EL CAFÉ

23:59 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (3)

Ella recoge un mechón, acariciando su melena mientras el café humea sobre la mesa. Sonríe. Pobre. No sabe aún que esto ha terminado horas antes de empezar. Terminó esta mañana, cuando me besó antes de salir de mi piso para ir a trabajar. Llevo un cigarro a mis labios, pero recuerdo la prohibición y lo devuelvo al paquete con un leve gesto de fastidio que no le pasa inadvertido. Sonríe, comprensiva. Si quieres salimos fuera, dice. Lo que yo quiero, mona, es perderte de vista. Pero no te mereces que te lo diga así. Porque no es culpa tuya. Ni mía. Tal vez sea de Bernie Madoff.
Además, fuera hace un frío terrible.
Da un sorbo al café y estoy a punto de soltárselo, pero no lo hago. Quizá la sorpresa le hiciera tirarse el café por encima. O tirármelo a mi. Y ninguna de las dos opciones me atrae. La segunda menos, claro.
Porque lo que ocurre es que esta historia termina hoy. Aquí. Y tú aún no lo sabes. De hecho, ni siquiera te lo imaginas. Sí, lo sé. Soy un cabrón. Ya. Lo tengo asumido.
Han sido tres semanas deliciosas. Y tú no esperas que se acaben así, como un libro al que le faltaran doce capítulos. Pero, querida, esto no era un libro: eran sólo un par de páginas. El problema es el de siempre y yo me he cansado de repetirlo. No hay nada más allá, no hay horizontes ni planes que hacer. Esto se acaba hoy. Aquí.
Y entonces ella sonríe más. Le brillan los ojos. Y lo dice. Te quiero. No podía decir algo intrascendente.
Y a ver quién es el guapo que se lo dice ahora. Alarga la mano sobre la mesa y acaricia la mía.
Supongo que esto debería ser un momento memorable. Una mujer guapa e inteligente te acaba de decir algo así. Pero yo sólo quiero perderla de vista. No quiero verla más en mi piso, ni en mi vida. La primera vez que vino a casa le sorprendió que sólo tuviera una foto de mi perro. Eso debería haberle dado alguna pista sobre el nivel de compromiso que estoy dispuesto a aceptar.
Pero entonces ella apaga la sonrisa. Los ojos le brillan menos. Y retira la mano. Te quiero, repite, pero está más que claro que no es recíproco.
Parpadeo dos veces. Ignoraba que tuviera una pantalla en la frente mostrando lo que pienso. Tendré que hacérmelo mirar. Pero mientras lo hago, es mejor que me quede calladito. No se merece nada de esto. Ella se merecería haberse enamorado de un tío que la quisiera, que desease pasar cada minuto de su tiempo libre con ella, conocer a su familia, ir de vacaciones a Long Island.
Y es verdad que ella no ha hecho nada que me desagrade. Podría decirse que es perfecta. Claro que el último punto de comparación era una galerista coprofílica. Pero aunque la anterior hubiera sido normal, ella seguiría siendo muy interesante. Aunque a la vista está que no lo suficiente como para que yo celebre su Te quiero.
Me doy cuenta de que me he quedado mirando por la ventana, sin mirar. Ella está callada. Supongo que al final estoy se acaba hoy. Aquí.
La miro y procuro hacerlo con dulzura. Ella esboza una leve sonrisa. Esto no tendría por qué ser así, dice, aunque al decirlo en inglés (it doesn't have to be this way) hace que piense en los Blow Monkeys. Podría decirle que sí debe ser así, porque si fuera de otro modo, terminaría siendo peor para ella. Pero no lo hago. Suena a excusa. Esto funciona, sabes?, dice ella, bajito. Sí, es cierto, concedo mentalmente mientras hago un gesto ambiguo que podría significar cualquier cosa. Creo que hasta Bolf habría dado su visto bueno de haberte conocido.
Para ella no es una cuestión de reloj biológico. Hasta dónde sé -y sé mucho porque a las mujeres os gusta mucho hablar- ella también tiene ciertos problemas para lidiar con el compromiso. Por eso su Te quiero ha sonado a rendición. Y a sorpresa. Tal vez más para ella que para mi.
Pero el caso es que estoy debería terminar hoy. Aquí. No quiero que esto sea una despedida, susurra ella, mirándome con calma. Supongo que ella piensa que lucha por mi. Que vale la pena hacerlo. Y no es que yo sea un completo desgraciado. Es simplemente que no tengo mucho que ofrecer. Ni siquiera un mínimo de fidelidad. Pero el hecho de que lo haga me hace sentir halagado.
Supongo que las últimas cuatrocientas veces la receptora del adiós se ha mostrado menos dispuesta a plantar batalla. Sé que si hablo abriré una rendija para sus esperanzas. Sé que si pregunto por qué habré empezado a negociar. Y realmente I don't have a choice in this; it's a road I've come upon. Y la voz de Glen Hansard me responde desde algún rincón de la memoria You can join us if you want to.
Así que decido mantener el silencio, aún sabiendo que no es justo. Pero quién dijo que la vida lo fuera. Y además, quíen cojones es Glen Hansard, por muy bien que cante, para andar metiéndose en mi vida? Glen, querido, vete un poco a tomar por culo.
Advierto resolución en su mirada, un par de milímetros por debajo de la línea de flotación de su inquietud. Su café ha quedado abandonado sobre la mesa ya hace un rato. El mío se materializa entre mis manos. Y al darme cuenta doy un sorbo, tratando de ganar tiempo.
Hacía tiempo que la tentación de dejarme llevar no era tan acentuada. Y entonces descubro que Glen no estaba cantando en mi cabeza, sino en el local. Y advierto que ella está preciosa. Ni siquiera el frío puede hacer que el atardecer campe a sus anchas por las calles. Y la luz entra por el ventanal junto al que estamos sentados, llenándolo todo de reflejos. En sus pupilas húmedas hay breves destellos. Lágrimas por caer, aventuro aunque instintivamente sé que no lo son. Es esperanza.
Es una propuesta, una oferta. Una que inopinadamente se ha hecho tangible en un starbucks cualquiera de la milla de oro, un martes cualquiera, durante un atardecer cualquiera.
No sabemos lo que puede durar, dice ella. Yo sí lo sabía. Aunque ahora no me parece tan extraño su punto de vista.
Nos conducimos a la salida, donde el chorro de aire caliente nos envuelve un segundo antes del frío. Damos tan solo cuatro o cinco pasos, pero parece que hayamos caminado siete millas en silencio.
Y ya en la acera posa un dedo sobre mis labios y dice
-No lo digas. Por supuesto que tú eres el problema

Nunca sabrá cuánta razón tenía.
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