YO, LO QUE QUIERO, ES ECHAR UN POLVO

06:59 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (3)

-Yo, lo que necesito, -dice Ana- es echar un buen polvo.
Parpadeo asombrado tratando de convencerme de que he escuchado mal. Habitualmente estas cosas me las dicen algo más tarde, no tan a primera hora. Juego con el vaso de whisky, haciendo tintinear los hielos.
-Será por voluntarios, contesto casi sin darme cuenta.
-Llevo dos meses sin follar. Mi santo me tiene a pan y agua.
Casi oigo como algo en mi interior se quiebra. Dos meses. Sesenta días. La virgen. Eso es muchísimo tiempo. Yo me agobio cuando pasa una semana.
-Perdona?
-Dos meses. Pero es que antes de eso, como mucho, una vez al mes. Con cuentagotas!
Ahora oigo con claridad como cae con estruendo algo en mi interior. Esa media de 10/12 polvos/año hace que Hello Kitty tenga una vida sexual infinitamente más activa.
-Yo, repite ella, lo que quiero es echar un buen polvo. Se afianza en su premisa, como si repetirla en voz alta la liberase.
Y yo, que no puedo contener la carcajada pese a lo cruel que resulta, pienso que mucho más difíciles se las ponían a Felipe II. Coño. Qué pasa con los tíos de este país, que me marcho una temporada y cuando regreso tienen a sus mujeres desatendidas y en barbecho? Es que no se dan cuenta de que el mundo está lleno de tíos como yo? Por el mismo precio, que me las manden a casa y me ahorro ir a los bares. Total..., el resultado va a ser el mismo. Y para que lo haga cualquier aficionado, mejor que se lo haga un profesional, no?

Como no me entra en la cabeza que lo que me cuenta esté pasando en este planeta, indago un poco. Follar es de las pocas cosas gratis que, además, molan. Así que resulta de todo punto inexplicable que lleve tanto tiempo mirando al techo. Algo habrás intentado, no? Pues sí. Lo ha probado todo para que su santo cese en su dejación de funciones. O eso dice, así que procedo a comprobarlo.
-Insinuaciones sensuales?
-Inadvertidas.
-Insinuaciones menos sutiles abiertamente porno?
-Igual de inadvertidas. O más.
-Post-it en el espejo tipo: que no se te olvide salir de casa sin darme lo mío y lo de mi prima?
-Nones. Como si el post-it también se empañara con el vaho.
-Kylie, Sade o similares acompañado de velas perfumadas y aceites?
-Como si estuviera sordo y constipado.
-Bien, veamos....Kylie, Sade o similares con velas perfumadas y aceites acompañado de despelote progresivo?
-Como si estuviera sordo, constipado y ciego.
-La ropa interior sexy o la completa ausencia de ningún tipo de ropa?
-Agua. De hecho, me reconviene, por si cojo frío.
-Las ofertas de ducha con final feliz?
-Sin novedad en el frente, ni en ningún otra parte.
-El sexo mañarero?
-Más bien legañero, o sea, que no.
-Los SMS (o incluso MMS) abiertamente guarros?
-Fuera de cobertura.
-La recepción en (únicamente) delantal (también conocida como Recepción a Portagayola)?
-Tres avisos y devolución a corrales.
-La semana del chuletón y la mamada?
-El chuletón sí que le interesó.
-Los afrodisíacos?
-Tengo la casa barnizada de canela y nones.
-Le has atado a la cama y le has dado candela hasta que sude sangre?
-En varias ocasiones, y con resultados dispares pero en todo caso en absoluto satisfactorios.
-Amenaza de adulterio tipo 'me voy a buscar un jardinero veinteañero que me riegue el jardín o a un mandingo con una manguera de verdad'?
-Como si le dijera que se acordara de comprar el pan o echar el euromillón.


Coño. Pues sí. Lo ha probado todo. Y el jaque no se da por avisado. Será que....
-Oye, no será que se está zumbando a otra?
-Mi santo? Si es más inocente que Guille, el de Mafalda.
-Je.... oye, que yo también parezco inocente hasta que dejo de parecerlo.
-A ti, querido, se te ve a la legua y tienes de inocente lo que yo de frígida. Mi santo, en cambio, lo tiene todo: la inocencia y la frigidez.
-Mira, eso no te lo voy a discutir. Y algún problema en el ciruelo?
-En el ciruelo?
-Sí, que no se le hinche, digo.
-Bueno, la última vez que la vi, no presentaba tacha en ese sentido.
-No será que es gay?
-Como no le haya dado por ahí, no tiene explicación.

Cierto, como el tío no sea gay, lo suyo es de juzgado de guardia. Tiene en casa un tizón pidiendo guerra a gritos y está como viendo pasar coches en una carretera nacional. Lo reconozco. Estoy desconcertado. Lo único que a Ana le falta por hacer es poner un anuncio a toda página en el Marca informándole a su marido de su furor uterino para general conocimiento.

Mi desconcierto -sumado a la inexplicable ternura que me inspira Ana y su falta de mambo- me han hecho implicarme en su vida sexual. Esto no tiene nada de sorprendente: me resulta tremendamente difícil no implicarme con la vida sexual de las mujeres que conozco, sobre todo porque habitualmente termino tirándomelas. Lo singular del caso es que Ana no necesita follar conmigo (o eso dice) sino, agárrense las bragas, follar con su marido. Y como consejero/consultor ha ido a fichar al menda. La Ley de Murphy en estado puro. Y aunque su historia ya me concierne de un modo que me cuesta entender, así que no digamos explicar, no pienso parar hasta que el santo de Ana le haga un tour por el séptimo cielo, con parada y fonda en Multiorgasmolandia.

Ella, que dice encajar la situación con deportividad y resignación, deja escapar suspiros de tanto en tanto. Y en esos suspiros se adivinan todas las opciones que dejó pasar. Todas las ofertas de adulterio apenas pronunciadas, las insinuadas, las propuestas en firme. Sí, las oportunidades. Pero sobre todo, el haberlas dejado ir. Y en esa mirada turbia que la asalta se oculta la certeza que, de haberlo sabido, otro gallo le cantaría. Uno que le diera mambo con precisión germánica y militar. Firmessss! ar!. Presenteeennn armassss! ar!. Todas las noches. Ar!

Y claro, con semejante carga, no deja de pensar en follar y sale a la calle sin sujetador, coqueteando con el abismo. Más o menos como yo, con la pequeñísima diferencia de que yo sí follo, algo que, a la postre, me libra de no pocos pesares y pesadez testicular. Además, desde que leí que eyacular previene el cáncer de próstata, estoy más concienciado aún. Que mi próstata me ha proporcionado ratos inolvidables y sería yo un desagradecido si no hiciera todo lo que estuviera en mi mano por preservar su salud.

Pero Ana, me dice, le quiere. A su santo. Y la idea de ponerle los cuernos se le hace muy cuesta arriba, aunque se lo ha planteado más de una vez. Y más de mil. Y no me extraña. Si yo estuviera en su piel, me estaría arrancando los pelos, corriendo desnudo por la calle y gritando que necesito follar. Me tiraría al primer mayor de edad con el que me cruzase, aunque tuviera 102 años.
-Sabes lo que ocurre? Que es un lío. Porque tirarse a un tío es bastante fácil, pero el problema es que luego quiera más, una relación. Y eso sí que no. Yo sólo quiero sexo, por dios.
Alzo mi copa a la salud de mis últimos tres mil polvos
-Qué me vas a contar a mi, querida. Bienvenida a mi mundo. Lo difícil no es follar sino que no se enamoren.

Conozco demasiados casos de mujeres desatendidas que salen a buscar en los bares lo que no tienen en casa. Y casos de hombres que aún teniendo todas las bases cubiertas en el hogar, salen igual, a ver qué pillan. Pero estos últimos me la traen bastante floja, ya que de momento no me ha dado por tirarme tíos casados. He asistido a confesiones dolorosas y alcohólicas, entre hipos, mientras las subía a mi apartamento. Y sé bien cómo acaba todo. Como su marido no le da lo que necesita, confunde al primer tío que se lo da con el Príncipe de las Galletas de Chocolate. Y entonces sí que se lía la de dios, porque hay que explicarle a la adúltera de turno que no, que esto era sólo un follar y no acabar, pero que de llamarme al trabajo para ver qué tal me va la mañana, nasti. Y que lo de llamarme cari, menos, coño, que eso es muy hortera. Y entonces la adúltera toma perfecta conciencia de dónde se ha metido. Del lugar exacto en el que se ha estancado su vida y, aunque esto no debería decirlo, de la estupidez que ha cometido tirándose a un tipo cualquiera en un bar y encoñándose de él. Y en esa asunción de lo que ha pasado, el ridículo va de oficio. El ridículo y la humillación.

Y sabiéndolo, sigo escuchando a Ana, que desgrana con cierta gracia los desaires. Que se indigna con cierta retranca de carnaval. Pero que, en el fondo, se resigna. Porque Ana no me habla de su tristísima vida sexual porque esté pensando en que la ponga mirando a Teruel. Lo que está deseando es que su marido saque el Tom Tom y le pegue un viaje de los de llamar a las amigas para contarlo.

Y aunque la situación es novísima para mi, a qué negarlo, me inspira ternura. Trato de asumir su situación e intento ponerme en sus zapatos. Coño. Tiene que ser espantoso. Lo de llevar tacones, digo. Y lo otro también, lo de la falta de sexo. Así que resuelvo preguntarle cómo se las apaña. Y ella, con un atisbo de vergüenza que ya le he intuido antes, desvela al fin que tiene un par de consoladores en casa. Nunca un nombre reflejó tan bien una función.

Y me atizo otra copa, porque la historia cada vez tiene tramas más tragicómicas, cada vez más irreal, como de cámara oculta. Y le digo que no me dé muchas palmas, que igual me da una ventolera y termino escribiéndolo todo porque la historia se las trae. Y ella, que conoce el blog (de hecho, hasta su santo lo conoce porque lo puso en favoritos y en alguna ocasión la pilló a carcajada limpia con alguna de mis aventuras/desventuras), me dice que sería divertido. Y al decirlo sonríe, como si de verdad le pareciera divertido. Y yo le advierto de que divertido será para los demás, pero que dudo mucho que lo sea para ella.

Porque en esa resignación que ella viste de faralaes hay una copla terrible, sesenta noches sin dormir y meses de espera, caricias sin respuesta o, en el peor de los casos, contestadas con negativas o excusas. Y se me ocurren pocas cosas más duras que querer follar con una única persona en el mundo y que esa persona no se dé ni cuenta.

Y tú pensarás qué cojones sabrá Hugo de estas cosas. Cierto. Yo quiero follar con todas y la vida me reservó el lugar del cabrón que las seduce en el bar de turno, cubre sus necesidades una noche y la mañana siguiente les suaviza el aterrizaje con un buen café y modales exquisitos. Un cabrón con más clase que los demás, pero un cabrón al fin y al cabo. Sin embargo, el hecho de serlo no me impide deducir lo doloroso que debe ser tener que resignarse. Lo angustioso que debe ser dormir a un palmo de otra persona y querer montarle hasta hacerle aullar y que esa persona apenas se agite, en sueños, mientras retiras tus dedos de su espalda, las yemas ardiendo de deseo.

 
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