-Duncancito, no sabes lo que voy a follar hoy, dice ella, entre risas. Y Duncan, congelada la sonrisa en una espantosa mueca de humillación asintió, tragándose despacio los pedacitos rotos de su corazón de cavernícola. Pero corazón al fin y al cabo.
Duncan y su novia, a la que conocí en aquel viaje a Ibiza habían decidido que su relación iba a ser abierta. Bueno, en realidad lo había decidido ella, que era más joven y muchísimo más dueña de su sexualidad de lo que mi amigo sería nunca. Duncan se dejó llevar haciéndose el moderno. Cuando me lo contó hace un par de semanas me guardé mi opinión pero su cara de ahora mismo me dice que tal vez debí ponerle sobre aviso. Duncan está por domesticar, sí, pero no está preparado para según qué cosas. Supongo que se había convencido a si mismo de que una relación abierta aumentaría las posibilidades de montar un trío.
Ella, la novia, había reprimido un salto de alegría al leer un mensaje en su blackberry. Duncan, inocente él, le había preguntado de qué se trataba. Y ella, quizá también tan inocente como él, le había contestado con sinceridad. El neurocirujano del que te hablé, le contestó.
Y el neurocirujano del que le había hablado era, por lo que supe después, un semental. Y su novia, con la que había aceptado tener una relación abierta, se marchaba antes de que terminase el concierto para pasar la noche follando con él. Era esto de lo que quise avisarte, mi querido Duncan. Justo de esto. No estás preparado para algo así. Estaba claro que esta chavala terminaría laminándote el corazón.
Hace un rato Gordon Summers, también conocido como Sting, ha cantado aquello de i wont share you with another boy, entre arreglos sinfónicos de la Royal Philarmonic Orchestra y con una base de tango. Pero ni los arreglos sinfónicos ni el tempo de tango suavizaban el lamento del señor Summers: no te compartiré con ningún otro, decía. Algo así habría estaba gritando Duncan en su interior.
Y allí, en el patio de butacas del Palacio de los Deportes, cuando los aplausos se han extinguido y la mayor parte de la gente ha salido a la calle con los ojos brillantes, Duncan me había mirado con una lastimosa expresión de perro apaleado para decirme que tendríamos que disculparle, pero que prefería irse a casa.
Alicia, a la que yo había invitado al concierto, no sabía dónde meterse, plenamente consciente de estar siendo testigo de una de las peores humillaciones que un tipo podía echarse al coleto. Yo abracé a Duncan, sin saber muy bien qué decir. Y él, que se había enamorado de la mujer equivocada, reprimió una lágrima y se marchó, rechazando mis repetidas ofertas para que se quedara o me dejara acompañarle.
-Gracias, ha dicho, pero prefiero estar solo.
Ayudé a Alicia a vestirse el abrigo y salimos a la noche madrileña. Húmeda y ligeramente desagradable. Aún me zumbaba en los oídos el timbre roto de la voz de Duncan y su expresión de cachorro relegado a la perrera. La noche sería inmensamente más desagradable para él.
Alicia y yo habíamos mantenido una relación intermitente que se había truncado con mi mudanza a Chicago. Es psicóloga, compañera de trabajo de mi cuñada/psicóloga de cabecera. La conocí en la fiesta de fin de año que celebramos en Formigal hace ya un par de años. Y Alicia, por supuesto, no sabía nada de la relación abierta de Duncan y su novia, de modo que había asistido al drama como si estuviera viendo una peli checa en versión original, pero había tenido la suficiente delicadeza como para no decir nada. Supongo que cosas más raras habrá visto en su consulta. Habíamos planeado ir a mi casa a tomar una copa tras el concierto, pero tras lo ocurrido sentí que necesitaba echarme al hígado algo contundente de un modo inmediato, de modo que nos conducimos al Geographic Club, Alcalá abajo, donde con un Glenrothes en vena resumí someramente la situación a Alicia.
Lo ocurrido entraba en la categoría de Huracán Fuerza Seis. De esos que arrancan casas desde los cimientos y dejan a cientos de familias con lo puesto mientras sus posesiones quedan desperdigadas en varias hectáreas de campos de labranza de Kansas. Así debía sentirse Duncan. Sin saber cómo, se había enamorado de aquella chavala, residente de segundo año, a la que había conocido algunos meses atrás y con la que había empezado a salir con ciertas esperanzas.
Ahora los cristales rotos de esas esperanzas le interrumpían la respiración, clavándosele en las entrañas y haciéndole sangrar lenta y dolorosamente. Porque Duncan podrá ser un degenerado, pero yo nunca dije que no tuviera corazón. Y nadie se merece sentirse así nunca.
-Terrible, apostillé yo, tras un trago, finalizando el relato y sus antecedentes. Alicia me había mirado en silencio mientras yo hablaba. Resulta difícil imaginar algo igual de duro. Alicia asentía mientras alargaba su mano para mojarse los labios con su gin-tonic.
Yo me sentía dolorido por dentro, de modo que no podía ni imaginarme el dolor que sentiría Duncan. Me habría gustado poder decir que la chavala era una verdadera zorra, pero lo cierto es que Duncan había aceptado esas reglas, de modo que nada había que reprochar. Empero, estaba claro que la ausencia de culpables no haría que a Duncan le doliera menos imaginarse a la mujer de la que se estaba enamorando siendo taladrada por un neurocirujano con trazas de semental.
I wont share you with another boy, repetí, casi maquinalmente. Y tal vez por cariño a Duncan, retorcí mis propios argumentos para soltar un el que a hierro mata, a hierro muere. Ya le darán lo suyo alguna vez. El cosmos tiene su propio karma o alguna estupidez por el estilo.
Y Alicia se removió en el asiento, como si repentinamente la butaca se hubiera vuelto insoportablemente incómoda. La miré, a punto de esgrimir una excusa y resuelto a abandonar el tema cuando ella habló.
-Sé exactamente cómo se siente tu amigo.
Y yo me quedé mirándola con expresión de incredulidad. Cómo iba a saber esta vikinga lo que era ser humillado así? A mi la última que alguien me hizo algo así fue en el instituto. En su caso tal vez habría que remontarse al jardín de infancia.
-Dudo mucho que nadie prefiera a otra en lugar de a ti, querida, lancé al aire, casi sin meditarlo, inútil galantería de guardia. Y por la expresión de su cara supe de inmediato que acababa de meter la pata hasta la altura de mis pelotas.
-Tú deberías saberlo mejor que nadie, querido. Y en ese postrer 'querido' se adivinaba tanta amargura y resentimiento que durante un segundo olvidé el drama de Duncan y me puse en guardia para lidiar con el que amenazaba con caer sobre mi, cual avalancha.
-Yo, querida?
-Sí, Hugo, tú. Llevas haciéndolo conmigo desde que nos conocemos. Lo de preferir a otras.
Zas. La jodimos, muchacho. No sólo Duncan pasará la noche penando. A ti te van a dar un repaso así que agárrate y procura que no te queden heridas permanentes. A nuestro alrededor la muchedumbre disfrazada de Halloween parecía celebrar mi resbalón. Supongo que ésta era mi propia representación del Tenorio, actualizado a los tiempos. Con Alicia como doña Inés y Sting como el Comendador. Duncan, claro, sería Ciutti.
-Pero, pero.... arguí, dando metafóricos pasos atrás en la contienda.
-Nos conocemos desde hace ya mucho y sólo nos hemos visto cuando a ti te venía bien. Cuando no tenías un viaje, te mudabas o habías quedado, o estabas con la moto o se te había muerto el perro.
La mención a la muerte de mi perro me tocó sinceramente las pelotas. Hay cosas con las que yo no bromeo. Bolf es una de ellas. Pero a ella le importaban tres cojones que a mi se me diera un ardite y prosiguió con el repasito. Supongo que se le habían ido amontonando los reproches y que en algún momento tenía que salir por algún lado. Espero que no trate así a sus pacientes, el índice de suicidios se le iba a a disparar en un santiamén. Joder con Doña Inés.
-Vives en un mundo que te construiste a tu medida, sin asumir ninguna responsabilidad. Sin lazos con nadie. Sin que realmente te importe nadie más que tú. Sin que nada te toque de verdad. Eres el tipo que nunca está pero que siempre termina reapareciendo. Y no me entiendas mal, eres muy agradable y es cierto que nunca me has dado motivos para creer que había algo más de lo que realmente ha habido, pero esto no es sano. Ni para ti, aunque no lo sepas, ni para mi.
Y entonces se levantó. Acarició mi mejilla con su mano, mirándome como miran los adultos a los críos, casi disculpándolos por su ausencia de malicia, y clavó el último clavo del ataúd de nuestra relación.
-Sinceramente, no necesito un tipo como tú en mi vida.
Y se dio media vuelta, siendo engullida de inmediato por el ir y venir de gente en el club.
Coño, pensé, con la copa en la mano, como la canción aquella de La Mandrágora, me quedé como un gilipollas, madre.
Terminé la copa, meditando sobre lo que Alicia acababa de soltarme y concluí que probablemente era cierto que no necesitaba un tipo como yo en su vida. Y en un alarde de ego herido, añadí que tías como ellas las había a montones. Si le pegaba una patada a la butaca vacía que tenía en frente aparecerían seis o siete, en tanga y pidiendo guerra.
Pero en lugar de liarme a patadas con el mobiliario para demostrar mi teoría salí a la calle y caminé hasta enfilar Conde de Peñalver. Llovía. Y lo hacía con esa rabia urbana con la que llueve en Madrid, sin un miserable taxi a mano, con las aceras sudando agua.
Llovía porque estaba claro que los dioses habían escrito el guión de esa noche mucho antes de que yo la concibiera como posibilidad. Probablemente mucho antes de que conociera a Alicia. Llovía porque la novia de Duncan se estaba zumbando a un neurocirujano y porque a mi Alicia me había dejado claro que la había tratado como un cabrón. Y probablemente llovía por todas las veces que he hecho lo mismo con otras mujeres. Je... iba a estar lloviendo un buen rato. Llovía porque el Comendador malamente iba a aparecer revivido desde la tumba y la noche necesitaba un telón trágico. Algo verdaderamente escénico.
Metí las manos en los bolsillos y me puse a caminar. Probablemente Alicia tuviera razón. Nadie necesita un tipo como yo en su vida. Pero hay mucha gente que confunde sus deseos con sus necesidades. De modo que, qué coño, tan culpable no seré. Total, seré un cabrón, pero se me ve a la legua.
Desde la princesa altiva
a la que pesca en ruin barca,
no hay hembra a quien no suscriba,
y cualquier empresa abarca
si en oro o valor estriba.
Búsquenle los reñidores;
cérquenle los jugadores;
quien se precie que le ataje,
a ver si hay quien le aventaje
en juego, en lid o en amores.
[...]
Por donde quiera que fui,
la razón atropellé
la virtud escarnecí,
a la justicia burlé
y a las mujeres vendí.
Yo a las cabañas bajé,
yo a los palacios subí,
yo los claustros escalé
y en todas partes dejé
memoria amarga de mí.
Doña Inés, Comendador, quien se precie, que me ataje. Mientras tanto, queridos, que os den.
