LOS PELIGROS DE LA TECNOLOGÍA II

15:23 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (6)

Reconozco que he tenido mis momentos. No es falsa modestia, de verdad. He tenido momentos legend-wait for it-dary. Pero lo de este verano ha superado, con mucho, cualquier logro anterior. Las lectoras más fieles recordarán que mi relación con la tecnología no es precisamente lo que podría llamarse idílica. De tanto en tanto su uso me juega malas pasadas. Pero la que referiré a continuación es de traca. Vuelvo a advertirlo. Si tienes facilidad para desencajarte la mandíbula, tal vez no sea buena idea que sigas leyendo. Ponte un protector, o una máscara. O contente. Lo que más te guste. Porque la siguiente historia clarifica aún más lo que en su día denominé Los peligros de la tecnología.

Hay lecciones en la vida que uno sólo puede aprender de primera mano. De nada vale escarmentar en cabeza ajena. No, que va. Te lo pueden contar en verso, que si te ves en la situación, te garantizo que no te acordarás de los riesgos. Además, para qué engañarnos, a mi los riesgos me van más que los cola-jet de mis veranos juveniles.

Este verano mis vacaciones han sido algo atípicas. Me permitirás que no entre en más detalles, básicamente porque no aportan nada a lo que hoy deseo contarte. Dejémoslo en que han sido cortas. Pero intensas. Estuve navegando en el velero de un amigo, disfrutando de la belleza de las calas y el sol de Ibiza. Liberándome de tensiones acumuladas, cargando pilas. El plan original era hacerlo acompañado de una mujer, pero la natural tendencia de las mujeres de mi vida a tratar de ponerme grilletes hizo imposible que me acompañara. Y me permitirás que lo deje ahí. Por eso yo era el único impar. Julio se hacía acompañar de una italiana alta y morena y Duncan había conseguido engañar a la poseedora de unas tetas ciclópeas y una cara más bien desagradable. Je... qué cosas. Duncan ligando y yo no. Lo nunca visto.

Cada vez que estoy en Ibiza procuro acercarme a Cala Benirrás al atardecer. Si ya lo conoces, poco tengo que explicarte. Si aún no lo conoces, ya estás tardando en coger un avión, un ferry o una patera. El plan consistía en relajar mente y cuerpo. Abandonarme y dejar que la isla borrase todo rastro externo del estrés de los últimos 18 meses. Que han sido de aupa, querida.

Pero como es habitual en mi vida, el plan se fue a la mierda en los diez o quince primeros minutos. La bocina de otro velero me sacó de la delicada desidia en la había decidido sumirme, tumbado, tostándome al sol. Me incorporé dispuesto a negar la mayor. Que no, que no soy Hugo, que me debes de confundir con alguien. Pero descubrí que la mano que pulsaba aquella bocina naútica pertenecía a Big Willie. Casi nada al aparato. Un negro de dos metros, alemán de origen pero más mediterráneo de espíritu que el alioli. Y clavadito a Will Smith.

La historia de cómo conocí a Big Willie y de cómo terminó viviendo a orillas del Mediterráneo es tan larga que merecería un capítulo aparte. Quizá algún día me siente a escribirla. Pero no será hoy.

Su aparición marcó el inicio de una catarata de acontecimientos que terminaron conmigo sentado de culo en el suelo de la sala de estar de su casa en Cala Benirrás, con la ceja y el labio sangrando. Y todo por culpa de la tecnología, que se las arregla siempre para buscarme las cosquillas.

Si en el momento en que abrí los ojos y vi a Big Willie, hubiera sabido cómo iba a terminar la historia, también habría seguido adelante. Sí, seguro.

La primera noche en casa de Big Willie sirvió para que nos pusiéramos al día y saludara a viejos amigos a los que hacía tiempo que no veía. Y, para mi sorpresa, para reencontrarme con una mujer de mi pasado, ahora casada con un empresario de amplísima frente al que ha dado dos churumbeles en edad de aprender a nadar. El empresario era, por esas casualidades de la vida, hermano de la actual mujer de Big Willie.

Como hacía mucho que no sabía nada de ella, dediqué gran parte de la noche a charlar. Sin más. Ya sé que te costará creerlo, pero en ese momento simplemente disfruté de una agradabilísima charla en la noche ibicenca. A Big Willie también le costó creer que no albergase segundas intenciones, de modo que al despedirnos, ligeramente embravecidos por el alcohol, me abrazó con fuerza, estrujándome y me susurró:
-Lo que te quiero yo a ti. Pero como te tires a (llamémosla) Nathalie te juro que te paso por la quilla.
Reí ante su bravata, muy confiado en el control que hasta el momento había mostrado sobre mis propios instintos. Ah... pobre de mi. Soy esclavo de mis deseos y víctima del destino. A mis años aún no he aprendido la lección.

Regresé al velero de mi amigo en una zodiac conducida por un tripulante de Big Willie. Y mientras nos alejábamos, distinguí la silueta eléctrica de Nathalie en el pantalán, vestido blanco al viento.

Julio, a la sazón propietario del velero donde he pasado mis vacaciones, tocó mi hombro para llamar mi atención.
-Mala idea, dijo. Y sólo dijo eso antes de abstraerse contemplando la negrura del mar, estrechando el talle de la morena que le acompañaba. Duncan, amarrado a la chavala que se había traído al viaje, soltó una carcajada y trató de explicarle a la chica de qué iba todo aquello. Por qué todo el mundo supo antes que yo cómo iba a terminar esto?

La mañana siguiente despertamos tarde, con gestiones pendientes, como dotar al velero de ciertas provisiones. Fundamentalmente, Johnnie. Así que desembarcamos y paseamos como quien tiene tiempo para perderse. Disfrutamos una espectacular comida en San Miguel y resolvimos acudir a su playa, a tostarnos tranquilamente antes de hacer las compras. Y zas. nada más descalzarme, veo a Nathalie. Esta vez, nada de vestidos al viento. Sólo la imponente orografía de su cuerpo chorreando agua, saliendo del mar. Y entonces el control de mis instintos se fue a tomar por saco. Ni siquiera la aparición de sus churumbeles rubísimos y morenísimos correteando a su alrededor fue capaz de devolverme las riendas de los desbocados caballos del deseo. Tampoco la inoportuna visión de su marido. Vive Dios que me hubiera lanzado sobre ella en ese mismo instante de no haber sido porque la arena quemaba mucho y al posar mis pies sobre ella me estaba abrasando como un completo gilipollas.

El marido, un empresario en cuya frente se podría copiar letra por letra la Declaración de Independencia de 1776 (Ya sabes: "Nosotros los representantes de los Estados Unidos de América, reunidos en Congreso general, acudimos al juez supremo del mundo para hacerle testigo de la rectitud de nuestras intenciones y blah, blah, blah...") nos vio y se acercó sonriendo. Qué sorpresa, qué casualidad. comemos todos juntos?

A Julio no le dio tiempo a esquivar la bala. Antes de que pudiera armar su negativa y sacarme de aquel charco, yo ya había aceptado, encantadísimo de la vida. Nathalie, enfrascada en vestir a los críos, sonreía. Claro, venid a comer a casa, decía, como la perfecta esposa. Y yo, todo sonrisas corteses, resolví que ese cuerpo volvería a ser mío antes de que embarcáramos de vuelta a la península.

El marido de Nathalie poseía un precioso apartamento en San Miguel y desde la terraza a la que nos condujo se disfrutaba de unas espectaculares vistas de la bahía. Lo que él no podía saber, orgulloso de sus posesiones materiales, es que yo disfruté de otro tipo de vistas, igual de espectaculares, si no más. A Nathalie el paso del tiempo la había favorecido. Cuando yo la conocí era una mujer joven y con un innegable atractivo sexual. Diez años después era una mujer plenamente consciente de su poderío. De su magnetismo. Y esa seguridad con la que se desenvolvía la había vuelto mucho más deseable aún. La visión de su vientre desnudo había trastornado mi polaridad. Pero el hecho de descubrir ese nuevo aplomo en su identidad sexual me estaba poniendo al límite.

Sí. Todo el mundo había intuido que esto ocurriría. Salvo, por lo visto, su marido y yo mismo.

Fingí interesarme por las historias tártaras del esposo y la comida transcurrió con amabilidad. Incluso con mis hormonas encabronadas, i still know when to quit and when to stick. Regresamos a nuestro velero, no sin antes comprometernos a cenar cualquier noche. Nos llamamos, eh? esto hay que repetirlo, decía el marido. Y yo pensaba en repetir otras cosas, pero con su mujer.

Julio ni se molestó en amonestarme. Supongo que el paso de los años le ha demostrado que no sirve de nada. Y que hay lecciones que uno no puede aprender sino en primera persona. Por eso cuando me descubrió enviándole un mensaje corto a Nathalie ni siquiera torció el gesto. Se rió y siguió trasteando en cubierta. Duncan estaba muy ocupado poniéndole protector solar en la espalda a su acompañante como para darse cuenta, pero de haberse dado cuenta tampoco habría sido capaz de reaccionar. Ya sabes el efecto que tienen las tetas grandes sobre su única neurona.

La respuesta de Nathalie no se hizo esperar. Contenía pocas palabras. Pero nunca tan pocas palabras han abierto tantas puertas. Me citaba en su casa, a media tarde. Los niños y el marido con su kilométrica frente estarían montando en moto acuática.

Reencontrarme con el cuerpo de Nathalie fue un viaje en el tiempo y una delicia para los sentidos. Haré lo posible por no entrar en detalles porno, porque si no un día de estos los chicos de Blogger le pondrán dos rombos al blog. Diré tan sólo que me tomé mi tiempo en desvelar su piel, disfrutando de ese momento pleno de deseo que precede al trabar de bocas y lenguas. El paso de los años nos había vuelto a los dos más sabios y esa sabiduría nos permitió demorar los pasos, desnudándonos como si estuviéramos desactivando bombas.

La brisa del mar llenaba el aire de sal, intensificando nuestra hambre. La tendí en uno gigantesco sofá blanco, descendiendo desde su barbilla hasta su ombligo mientras cartografiaba su cuerpo con mis manos. Sentí sus manos en mis hombros, en mi pelo. Y su deseo, empujándome hacia abajo mientras acomodaba sus muslos sobre mis hombros.

Y entonces, en mitad de la bruma de gemidos, vi cómo estiraba su brazo y tomaba el teléfono móvil. Sonreí estúpidamente. Sin anticipar lo que iba a hacer, sin reparar en los peligros de la tecnología. Y mientras ella volvía a mirarme, vi como manipulaba el teléfono, como para hacer una foto justo cuando mis dedos se colaban bajo la cinturilla de sus braguitas, para quitárselas al fin.
-Momento Polaroid, querida?
-Uf. Qué ganas tengo de que me comas el coño, contestó ella

Y aquello bastó. Fue un toque de arrebato para mi deseo y mi sangre disparatada. Como el pistoletazo de salida para un semental que lleva años entrenando para el Gran Prix. Follamos. Jodimos. Fornicamos. Sabíamos ya que las oportunidades de repetir aquello serían más bien escasas. Así que nos empeñamos en hacerlo legendario.

Más tarde, regresé al velero hecho trizas. Literalmente. Con la espalda surcada de arañazos y el labio hinchado por un mordisco suyo. Me sentía mucho más liviano, más relajado. Ahora sí que el estrés se había disipado. Veía de nuevo el mundo como lo veo siempre. Lleno de posibilidades. Supongo que es una cuestión de pesadez testicular. Si me pesan, me agobio. En cambio, librado de ese yugo, vuelvo a ser yo. Mmm... tengo que darle una pensada a esta teoría.

Un par de noches después acudimos a casa de Big Willie en Cala Benirrás. Había organizado una cena en el jardín, con el sol muriéndose al filo del mar, agonizando en un orgasmo de luz que sólo he visto en Ibiza. Había dispuesto antorchas a ambos lados del amplio sendero de grava que ascendía desde la entrada hasta la casa. Big Willie es único para este tipo de atrezzo.

La velada era más bien familiar, con numerosos niños correteando por el jardín y personas mayores sentadas al fresco de la incipiente noche. Supongo que celebraban algún evento, algún cumpleaños. Big Willie cuida mucho estas cosas aunque se trate de la familia de su mujer, porque la suya rara vez sale de Alemania, salvo para las sucesivas bodas que ha protagonizado el gigantesco doble de Will Smith. Yo ya le he conocido cuatro esposas. Lo suyo es el triunfo de la esperanza sobre la experiencia.

Una bandada de camareros uniformados de blanco nuclear sorteaba los grupos de personas que charlaban. Dos barras surtían de bebidas a cuantos tuvieran sed. Música chill out poblaba el aire. Muy agradable todo.

Nathalie charlaba animadamente con otras esposas mientras los hijos de todas hacían perrerías de todo tipo, pisoteando las jardineras de Big Willie, con la inmunidad que da la infancia. Ni siquiera vi acercarse a su marido. Sólo sentí su mano en mi hombro y su pesada voz saludándonos.
-Hola chavales. Lo pasáis bien?
Me abstuve de contestar que sí, que me lo había pasado de fábula. Pero con su mujer. Supongo que es mi lado cabroncete el que me hace pensar estas cosas. Qué culpa tendrá él de que yo sea como soy. Entretenido como estaba no le oí explicar que en unos minutos pondrían algunos vídeos de los críos haciendo el tonto en la playa, así que me vi arrastrado por sus manos hasta la sala de estar de la casa, donde una pantalla de 50 pulgadas presidía la estancia.

-Cariño, dijo el pollo, déjame tu móvil, que ayer grabé a los chicos y quiero enseñárselo a nuestro invitados. Sonreí yo, pensando en lo que ese mismo móvil había visto con anterioridad. Nathalie se acercó y le besó en la mejilla, depositando el teléfono en sus manos.

La gente se sentó en los sofás, tomando posiciones para aburrirse mortalmente con el típico vídeo de una manada de infantes correteando por las playas. Supongo que es el peaje a pagar en este tipo de situaciones.

La voz de Big Willie resonó a mis espalda:
-Veamos a esos pequeños cabroncetes en acción!
El uso de tacos le valió una mirada reprobadora de su actual esposa, que le palmeó el culo sin ningún disimulo. Su actual esposa está demasiado buena. Sí, recuerdo que pensé eso mientras el marido de Nathalie conectaba el móvil a la pantalla. Que la mujer de Big Willie estaba demasiado buena. Y tal vez por eso perdí la oportunidad para impedir la catástrofe.

Alguien apagó las luces, centrando la atención de todo el mundo en el pantallón. Al principio la imagen estaba completamente desenfocada, de modo que no había modo de discernir qué mostraría la pantalla. Salvo que alguien mirara a Nathalie. Su rostro de pavor decía a las claras que lo que seguiría no iban a ser sus hijos chapoteando. Y de pronto la imagen se aclaró y mostró un nitidísimo primer plano de mi cara, sonriendo, y a medida que transcurrían los segundos se veía como esa misma cara igual de sonriente descendía entre unos muslos. Unos pocos segundos más y se veía con una claridad cristalina cómo mis manos deslizaban unas bragas a través de esos tersos y bronceados muslos. Y sí, sonreía más. Mis palabras no habían quedado perfectamente registradas, de modo que aquel "Momento Polaroid, querida?" no se oyó con claridad.

Pero sí se oyó con perfecta nitidez la frase por la que Nathalie se habría ganado el Óscar a la mejor actriz principal:
-Uf. Qué ganas tengo de que me comas el coño.

No tuve tiempo ni de asumir lo que estaba ocurriendo. Sólo sentí una sombra abalanzándose sobre mi y dos puñetazos en rapidísima sucesión. Después descubrí que estaba sentado en el suelo, sangrando sobre la inmaculada camisa blanca. Se había armado un gran revuelo. Nathalie había salido corriendo, llorando. Las personas mayores se miraban entre ellas con expresión de haber visto al diablo. Y el marido de Nathalie era sujetado a duras penas por Big Willie, que me miraba con expresión de asombro.

Está claro que hay lecciones que uno no aprende hasta que las vive en primera persona. Y está claro que los Nokia boys hicieron un trabajo de fantasía con la cámara de vídeo del nokia n95. La hostia, qué resolución. Me dio hasta cosa verme en alta definición.

 
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