia de la cicloturista, aún con esos enormes pechos bamboleándose sobre el manillar, me hubiera pasado completamente desapercibida. Supongo que es una cuestión de afectos. Y yo tengo más afectos a las partes blanditas de las mujeres que a las partes tensoras de la vela mayor, llámense como cojones se llamen.

Y con esta predisposición, mi retina retuvo más impresiones. Ella tenía la cara ligeramente pecosa y con expresión abstraída y soñadora. Como si estuviera a por uvas, vamos. Porque lo de montar en bici, una vez aprendido, no se olvida. Por eso sus pies seguían haciendo girar la rueda dentada, impulsándose hacia delante sin ni siquiera darse cuenta. Como si fuera algo aprendido tiempo atrás y repetido cientos de millones de veces. Así ella podía dedicar toda su atención a estar a por uvas con toda tranquilidad, sembrando el paseo del pantalán de gritos y carreras al borde del accidente naútico-ciclista mientras ella quedaba perfectamente ajena al destrozo. Cuánto daño han hecho Indurain, Armstrong, y últimamente Contador. No han hecho más que removerle a la gente las ganas de salir con las bicicletas.

Además de pecas, tenía el pelo de un color castaño que el sol y la sal clareaban con mechones rubios. Un cuello delgado y firme. Y unos ojos que me intrigaron porque miraban sin ver. De hecho, de haber aparecido en su camino el mismísimo Pancho -o Quique o incluso Piraña-, los hubiera atropellado sin gastar un pestañeo ni un suspiro de sorpresa. Así de embebida iba.

Y como esos ojos miraban sin ver, tampoco decían gran cosa. Ciegos y mudos. Lo de sordos, me dije, lo daremos por añadidura, amortizándolo como cosa hecha.

Por eso, en un alarde de genio, decidí que esos ojos iban a necesitar subtítulos para decirle al mundo qué cosas secretas guardaban, cual esfinge. Sí, está claro que hubiera hecho lo que fuera para no tener que lidiar con la guía y el perno de la bendita botavara. Hasta ponerle subtítulos a los ojos de una gachí que había visto, con esa, dos veces en mi puta vida. Afortunadamente mi supervivencia no depende de mi habilidad en el mar, porque si no estaría más que listo de papeles, contándole uno a uno los pinchos a cualquier erizo de mar.

Al confiarle a Julio, capitán y dueño del velero, mi voluntad de escribirle subtítulos a la chavala de los ojos ciegosordomudos, éste me miró como miraba a las nubes que se asomaban al horizonte, encrespando las olas. Y dijo exactamente lo mismo: ya estamos jodiendo la marrana.

-Hugo, querido, si no fuera por estos ataques de estupidez aguda que te dan de tanto en tanto al ver las domingas de una chavala, podrías pasar por un adulto capaz y cabal.
-Ya, pero entonces no sería igual de divertido.
-Prueba a ver. Lo mismo resulta que sí
.

Pero no. Lo mismo resultaba que no

El tercer día lo pasamos al fin a la bartola, no muy lejos de un chiringuito donde una nativa servía pelotazos con una camiseta tres tallas más pequeña que la 110 de sujetador que tenía a gala no llevar mientras trabajaba. Y entre pelotazo, chapuzón e inspección ocular de la nativa, se nos pasaba la tarde tranquilamente hasta que la cicloturista hizo acto de presencia. Empujaba la bici por la arena, obstinada. Colgado del brazo, un bolso del que asomaba un libraco y los aparejos propios de la visita playera. Como ella no sabía lo intrigado que me tenían sus ojos de turbio mirar, no era consciente de a lo que se exponía al acercarse, empujando trabajosamente la bicicleta.

-Es esa?, pregunto Julio, parco en palabras, deshojándole la dulzura a un Margarita.
-Sactamente, contesté, preparándome para subtitular cuanta mirada suya consiguiera otear.
-Joder, pues ahora seguro que me das la tarde.

Y la tarde a la que Julio se refería aún no había ni medio empezado. A esas horas traspapelábamos los minutos tras una señora comida y una siesta pegajosa, breve e improductiva. Por eso habíamos resuelto trasegar pelotazos al mismo ritmo que las madres se afanaban en recubrir a sus infantes con un protector solar pringoso capaz de protegerles de una hipotética erupción solar. Pena daban los niños, comentábamos vaciando copas, cayéndole cada vez mejor a la camarera que nos miraba con el signo del euro en los ojitos.

-Esta es una playa más bien familiar, nos confió invitándonos a unos rusos blancos.

-Lo ves?
-El qué?
-Los subtítulos de la camarera.
-No son subtítulos, querido, es un formidable par de peras con pezones como monedas de un céntimo.
-No, justo encima de las peras.
-Ya
-Que sí. Mientras decía lo de la playa familiar, han aparecido unos subtítulos explicativos. Lo primero que decían era que nuestra presencia le está arreglando la caja de la semana. Y lo segundo, que no tendría inconveniente en restregarme esas enormes tetas por la cabeza.
-Hugo, para lo primero ni yo no necesitaba subtítulos. Y para lo segundo, tú nunca los has necesitado para convencerte de que una tía quería follársete.
-A ti lo que te pasa es que te jode no verlos.
-Verlos?
-Los subtítulos.

Julio saldó el intercambio con una floritura dialéctica a la altura del mejor Quevedo.
-Querido, me voy a mear.
Y yo me quedé oteándole la mirada a la cicloturista, que hoy llevaba un vestido playero del que ya se había desprendido para enseñarle al mundo los dones que la naturaleza le había entregando en prenda con los genes. Unas soberanas tetas que rivalizaban con las de la camarera. Joder con las playas familiares.

Atenta al quite, la camarera regresaba a nuestras tumbonas, portando con ella unas bebidas de apariencia refrescante y alta gradación alcohólica. La pobre no hacía más que honrar el encargo que Julio le había hecho una hora y pico antes.
-Anda mona, súrtenos de combustible, que estamos secos.

Y a esas alturas más que seco, yo ya andaba cocido. Por el sol. Y por el alcohol, que hacía oscilar mi línea de flotabilidad, ahogando la tenue voz de la cordura, allá en la parte oculta de mi cerebro.

Las trompas en la playa son lo peor. Y más si te has pasado algunos días en el mar, otro adecentando el barco y la mitad de un segundo día repasando velamen. Joder, si yo pago a una asistenta para que me planche la ropa, a santo de qué cojones voy a repasar las velas. Pero lo había hecho, con más fortuna que pericia, hasta que Julio había quedado medio satisfecho.

Habíamos decidido quedarnos un par de días en aquel pueblecito de aire marinero y encalado. Casa bajas y blancas, un puerto pequeño pero apañado y toneladas de jovencitas en edad de merecernos. Pero por el camino nos habíamos atizado un arroz de digestión lenta lentísima y habíamos tomado la decisión de tratar de acelerar el proceso macerándolo con un sinfín de copas.

-Esto sólo lo bajamos agotando la carta de cócteles, había dicho muy serio Julio. Y a mi la idea me pareció tan buena como cualquier otra. Claro que eso no es ninguna garantía. La idea de ponerle subtítulos a la ciclista errabunda también me había parecido una genialidad.

Una forma como otra cualquier de pasar la tarde.

Al cabo de un rato, y cuando ya estábamos cerquísima de agotar la lista de cócteles disponibles en el chiringuito (para ese caso habíamos previsto volver a empezarla desde el principio), me venció el sopor alcohólico a pesar de mis denodados esfuerzos por mantener los ojos abiertos y atentos a ponerle subtítulos a la chavala.

Y me dormí. Como un bebé. Si fuera posible que los bebés se durmieran tras beber tanto como yo había bebido, claro. La cosa no debió de durar más que veinte minutos, pero me devolvió un vigor huido y me animó a encaramarme sobre la tumbona para comprobar que la cicloturista de los subtítulos seguía a la espera de mi ayuda para aclarar el fondo de su mirada. Me miró y al fin fue como si pudiera ver, porque clavó en mi su mirada, con un aire de asombro que, por qué no decirlo, me satisfizo.

Julio, a mi lado, fumaba con otra copa en la mano. Y me miraba con una mezcla de estupor y acceso de carcajada, sin decantarse por ninguno de los dos.

-Hugo, espero que no hayas soñado conmigo, me dijo, señalando con la mirada mi entrepierna, donde una hermosa erección pugnaba con la tela elástica del bañador ceñido. Palpitaba, diría yo, vibrante y poderosa. O eso pensé, con las neuronas veladas por el arroz y el alcohol. Y el sol. Y la botavara.

Eso probablemente explique por qué me levanté y me fui hacia mi más reciente e hipodérmica obsesión, para plantarme a su lado y explicarle, con la lengua cosida con trapos:

-Llevo dos días tratando de ponerle subtítulos a tus ojos y ahora, por primera vez, creo que he dado con uno bueno.

Ella me miró con una expresión de terror que el alcohol –entendí más tarde- había tornado en interés desde mi punto de vista.

-Esa mirada tuya me dice que deseas que haya soñado contigo, solté, señalando con picardía la erección que presionaba mi muslo, buscando una apertura por la que ver el sol.

Y el resto se precipitó en un segundo devastador en el que su aire de Bea postmoderna buscando a Pancho se disipó y su palma abierta se deslizó cortando el aire para impactar en mi confiada faz.

Plas.

Así sonó: plas. Y el golpe aún se quedó zumbando en mi oído derecho un día después, cuando zarpamos de nuevo, con Julio a los mandos, partido de risa, recordando el sopapo de la chavala con mirada subtitulada.

-Y yo juraría que soñé con la camarera, le decía a Julio, asentándome en la bañera mientras encarábamos la bocana de puerto, a alta mar.

Y Julio se reía a carcajadas, atropellado.

-Subtítulos!, exclamaba. Y se reía aún más.
Share/Bookmark

 
Elegant de BlogMundi