FEA (pero te quiero)

15:26 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (5)

Si mi abuela me escuchara versionar el Fea de Fernando Álvarez al piano probablemente le daría un vahído. Años de conservatorio para esto. Pero yo tengo estas cosas. Es sentarme ante un piano e invariablemente me da por Send in the Clowns o Fea. Y hoy me dio por Fea. Afortunadamente, porque de haber obligado a este piano a mostrarme su cara más clásica probablemente nunca habría conocido a Susana. Y no la habría escuchado decir eso de "Era tan fea que en lugar de menstruación tenía monstruación".

La primera vez que escuché el tema fue en Salamanca. Fue en un on route histórico en el que terminé irrumpiendo en la habitación de un chica que vivía en una residencia para hijos de militares con los bolsillos llenos de condones de diferentes sabores al grito de A follar, ar! y golpeando mis tacones de modo marcial. Pero antes de eso, descubrí este gran tema que ahora me asalta cada vez que pulso las llaves de un piano. Me cautiva ese tempo de blues. Pero sobre todo, me gusta su mensaje.

Era tan fea que al nacer el médico dijo: si vuela, es un murciélago.

Hoy, sentado al piano en casa de una tía que no conozco de nada, rodeado de una muchedumbre que no conozco de nada, en una fiesta a la que realmente nadie me ha invitado, me ha dado por ahí. Supongo que he llegado temprano, pero Miguel, al que recordarás como Príapo, no debería retrasarse. Al fin y al cabo, esta fiesta es cosa suya: algo relacionado con la inauguración de la casa de una amiga. Yo sólo soy un invitado sorpresa. El tipo que me ha abierto la puerta no me ha preguntado quien era, asumiendo que conocería al alguien. Pero como Miguel no ha llegado aún, en realidad no conozco a nadie. Vagabundeo y saludo con ligereza a un par de tías que no están lo suficientemente buenas hasta que descubro el piano. Miguel sigue sin aparecer. Así que me armo con un buen Johnnie y levanto la tapa. Pulso una escala sencilla. Bien. No está completamente afinado, pero tampoco es que maúlle.

Y antes de darme cuenta, ya estoy desgranando las primeras notas. Tampoco es que suela hacerlo. Lo de invadir pianos ajenos. Pero hoy me ha dado por aquí. Tal vez debería haberle pedido permiso a la dueña, pero a saber quién coño es. Igual es tan fea como la de la canción. Era tan fea que su madre no la daba de comer porque sólo la quería como amiga. Y esta noche no tengo espíritu para tratar con bat factors.

Y en mitad del segundo estribillo, Susana, a la que en aquel momento aún no conocía, se sienta en la banqueta y deja su copa de vino sobre la tapa del piano y sonriendo pronuncia sus primeras palabras: "Era tan fea que en lugar de menstruación tenía monstruación". Ambos nos reímos, identificándonos de inmediato como espíritus afines.

Supongo que Miguel debió hacer acto de presencia en algún momento entre el quinto o sexto bis. Pero para aquel entonces yo ya tenía los dedos calientes. Y alguna que otra cosa más. No es buena idea darle palmas a un pianista. Terminará tocando todo su repertorio. Y a veces un tipo al piano puede ser una pesadilla. Pero Susana no sólo daba palmas. También hacía de Alfredo en el tema, salpicando mi ejercicio con sentencias sobre lo fea que era la jaca aquella de Fer. Era tan fea que cuando envió su foto por email, lo detectó el antivirus.

-Promoción del 98. De la Pontificia. Y tú?

Tomo el cigarro que me enciende y doy una calada mirándola.

-El que estudió allí fue un colega. Yo sólo iba a las fiestas.

Ella se ríe y se enciende otro cigarro. Éste para ella.

-Entonces supongo que pasarías mucho tiempo allí.

-No te haces una idea cabal, querida.

Era tan fea que en los bares le pedían la huella digital porque no sabían si era humana o animal.

-Tienes pinta de médico, dice ella.

-Bueno, podría decirse que soy un ginecólogo amateur.

Ella se ríe y sacude su brillante melena. Su pelo cae en cascada sobre sus hombros y cuando lo recoge entre sus manos, sus pechos se tensan bajo la camiseta de tirantes. Definitivamente, mi abuela sabía lo que hacía cuando me obligó a estudiar piano. O más bien, no tenía ni idea. En cualquier caso, bendita sea.

-A qué te dedicas?, inquiere ella. En estos actos sociales suele ser muy socorrido hablar de a qué se dedica cada cual. Si tuviera el ánimo más sandunguero le diría que trabajo en el departamento de control de calidad de Johnson & Johnson. Sí, el que se encarga de probar uno a uno los termómetros rectales. Yo soy, le diría, el que se encarga de insertárselos a los probadores. Pero como me he tirado toda la tarde rodando con la moto, tengo mi lado salvaje algo apaciguado, así que le digo la verdad.

-Yo vendo humo, querida.

-Sí, también tienes pinta de eso, ríe ella.

Ella, en cambio, no tiene ningún signo aparente que la relacione con su trabajo. Aunque de haber habido alguno, tampoco habría sabido interpretarlo ni reconocerlo. Ella es una commodity broker. Es una de esas personas que colocan bienes en los mercados, moviendo algodón de Amsterdam a Kansas, café desde Colombia a Rusia y calamares desde el Mar del Norte a las lonjas de Australia. Su nivel de millas aéreas/año rivaliza con la media de mis mejores tiempos.

Mientras ella me lo cuenta, y está un buen rato hablando, improviso alternando notas en E y C, pulsando negras, haciendo más grave la melodía, arpegiando el acorde mientras acometo de nuevo la primera estrofa, con un walkin sincopado poco elaborado, pero muy de blues. Lo de los matojos es una guarrada de cojones, pero me cuesta contener las carcajadas. El tipo que lo escribió es un puto genio.

-Todo un virtuoso, dice ella, trayendo nuevas copas.

Sonrío y complico un poco más el arpegio, modificando el walking, dejándolo vagar sobre la melodía. alterando un poquito su tonalidad, violándola de algún modo, pero haciéndole un bello hijo, sin duda. Como hacía Dumas con la historia.

-No, querida. Lo mío no es precisamente la virtud, sonrío, haciendo vibrar la escala con una tercera de intervalo mayor arriba sobre un do mayor séptima. Y al pasar al si bemol, a tercera mayor arriba de re. Truquitos de perro viejo jugando con la tonalidad. Escalas de blues de la y de mi. Nada especialmente complicado, sin duda. Pero muy sólido. Estas escalas han versionado ya muchos temas en otros tantos pianos, querida.

Dejo momentáneamente de tocar para dar un trago.

-Quizá debería haberle pedido permiso a la dueña. Ni siquiera sé quién es.

Ella se ríe echando la cabeza hacia atrás.

-Un poquito tarde para eso, no?

-Nunca es tarde si la picha es buena, querida.

Ella se ríe más.

-Bueno, si la picha es realmente buena, permiso concedido entonces, querido.

Me río, felicitándola por la compra de la casa y tranquilizándola:

-La picha es de primera, querida.

Ella lo agradece lo primero con modestia cortés y con una carcajada lo segundo. Resulta curioso que las tías con las que trato terminan adoptando mis usos y llamándome ‘querido’ con una naturalidad sorprendente. Nos levantamos, porque ella quiere abrir uno de los balcones de la amplia sala de estar. Para que se ventile, que esto empieza a estar cargado.

-Entonces también tocas, afirmo más que pregunto.

-No, no.... yo no sé nada de piano.

Una pequeña alarma se enciende en alguna remota parte de mi cerebro. Marido? novio? mascota? una segunda personalidad psicótica que le ha pasado inadvertida hasta ese momento? La lista de posibilidades es infinita. Y en ocasiones, terrorífica.

Susana advierte ese relámpago de incertidumbre en mis ojos y sonríe. Disfruta alargando la duda y cambia de tema, regresando a Salamanca.

-Un pequeño paraíso, verdad?

Desde su ventana hay una preciosa vista de San Francisco el Grande. Imagino que una casa con estas vistas le habrá costado una pasta.

-Sí, todo un jardín de las delicias, concedo. Las tías con buen gusto a la hora de comprar casas suelen tener también buen gusto para la ropa interior. Y una mujer que cuida su ropa interior es una mujer que sabe lo que le gusta.

Entra un aire frío por la ventana abierta, disipando la bruma de tabaco y gentío de la sala de estar. Ese mismo aire frío contribuye a disipar la imagen de Susana en plan angelito de Victoria's Secret que ya se estaba materializando en mi cabeza. Hablamos con calma, proporcionándonos las coordenadas sociales suficientes como para saber con quién estamos tratando. El juego de siempre. Ventilamos un par de copas y otros tantos cigarros. Me habla de unos cuadros que aún tiene que colgar. Le recomiendo un sitio donde podrá encontrar marcos verdaderamente buenos a un precio razonable. Comentamos el drama de las plazas de garaje en Madrid. Sobrevolamos la actualidad económica y lo cerca que estamos del iceberg final. Y cuando me quiero dar cuenta descubro que han pasado un par de horas y que ya no hay tanta gente como antes. Miguel se acerca acompañado de una tía que me suena vagamente pero que no consigo ubicar.

-Veo que ya has conocido a Susana.

Miguel sí estudió en Salamanca. Probablemente se zumbaría a Susana entonces. Qué calladito se lo tenía. Aunque supongo que tampoco estaba obligado a darme el parte. Hoy, por ejemplo, se va a zumbar a esta otra morenita que no consigo ubicar del todo. No es mala elección, pero Susana tiene muchos más atractivos.

Susana le abraza, despidiéndole y agradeciéndole su presencia en la fiesta de inauguración. Poco a poco todo el mundo se va y Susana cierra la ventana que abrimos hace ya un buen rato.

-Creo que ya se ha ventilado bastante, dice, encaminándose al improvisado mueble bar y sacando dos vasos anchos y regresando al piano para servir dos Johnnies con hielo sobre la tapa.

Yo meto las manos en los bolsillos y me apoyo en el quicio de la ventana, observándola evolucionar. Jesús bendito. Está tremenda, pienso sin poder evitarlo. Ella desvela que el piano era de su padre, una herencia, y levanta una copa en mi dirección invitándome a tomarla. Y yo me tomo la invitación por lo general. Así que me acerco y retiro la copa de su mano, dejándola sobre el piano mientras deslizo una mano por su cadera, despacio, acercando mi boca a la suya, decidido a que sea ella la que recorra ese último centímetro. Esboza una sonrisa y me besa.

Era tan fea que cuando nació la metieron en una incubadora con cristales tintados.

Fer, querido, nunca lo sabrás, pero los polvos de esta noche te los dedico. A ti, y a esa horrenda novia tuya.

EL CHAROLÉS DE WILBER

17:34 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (2)

-Es perfecto, dice Kevin. Yo le miro preguntándome si es cosa del jet lag. Duncan, a su bola, se queja de que los gruesos muros de El Charolés perturban la cobertura de su móvil. Coño, chato, que llevas cinco años viviendo en una casa en El Escorial con el mismo tipo de muros, ya deberías estar prevenido sobre los efectos de los muros de metro y medio sobre la cobertura 3g. Lo que posees, acaba poseyéndote, querido, que pareces nuevo.
-Es perfecto, lo explica todo, insiste Kelvin con entusiasmo. Deberíamos trascender todos el ego, la mente. Deberíamos evolucionar. Deberíamos todos leer más a Ken Wilber.
Claro, eso mismo, me abstengo de contestar. Y todos deberíamos follar más. Empezando por ti, querido Kev. Y siguiendo por Wilber.

Nuestra conversación se desarrolla medio en inglés medio en castellano porque a Kevin la lengua de Cervantes aún se le resiste. El camarero que nos atiende sirve mesas en El Charolés desde que yo tengo memoria y le cuesta esconder una sonrisa de medio lado al escuchar la perorata pseudo-zen de este oso canadiense que responde al nombre de Kevin. Empezó nada más sentarnos y ha durado todo el primer plato y la primera copa de vino. Estamos de celebración. Bueno, yo sí. Duncan y él, menos. Pero eso no viene al caso. Yo casi siempre estoy celebrando cosas como que aún sigo vivo. En este caso lo que celebro es que sigo coleando. Porque Alicia, la del “no necesito un tipo como yo en mi vida” descubrió hace poco que efectivamente no me necesitaba, pero que no le venía tan a trasmano hacerme un hueco en su cama. Y así, el recuerdo de aquella terrible y lluviosa noche de difuntos se ha tornado en evento feliz y memorable.

Les propuse celebrar la comida en El Charolés por muchos motivos, pero sobre todo, por el charolés de buey, así que por nada del mundo estoy dispuesto a que nada ensombrezca el disfrute de semejante trozo de carne. Por cierto, resulta muy satisfactorio poder decir algo así sin que parezca que hablo de una polla enorme. Otro gallo me cantaría de ser mujer.

-La mente es dual, dice Kev, y nos ha encerrado en esa trampa de lo dual sin permitirnos tomar consciencia de que todo es un uno, armónico, universal y solidario. A mi se me ocurre que esa sería una buena forma de entrar a una tía new age, proponiéndole ser uno con el universo, en comunión con la carne, pero poco más. No tengo la cosa espiritual muy subida últimamente. Y últimamente significa en los últimos 35 años. Pero no me extraña que a Kev le hayan enganchado con estas cosas.

-Dime, querido, a ti esto te funciona?
-Claro
-Ah...ya. Trasciendes, no? Te notas más evolucionado, es eso?
-Bueno, no siempre. Eso no funciona así. Ya me gustaría a mi.
Sonrío por toda respuesta, callándome una pulla y él continúa a lo suyo.
-La mente nos alejó de dios, haciéndonos creer que se trataba de un creador omnipotente, pero en realidad todos nosotros somos dios. Si fuésemos capaces de tomar conciencia de nuestro potencial, trascendiendo esa mente dual traicionera, yendo más allá, comprenderíamos que no hay bien ni mal, ni belleza ni fealdad. Todo forma parte de un todo armónico.
-Coño, si no va a haber tías buenas, casi que prefiero no trascender.

Y las tías que están en la mesa de al lado y que, naturalmente, han escuchado nuestra conversación, se descojonan. A estas alturas todo aquel con oídos para oír y en situación de escuchar nuestro debate filosófico de medio pelo se lo está pasando bomba. Cuando tengo el día tonto me pasan estas cosas, se me afina el lado cómico. Y si estoy cachondón, más aún. Y si, encima, hay tías buenas cerca, es mucho peor aún. Es como que me motivara más.

-No, no es eso, Hugo. No es que no haya tías buenas: es como si… convivieran armónicamente con las feas. Como si los contornos se difuminaran.
-Querido, eso ya está inventado: es el bat factor y es más viejo que Show de Bill Cosby. En cuanto a lo de los contornos borrosos, depende del nivel de Johnnie en sangre, pero sí, que levante la mano el que no se haya tirado a ninguna cabra.
-No me seas cabezón, replica Kevin y lo dice en inglés pigheaded, visiblemente molesto por mi tono de chirigota mientras las chavalas ahogan las risas. Las miro de hito en hito. Esta faena va por vosotras, chatas.
-Qué esperabas, querido? Alguien con doble personalidad no se va a oponer así como así a la supuesta falacia de la dualidad de la mente. Por supuesto que somos dos: uno malo y otro peor. Y sí, nos llevamos de puta madre.
-No, no…. Trascender va mucho más allá de eso. Es llegar al observador que hay tras la mente. Superar esa trampa. Contemplar el mundo tal y como es, sin pesares ni insatisfacciones.
-Mira, eso ya me va sonando mejor. Porque la vecina del tercero me cae bastante gorda y ya iba siendo hora de que el universo tomara cartas en el asunto. Además, lo de mi espalda también estaría bien que se solucionara.
-Puedes burlarte cuanto quieras, pero en el corazón del hombre anida un deseo insatisfecho. Ya lo dijo Platón. El Mito. La Caverna.
A la mención de Platón Duncan se despereza.
-Mira, en eso Platón no andaba desencaminado. A quién cojones se le ocurriría construir casas con estos muros, coño. Ni que ahí fuera hubiera un holocausto termonuclear para andar viviendo como topos.

Duncan está nerviosito porque desde que dejó a su novia liberal –la que abandonó el concierto de Sting para darse un meneo con el neurocirujano semental- ha reactivado su chorvagenda y espera un correo de una gachí. Sí, el consejo de reactivar la chorvagenda es del menda, previo paso por un club de striptease, claro. Marca de la casa. Y sí, mano de santo. Ni rastro de aquellas emociones encontradas. Vuelve a ser el troglodita de siempre. Lo sé, mi amistad no tiene precio. Aunque el club de striptease me costó una pasta.

-Platón ya nos puso sobre la pista. Kant habló de lo mismo. Wilber no ha hecho más que juntar las piezas del puzzle e integrarlo todo en una teoría holística que aporta respuestas a todas las preguntas.
-Eso también está inventado, querido. Se llama cinta americana. Y si con cinta americana no se arregla, es que has puesto poca. Segis dixit.

La carcajada de las chavalas sobresalta al camarero. El chiste es viejo, pero compruebo complacido que sigue teniendo su público. Aunque también ayuda el hecho de que sea yo quien lo utilice, claro. Tengo mis momentos. Cierta vis cómica, supongo. Y supongo que hoy el amigo Kev está vacunado, porque el tío sigue erre que erre.

-Nuestra insatisfacción nace de algo que sabemos pero nuestra mente niega. Nos sentimos permanentemente insatisfechos, eso está claro.
-Bueno, sí, a mi me gustaría follar más, pero es porque soy muy sexual.

La carcajada de Duncan me sobresalta a mi. Kevin permanece incólume. Me pregunto de qué se reirá Duncan, pero no me da tiempo a indagar, porque Kevin vuelve al ataque. Qué tendrá de gracioso que yo reconozca ser un tío sexual? No es como si estuviera diciendo que tengo almorranas o un tercer pezón.

-Si trascendiéramos, esa insatisfacción, esa sensación de ausencia, de falta, desaparecería. Contemplaríamos el mecanismo completo del universo, entendiéndolo. Todo sería amor.
-Mira, tu idea mola, pero te patina el marketing, hazme caso, que de eso sé un rato. Cambia ese rollo del amor cósmico por algo más parecido a sexo salvaje y me bautizo a la voz de ya.

Las chavalas de la mesa de al lado vuelven a reír. Juraría que alguna hasta me pone ojitos y asiente. Sí, ella también se bautizaría.

-Bautizarte? Esto no es una religión, la religión es otra trampa de la mente. Nosotros somos dios.
-Tronco, qué lío, aporta Duncan.
-Cristo lo dijo muy clarito: Ahora me voy porque voy al Padre.

Un silencio tremebundo se apodera de nuestra mesa y, por extensión, de las restantes mesas, que esperan con cierta incertidumbre la continuación del sainete pseudo-filosófico que les estamos brindando.

Ahora es mi carcajada la que sobresalta a los demás.
-Clarísimo, acierto a decir entre lágrimas de pura risa. Si lo llega a decir más claro, revienta.
-Se va al Padre porque él es el Padre! Kevin ya se siente incómodo, pero a estas alturas ya debería saber que no suele compensar darme palmas porque me arranco por peteneras con facilidad.

Sólo le salva el hecho de que mi charolés se materializa en la mesa y me veo obligado a enjugar mis lágrimas con un pañuelo para poder ver bien y no cortarme un dedo con el cuchillo. Así que me ahorro el resto de mofas y befas y Kevin obtiene un momentáneo respiro. De no ser canadiense, habría decidido abandonar el tema y darlo por terminado. Pero como es canadiense, es incapaz de dejarlo ir. Así que tras un par de bocados y otro par de sorbos de vino, regresa a la carga.

Kevin está pasando una temporada en España. Los dos pertenecemos a esa generación de tíos que crecieron sin un propósito moral. Fuimos educados en la competencia más voraz y destructiva. Y mientras a él le dio por buscar explicaciones a los grandes por qués, a mi me dio por intentar practicar sexo con al menos una mujer de cada país del mundo. A él aún le faltan respuestas. A mi aún me faltan países. Pero diría que yo estoy más cerca de lograr el objetivo.

Su inquietud espiritual le ha llevado siempre a pensar que hay más planos de existencia de los que somos capaces de ver. Dice que están ahí. Que afectan a nuestra vida, como magnéticas esferas celestes. Y después de haber sufrido cierto grado de exposición a Wilber porque está liado con una tía que le va ese rollo, le ha dado por este pseudo new age del que ahora trata de convencernos.

Duncan suelta un grito de satisfacción. Algo salvaje, como de animal primitivo que ha logrado apresar a su cena. La chavala ha contestado a su propuesta. Ya tiene plan para esta noche. Con suerte igual saca de paseo al calvo. Me siento como papa águila viendo a sus aguiluchos estirar las alas y volar lejos del nido en la cumbre. Si Kevin estuviera en lo cierto, en ese nuevo mundo trascendido no habría espacio para personajes como Duncan o como yo mismo. Nuestros egos, entendidos como nuestro yo, nuestro super yo y nuestro yo mismo con mi mecanismo, quedarían disueltos, aniquilados, suprimidos. Seríamos el observador que hay detrás de nuestras mentes. Y dudo mucho que ese tipo folle más que yo. Él, supongo, será un tipo reflexivo. Yo pienso poco. Y cuando lo hago, la cago. De ahí que se me dé mejor pensar con mi pequeño gran amigo. Ese rara vez falla.

Y mi pequeño gran amigo me insiste en que las chavalas de la mesa de al lado se merecen algo más de nuestra atención. De la mía, pero sobre todo de la suya, que para eso es el autor intelectual.

-Al trascender, entendemos el tiempo, su transcurrir, lento y elemental. El pasado y el futuro. El todo.
-Ah, bueno, el futuro también lo veo yo, sobre todo a corto plazo.
Kevin me mira atónito. Duncan ya me ha visto el numerito antes, así que apenas esboza una sonrisa. Deslizo mi silla por el pavimento, acercándome a la mesa en la que las chavalas disfrutan ya de su postre, y mirando a Kevin, culmino mi performance:
- Ahora mismo, por ejemplo, preveo que vamos a llevarnos a esas chavalas a tomar un cafetito a Babel. Soy bueno, eh?

Las chavalas en cuestión, nos dicen sentados ya en el Babel, están de seminario en San Lorenzo. Una de ellas es ponente en la jornada. Las otras han venido para disfrutar del aire de la Sierra. Y tres de las cuatro están bastante buenas.

A la menos agraciada se le antoja aguijonear a Kevin para que continúe hablando de Wilber, la trascendencia y ese mundo feliz sin extremos en los que todo se confunde. Tanto mejor. Así puedo centrarme en otros menesteres. Como afilar mi estos últimos tiempos romo filo. Sí. Lo reconozco. Es posible que estos meses tras el regreso a la piel de toro haya estado algo desatado. Algo menos.... cuidadoso. Solía serlo. Solía disfrutar el proceso. Se me daba bien, además. Bastante bien. Supongo que me dejé arrastrar por el lado oscuro, mi síndrome Tyson. Porque cuando tienes un historial como el mío, tu reputación te precede. Y eso puede facilitar las cosas, sin duda, pero también oxidarte. Restarte. Y no se aplaude a un tenor por aclararse la garganta. No es que no lo supiera, es sólo que se me olvidó.

Y Alicia, con su "no necesito un tipo como tú en mi vida" se encargó de recordármelo. Con toda la crudeza que pudo. Aunque esa misma crudeza la condenó. Y por eso una semana después se sentó en mi sofá y se dejó llevar. Sí. No necesitaba un tipo como yo en su vida, pero aún así, me hizo un hueco. Uno entre sus muslos. Por eso hoy decidí subir a El Charolés. Este es el lugar de las grandes celebraciones. Y hoy celebramos que el nene is back in business. Tougher than ever. Coño, tenía que haberle preguntado a Alicia qué piensa ella de Wilber. Je, lo de esa última noche sí que fue trascender. Ni ego ni observador ni hostias. Unos señores polvos.

Debo haberme quedado embobado hablando conmigo mismo, porque Sonia, una de las chavalas con las que estamos tomando el cafetito me toca la mano.
-Hola, dice, con una de esas sonrisas que iluminan bares. ¿Dónde estabas?, pregunta, como una gata.
-Perdona, chata, es que estaba trascendiendo, reacciono.

Kevin ya hasta se ríe. Sonia también. Hay algo en esa risa que suena a promesa. Es una de esas risas en las que ella aún no sabe lo cerca que está de tener el mejor sexo de su vida, aunque algo empieza a intuir. Lo sé porque Tyler lo sabe.

La penumbra del local y lo pronto que anochece aquí ayuda a que ella se desplace con disimulo por el asiento que compartimos, acercándose hasta que puedo respirarla.
-Y qué tal te fue allá arriba? Había o no tías buenas?, pregunta deslizando las palabras sobre una capa de voz teñida de juego.
-Bueno, yo diría que a corto plazo al menos hay una. Del resto ya iremos hablando.

 
Elegant de BlogMundi