Tengo un método infalible para determinar el grado de afinidad que tengo con las mujeres que conozco. Si en los primeros diez minutos ya estoy pensando en quitarles la ropa es que nos vamos a llevar bien. Pero si el pensamiento me llega en los primeros diez segundos, es que somos almas gemelas. Y esta mujer en concreto no tardó ni un nanosegundo en desperezar mis instintos, lo que me hizo pensar que debía tomarme la molestia de atender cuando me dijera su nombre. Habitualmente no lo hago. Sí, ya sé que debería, pero es que mi día a día es un tráfago de gentes yendo y viniendo y si tuviera que quedarme con el nombre de todo el mundo más que una persona sería un miembro de pleno derecho de los pelochos.
Pero ojo, ella, la gachí, no iba en plan provocativo ni como las modelos de Victoria's Secret, en bragas y alas de ángel. Y ese era el quid de la cuestión. Una tía que no necesitaba recurrir al muestrario de pechuga para recordarme que tarde o temprano tendría que comer se merecía que prestase atención. Porque esas, la experiencia me lo decía a gritos, son las mejores. Y las más peligrosas.
Las mejores porque los polvos suelen ser épicos, con Tyler Bates poniéndole la banda sonora. Y las más peligrosas porque te enredan con facilidad. Y siempre quieres más.
El encuentro se estaba produciendo en un acto social de cierta etiqueta. Y ella, arriesgandose, vestía un esmoquin de mujer. YSL estaría orgullosísimo de ella. Pero yo, que debo tener menos sensibilidad, tuve una erección. Así, nada más verla. Bueno, no es del todo exacto. No tuve una, tuve dos: una física y otra intelectual.
Deslizó su mano entre la mía en el saludo y cruzamos dos ligerísimos besos de cortesía mientras ambos apuntábamos la referencia en el GPS. Latitud tal, longitud cual, altitud pascual. Porque si mi reacción al verla fue más que favorable, a ella le pasó tres cuartas partes de lo mismo, salvando la distancia en el tema de las erecciones, ya que el engrosamiento del clítoris no cuenta como erección.
Ah... qué fatuo qué pretencioso, pensarás. Pues no. Porque estaba clarísimo que ella había experimentado lo mismo que yo al verla. Que cómo sé esas cosas? Sencillo: me pasa mucho. Y soy un estudioso del lenguaje no verbal y de los silencios. No te pasa a ti que en determinadas ocasiones tienes la certeza de caerle simpático a alguien? de resultarle atractiva a algún maromo? Pues a mi, como me pasa constantemente con las tías, se me ha ido formando el hábito de detectarlo. Y el hábito tal vez no haga al monje, pero le abriga si hace frío.
Tardó ese segundo de más en retirar la mano de la mía y lo hizo sin recatar la mirada, con un perfecto dominio de sí misma y de lo que quería mostrar. Sin ese atrabiliario estupor que tanto me disgusta. Ah... qué sería de mi si no existieran mujeres como ella. Porque, contrariamente a lo que muchas tendéis a pensar, a mi las mujeres tontitas como que no me van. Prefiero las listas, siempre que estén buenas, claro, porque para tirarme a una premio Nobel fea como un dolor, casi que rebajo la exigencia intelectual. Total, en peores garitas hemos hecho guardia.
Llevaba el pelo oscuro recogido en la nuca y un levísimo maquillaje engalanándole los pómulos y provocando enigmáticos juegos de luz en los ojos claros. Resultaba un punto de luz en toda aquella marea social.
Estuvimos hablando de modo intermitente, ya que a una y a otro nos interrumpían para saludar a terceros. Pero en un delicioso juego de imanes, terminábamos retornando a la posicion inicial con nuevas copas en las manos, para retomar el duelo dialéctico en el momento en que nos habían obligado a alzar los floretes, dejando suspendidas las estocadas hasta el siguiente giro.
Y así supe que ella dirigía una galería de arte. Y ella supo que yo era simple, lisa y llanamente, una mala influencia. Coincidíamos en algunos nombres, como Kokoschka, y diferimos en el resto. Porque a mi Botero, por poner sólo un ejemplo, me parece un fraude. Ya ves, soy así de troglodita y me cuesta callármelo.
Se rió con mis teorías del arte e hizo acopio de toda su cortesía para explicarme que no, que yo borracho con cinco litros de titanlux multicolor no pintaría mejor que Takashi Murakami. Lo cierto es que solté la disgresión con el único objetivo de incomodarla para reducir ese excelente dominio de si misma y encontrar la grieta en su perfecta armadura. Pero me vi obligado a replegar tropas y banderas porque la gachí toreó el miura-murakami con solvencia y galanura. Otro tanto para ella. Y ya iban unos cuantos.
Dicho todo esto, nos quedamos callados. En uno de esos silencios que invitan a los tíos a pensar obscenidades guardándose mucho de decirlas en voz alta. En uno de esos silencios en los que ellas deciden si te vas calentando en la banda o te van a dejar sacar el bate.
Y a mi, en lugar de pensar obscenidades, me dio por pensar que esta mujer podía perfectamente llenar algo más que algunas horas y algunos huecos en mi cama. Paladeé la circunstancia con el mayor desafecto del que fui capaz. En realidad, la historia iba camino de convertirse en un agradabilísimo recuerdo sexual. De eso iban todas aquellas florituras y coqueteos. Pero cabía la posibilidad, la remota posibilidad, de que hubiera espacio para algo más.
Miratúpordónde.
Solventé esos pliegues espacio-temporales invitándola a tomar algo en algún otro lugar cuando acabáramos con las obligaciones sociales. Propuse el Copa Lounge o el Libertine, ya que no estábamos lejos. Y ella repuso que mejor en su casa, que también estaba cerca.
Zas. El batazo tenía toda la pinta de convertirse en home-run en la segunda entrada. Algo en plan Series Finales, estadio hasta la bandera y niños con mi rostro en sus camisetas coreando mi nombre, como Derrek Lee, pero en blanco.
Ahorraré los detalles del taxi, el portal y el ascensor porque además de ser porno Light, no aportan gran cosa a lo ya dicho: ella estaba muy buena, me la ponía dura y llevaba un par de horas pensando en tirármela.
Y ahora estaba a punto de hacerlo. Así que situémonos en la entrada de su dormitorio, medio desnuda ya, con unos desafiantes pezones coronando sus turgentes pechos, indicándome el camino. Mi ropa y la suya yacían por el hall y la sala de estar, en completo revoltijo orgiástico. Se reía ella, girando y danzando, mostrando todos sus encantos. No veía el momento de lanzarme sobre ella para hacerle de todo, pero no me dio tiempo, porque ella aceleró el proceso agarrándome de salva sea la parte y atrayendome sobre ella en la cama, soltando todo tipo de obscenidades y guarradas.
Coño, pensé, me ha tocado la lotería, mientras ella me obligaba a sentarme a horcajadas sobre su vientre, con el pequeño Hugo horadando el inexplorado valle de sus pechos. Cuba podrá ser una dictadura infumable, pero ha exportado grandes inventos: los puros, las cubanas y las otras cubanas. Y yo, me congratulaba internamente, estaba a punto de recibir una cubana de una ciudadana americana. Galerista, para más señas. Quizá cuando acabáramos me fumara un puro. Y entonces llamaría a Fidel para darle las gracias. Coño, hasta me compraría una camiseta del Che.
Acerté en mi suposición y la cosa iba de maravilla. No es que me hubiera tocado la lotería, es que me había tocado la lotería y en las próximas semanas me iba a estar tocando hasta que me erosionase el pucio.
Pero.... ah.... entonces sucedió lo impensable. Empezó a deslizarse bajo mi cuerpo, jadeando y gimiendo, hasta colocar su cabeza justo debajo de mi y soltó una frase que en la puta vida había oído. Y mira que me han dicho guarradas.
La galerista, la refinada galerista del esmoquin y un indudable gusto para el arte, con la cabeza oculta bajo mi culo, dijo:
-Quiero que te cagues encima
...
Minutos después, mientras esperaba a un taxi y el frío viento arañaba hasta el tuétano de mis huesos me di cuenta de dos cosas:
a) mi infalible sistema detector de afinidades sexuales se había caído con todo el equipo.
b) puestos a plantearnos tener algo más que sexo con una tía, casi mejor elegir una a la que no le guste que le caguen en la cara. Sobre todo, por higiene.![]()
Me he desvelado. Insomnia is back in town, i guess. Hacía algunos meses que no me ocurría. Posiblemente porque los cambios horarios habían hecho su agosto con mis biorritmos. Pero, miratúpordónde, un viejo amigo hace toc toc en la puerta.
-Estabas despierto? Ah… pues te jodes.
-Nada, nada, Pasa, ponte cómodo.
Bendito insomnio.
Como ya me conozco el cuento, aprovecho para revisar algunas cosas pendientes. Curvas de crecimiento, proyecciones, costes marginales. Todo apasionante, capaz de hacer dormir a un ejército de bakalas hasta las cejas de Speed y Red Bull. Pero lo hago sin mucha convicción, porque ya me sé el final. De aquí a un rato se colará un rayo de sol por la ventana y habrá empezado un nuevo día.
Pero entre ese aquí y ese rato aún por llegar, quedan minutos por llenar. Y resuelvo mojarlos bien con Johnnie, por si sonara la flauta y la ingesta de alcohol me sumiera en una deliciosa duermevela. Pero al segundo Johnnie consumido en la oscuridad me doy cuenta de que disfruto demasiado el caldo como para quedarme sopas.
Así que abro el correo. Tengo muchos por leer y muchos más por contestar. Qué coño, es un momento tan bueno como cualquiera para hacerlo. Después de varios falsos qué alegría tener noticias tuyas, de un par de a ver si nos vemos y dos docenas de correos cuajados de fotos de la familia, me encuentro con uno de Matt.
Matt tenía 5 años cuando sus padres le dijeron que le querían mucho pero que no se aguantaban entre ellos. Que a mamá le iba más el jovencito de nalgas prietas que vivía tres o cuatro calles más abajo. Y que a papá también. Y Matt, que no entendía nada sobre jovencitos de nalgas prietas, pensó que la cosa no tenía tan mala pinta. Total, papá nunca estaba en casa, así que… ¿cuál era realmente la diferencia?
Pasó el tiempo. Matt creció hasta convertirse en un adolescente. Le salieron pelos en los huevos y en las axilas. Se dejó greñas -en la cabeza, se entiende, no en los huevos o las axilas- se hizo con un número indefinido de camisetas de grupos heavy anti-sistema y se dedicó minuciosamente a hacer la puñeta a sus padres los días pares y a chantajearles emocionalmente los impares. Así consiguió su primer coche. Nada de un segunda mano. Uno nuevecito. De los que tenían tantos mandos en el salpicadero que más que un coche parecía la Enterprise. Sólo le faltaban los klingons colgados del retrovisor.
Y si todo hubiera ido bien se habría convertido en todo un adulto. De esos que tienen derecho a voto. De los que van a la Universidad, hacen un Máster. Viajan. Se enamoran y se desenamoran (habitualmente en la misma semana). De los que entran a un banco para pedir una hipoteca y salen con la hipoteca bajo el brazo y el culo como la bandera de Japón.
Yo le conocí mucho tiempo antes de que pudiera ser pasto de subprime. Le conocí cuando aún pedaleábamos juntos en una amplia calle residencial, soñando con lo que el mundo nos depararía, más preocupados por reparar la cabaña del árbol que de cualquier otra cosa, incluidas las chicas.
Le conocí cuando aún el mundo aún no le había mostrado sus zarpas. Cuando lo de ser astronautas parecía una idea bastante sensata y, por qué no?, perfectamente posible.
Le conocí antes de que descubriera que el divorcio de sus padres sí había significado alguna diferencia. Mucho antes de que cualquier posibilidad de convertirse en todo un adulto desapareciera como si nunca hubiera existido otra alternativa que rebotar de correccional en correccional hasta cometer un par de delitos menores que le hicieron vender la Enterprise y graduarse en delitos mayores. Y de ahí, directamente a las drogas para terminar pegándole tres tiros al dependiente de un Subway para hacerse con 300 pavos.
Matt es uno de esos tipos que tienes la suerte de conocer antes de que se conviertan en la peor versión de si mismos. Y por eso no puedes verles como el resto del mundo los ve. Tú los ves como el chavalito rubio con el que planeaste redecorar la fachada de la casa de la vieja señora Mcyntire con los desperdicios recogidos por todo el vecindario. Desperdicios que, entre otras lindezas, incluían los pañales de la hermana pequeña de Matt
Naturalmente, aquellas travesuras no le predestinaban a terminar dando con sus huesos en la cárcel. Era sólo un niño. En aquel entonces sí que existía la posibilidad de convertirse en todo un adulto.
De vuelta al presente, sopeso el cliché de comparar su vida y la mía con la gravedad propia de alguien que en la puta vida se ha tomado la molestia de comparar según qué cosas y con la seguridad de que es un ejercicio injusto, asimétrico y completamente desdichado. Qué estupidez. No se trata de que Matt tuviera o no oportunidades. Es simplemente que la vida es así de hija de puta.
Releo su email, entreteniéndome en el estilo, tratando de descubrir si detrás de esa escueta forma de escribir aún está el niño que en primer grado se enamoró de la señorita Florence. Pero aunque desearía encontrar una sombra, una duda razonable, ya no queda traza alguna. Sólo el cansado penar de un tipo que torció su vida y pasó de vivir en una casa con un jardín y valla blanca a pudrirse en el presidio de Stateville, en Will County.
Por lo que cuenta, ha estado carteándose con una persona que tenemos en común. Durante años. Me sorprende no haber sabido nada y me asalta la náusea de haber cometido no sé qué extraña traición por no haber seguido al punto la terrible vida de Matt.
Pero no hay ninguna traición en todo esto. Ni él lo sugiere ni mi náusea aguanta más de unos segundos sin deshacerse, empujada al fondo del estómago por unos centímetros cúbicos de Johnnie.
Me escribe, dice, porque se ha acordado de los viejos tiempos. Adivino que también me escribe con la esperanza de que pueda echarle una mano a salir de ese mundo de sombras en el que, me dice, está viviendo desde que le dieron la condicional, ya que el desgraciado al que le descerrajó tres tiros resultó ser duro de pelar y no la espichó en aquella.
Y pulso el botón para responder, dejándome llevar por un súbito impulso. Nada hay del niño que era yo en esta respuesta. La vida también se lo llevó.
Tal vez mi oferta no sirva para nada. El mundo es un sitio terrible y enorme y a los dioses les importan tres pollas nuestros problemas. Pero se lo debo. A ellos, a los niños que fuimos y a los astronautas que pudimos haber sido y que también se quedaron por el camino.![]()
