SAGRARIO

01:45 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (1)

Eran años duros. Las revistas porno no respondían ni a un diez por ciento de las preguntas que se agolpaban en nuestros adolescentes y encabronados cerebros. Eran años duros. Años en los que cualquier cursilada podía provocar una catarsis a los menos preparados para la vida real. Años en los que Eros Ramazotti imponía su reinado del terror en las radios y todo eran edulcoradas baladas del macarroni de los cojones. Total, que si no transigías un poco, no mojabas nada. Y que tire la primera piedra el que hasta en su adolescencia siempre haya sido fiel a sus principios.

Eran años duros. Durísimos. Las tías empezaban a ser mujeres y nosotros empezábamos a convertirnos en los cafres que somos ahora. Todo era nuevo novísimo. Todo resultaba tentador, prohibido, vedado. Era un lento despertar libidinoso y tierno. Porque aunque todos fardábamos de haberle hecho un dedo a Bea (con los años he descubierto que todo el mundo ha tenido una Bea en su vida) en el fondo todos estábamos coladitos por Lara, la chavala candorosa y tangencialmente sexy que aún bordeaba el salto de niña a mujer, como sin atreverse a darlo. Todos, hasta los fans de Iron Maiden, grabábamos baladas en cintas que después escuchábamos una y otra vez en los walkman con los que nos aislábamos de un mundo que nos parecía cambiar demasiado aprisa y no siempre a mejor. Años duros, sin duda. Años en los que se nos empezaba a poner dura en los momentos más inoportunos.

Eran tiempos en los que Sagrario, la terca compañera de travesuras hasta hacía nada, se convertía en una diosa juvenil y púber. De un día para otro, sin previo aviso. Hala, zas. Y a cascarla, nunca mejor dicho. Tiempos en los que los prominentes pezones de Gema, la profesora divorciada que conducía un deportivo rojo a toda hostia, poblaban los sueños onanistas de todo cristo. Tiempos en los que las clases de educación física se convertían en un suplicio al ver a aquella tropa de divinas adolescentes brincar, correr y sudar. Tiempos en los que descubrimos que los shorts elásticos son infinitamente más seguros que los boxer holgados.

Tiempos en los que Fernandisco era una referencia y Joaquín Luqui un mito. Tiempos en los que si una chica te miraba durante el recreo te pasabas una semana comiéndote la cabeza. Y cascándotela. Porque a eso se reducía todo: a centrifugar y menear. Tiempos en los que todo dios montaba un grupo y se encerraba en un garaje a hacer ruido y terminar tocando baladitas para que las chavalas con precoz vocación de groupies nos dijeran lo monos que éramos. Y con suerte, nos hicieran algunas manolas.

Ah... qué tiempos aquellos cuando el concepto de una noche salvaje incluía pizzas y pelis porno del extinto Canal Plus en el sótano de los padres de algún colega. Había, y hay, algo tierno en todo eso. Un lento descubrir el mundo descubriéndonos a nosotros mismos actuando como algo distinto a los niños que habíamos sido hasta entonces. Un reconocerse en el espejo, las más de las veces, con sorpresa.

Tiempos de disco light. Y de camareros que pasaban copas de verdad. Los primeros killing minute, con más ardor que pericia, con más ímpetu que resultado. Las tías eran presas y los tíos salíamos a ver qué pillábamos, sin darnos cuenta de que estábamos jugando una partida con cartas marcadas desde el inicio. Eran ellas las que nos hacían ir de un lado a otro, embriagados por turbios, deslavazados e indeterminados placeres prohibidos. Placeres que luego se concretaban en morreos apresurados, un torpe aleteo de lenguas. Tiempos en los que uno empieza a acumular cuentas pendientes y deja de ver a Sagrarito como una cómplice para empezar a pensarla como un deseo oscuro, sin contornos.

Eran años en los que se forjaba el espíritu y el que estaba condenado a ser un moñas sufría las mofas y befas de los demás por llevar pantalón con peto. Años en los que redescubríamos los culos de nuestras hasta entonces compañeras de clase. Tiempos en los que la metonimia se enraizaba en nuestra vida y definíamos las chavalas en función del tamaño, redondez y turgencia de sus pechos. Así Virginia pasaba a ser Supertetas y Lucía, la tímida poco dotada, Extraplana. Mucho tiempo después esos sobrenombres aún perviven, para escarnio de sus usufructuarias. Pero también fueron tiempos en los que éramos capaces de actos tiernos, como grabar cintas con canciones seleccionados. En mi caso, utilizando a Burí Burá, perdidos ya en el tiempo.

Fueron tiempos duros pero poco a poco los fuimos dejando atrás, superándolos por elevación gracias a una cuestión meramente evolucionista: de las pajas pasamos al insatisfactorio sexo de dormitorio contra el armario empotrado. Al restregón de ascensor. Al poco delicado meter mano en el portal. Supongo que algún sociólogo lo habrá estudiado. Y si no, ya están tardando, porque el tema tiene miga.

Y según fuimos superando aquellos tiempos nos fuimos separando. La vida nos fue llevando a cada uno por su lado. En mi caso, a un premonitorio peregrinar entre una y otra orilla del océano. En el caso de Pee-Wee (de nuevo, todo el mundo ha tenido un Pee-Wee en su vida) la vida le llevó a un feo asunto relacionado con los grupos neonazis de entonces. A otros, la vida les arrastró a sucesos que ninguno hubiera podido imaginar. A Sagrario, en cambio, la vida la fue traicionando, eliminando de su vida cualquier vestigio de inocencia mucho antes de que estuviera preparada para asumir los cambios, si es que alguien está preparado para perder a sus padres a los quince años, casarse embarazada a los 22 y divorciarse a los 23 para dedicar su juventud a sacar adelante -sola- a un niño de ojos grandes y caracolillos en la nuca.

Aquellos fueron años duros, sí. Pero para algunos, como para ella, los que vinieron después han sido peores.

Ahora Sagrario es la gerente de una empresa dedicada al hilo musical. Nunca había caído en la cuenta de que tras ese infumable soniquete de ascensor o de oficina mal parida hay un grupo de gente que se gana la vida prestando ese servicio. Pero de haberlo sabido, nunca hubiera imaginado que Sagrario terminaría formando parte de ese mundo alienado plagado de versiones sinfónicas de David Bisbal. Claro que tampoco habría imaginado que su vida se convertiría en un folletín venezolano.

Ella tampoco se lo habría imaginado. Me lo ha confesado después de repasar nuestro idilio adolescente. Veinte o veinticinco días, pensaba yo. Cuatro meses, me ha aclarado ella. Supongo que ese fue mi récord de permanencia en pareja entre los 13 y los 24 años. Cuatro meses. En aquellos tiempos supongo que tendría algún significado. No fue la primera, pero creo que es la única de la que guardo algún recuerdo.

Hoy, los miembros de aquella manada con las hormonas encabronadas, estábamos convocados a la fiesta de jubilación de la que fue, durante años, nuestra tutora.

Me ha costado reconocer a algunos. La vida no siempre les ha tratado bien. Pero a Sagrario la he reconocido de inmediato, al primer golpe de vista. Resulta curioso que la historia de mi vida se pueda resumir en unos cuantos nombres de mujer.

Sentados en un rincón del patio del colegio, ajenos al bullicio, Sagrario ha afilado un par de reproches sin importancia, negándose a dejarse llevar por la ternura de la memoria. Es lo que ocurre cuando la vida te traiciona, que te hace renegar de tu propia inocencia. En su caso, probablemente tenga más motivos que otros para mirar al mundo con rencor, sin sentirse partícipe de las cosas buenas que le han pasado.

Pero al final, como en los anuncios de Cacharel o las pelis de Disney, la ternura se ha abierto paso. Y hemos ajustado cuentas con aquellos besos aturdidos, triste frotar de labios, actualizando los recuerdos con la pericia adquirida con el paso del tiempo.

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