CANT KICK THE HABIT

3:22 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (2)

La delicadeza del momento no me impide advertir la turgencia de sus senos bajo la blusa. Estamos a cinco minutos de cerrar un acuerdo para refinanciar un porrón de millones y no puedo dejar de pensar en la curva de sus pechos, perdiéndose bajo los pliegues de su blusa. Decido que es un Valentino. Y que sus pechos son como cabritillas. Y que la parte IV no contempla del todo bien lo de la recompra de bonos, así que habrá que darle una vuelta, pero eso son asuntos menores ante la envergadura (la mía y la suya) de la gachí.

Porque hay cosas que nunca cambian. Y ya hablemos en euros, en dólares o, llegado el caso, en rublos, esto siempre va de lo mismo. En lugar de pensar en derechos de adquisición preferente pienso en morderle los pezones. Cuestión consuetudinaria, que diría un clásico.

Ella examina el contenido del portafolio donde ha ido tomando notas. Su jefe y el mío se enfrascan en un apasionante debate sobre cuánto tardará la Administración Obama en digerir General Motors mientras sus miradas dicen lo a gusto que se quedarían si pudieran clavarle un puñal al otro justo en mitad de la espalda.

Yo la miro a ella y pienso que también me quedaría bastante a gusto de poder clavarle algo, aunque no pienso precisamente en puñales. Ella termina de repasar sus notas. Así que es de esas: de las que hacen listas y repasan el check up una y otra vez para no dejarse nada por el camino. Por la mañana: ducharme, desayunar, no olvidar ponerme las bragas. A mediodía: comer, lavarme los dientes, respirar. Y así sucesivamente.

A ella se le escapa un suspiro y al levantar la vista me ve sonriendo. Querida, sólo te falta asomar la punta de la lengua entre los labios y serás la perfecta colegiala aplicada que suspira satisfecha tras terminar el examen. Pero ella, ajena a mis pajas mentales, continúa repasando su lista: apalancamiento, ratio sobre ebitda, prolongación de deuda, etc. A ver, a ver.... que no se me pase nada, parece estar pensando.

Ah.... es que cada vez son más jóvenes.

Aliso la corbata sobre mi vientre, dejando que mi mirada vague por su perfil en escorzo y decido que me la voy a tirar. Es probable que si mi jefe supiera que estoy planeando tirarme a la strategic advisor de la otra parte mi despido sería fulminante e inmediato. Pero yo soy así. Esta es una de esas firmas en las que llevo meses trabajando. Y, llegado el momento de la verdad, sólo puedo pensar en follar. Otros prefieren las stock options, pero es que a mi las opciones a futuro me ponen más bien poco. Soy más de polvete en la mano que orgía volando.

El ventanal a espaldas de la gachí muestra el increíble skyline de esta ciudad que tanto he amado. Atardece con suavidad. Fuera hará calor. Un calor del demonio, pero en cuanto el sol deje de atizar sus rayos con tanta furia, una suave brisa se colará por las calles. Nuestros jefes continúan parloteando. La cinta de la CNN apunta las primeras reacciones. Los chinos compran Hummer. Je... tiene gracia. Con lo canijos que son los chinos -excepción hecha de Yao Ming, claro- y van y compran al fabricante de los hmmwv's. Con dos cojones.

El leve carraspeo de la chavala me hace saber que ha terminado con su revisión. Debe tenerlo todo claro, porque mira a su alrededor como si no entendiera nada. Nuestros jefes parlotean aún. Lo harán durante diez minutos más, fingiendo que ninguno de los dos le da verdadera importancia al acuerdo de hoy. Claro, como si tal cosa. Ahí fuera la gente está sin qué llevarse a la boca y a ellos les importa poco refinanciar 692 millones. Claro que, quién soy yo para juzgarles. Yo estoy pensando en tirarme a la rubia de la blusa entreabierta y no en el agujero de las subprime.

Ah.... qué curiosa paradoja. Yo también pretendo no estar realmente involucrado en la firma de hoy, aunque no finjo interés por el handicap del que tengo enfrente. Básicamente porque enfrente no tengo a Jack Nicklaus, sino a una strategic advisor bastante maciza.

Y entonces tengo una revelación, como Julius en Pulp Fiction. Un raro momento de claridad entre borrachera y borrachera. Dejo que la idea tome cuerpo antes de considerarla realmente. Ah... ahí viene: utilizo el sexo como vía de escape. Y de tanto hacerlo, se ha convertido en un hábito. Uno de esos que definen el carácter. Una de esas cosas que justifican todas las demás: la crisis, el riesgo, los abandonos, la crueldad.

Y ella, que sonríe cortés, no sabe lo cerca que está de tener el polvo de su vida. Sí, porque tiene pinta de que nunca haber follado hasta rasgar las sábanas, sudando hasta deshidratarse. Mi psicóloga de cabecera dice que debería darle al menos una oportunidad a las mujeres que me tiro. Que debería esperar un par de días, salir por ahí, cenar, conocerlas. Y después decidir si me compensa tirármelas. Me pregunto cómo es posible que a estas alturas de la película aún no haya entendido que a mi me gustan todas las tías y que la que no me gusta tiene un serio problema.

La cinta roja de la CNN, vomitando más datos desde el callado monitor, me saca de mi ensoñación. El cierre en NY podría haber sido peor. En nuestro caso, tenemos unos días de control, pero está claro que nos va a ir de puta madre. Y mi jefe, que lo sabe mejor que nadie, ultima la conversación intrascendente con su opuesto, que también tiene clara la obscena cantidad de pasta y poder que ha ido a parar a su bolsillo. Y yo miro a la rubia a los ojos, preguntándome si debería darle una oportunidad, mientras tarareo un estrillo de Chris Barron: I can sing, but I can't sigh. I can barely breathe the air I need to justify why I sink so low to get so high.
I can't kick the habit.

EL FOLLAFEAS

20:43 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (3)

Hace algunos días.
De noche. De BCN a MAD.
A unos ciento ochenta kilómetros por hora, a bordo de un S5.
-Recuerdas a Godofreda (nombre ficticio)?
-Tu hermana pequeña? Sí, claro. Estaba bastante buena. Qué tal le va?
-Pues mal. Tenía un novio.
-Ah. Bien, no?
-No. 'Tenía' es la palabra clave, chato
.Ah. Entiendo.
-Se iban a casar.
-Coño. Casar?
-Sí. Pero la palabra clave es 'iban'.
-Joder.
-No. Ahora ya no.
-Ein?
-Que ya no joderán más.
-Creo que me he perdido.
-Que ya no joderán más porque su exnovio es un follafeas.
-Ein?
-Un follafeas.
-Y eso qué pollas es, Javi?
-Pues su propio nombre lo dice, coño: folla-feas. Un tío que folla-feas.
-No sé si te lo he dicho alguna vez, mi dilecto amigo, pero si hay algo que valoro de tu persona es esa facilidad de palabra.
-El muy cabrón llevaba un par de años tirándose a una petarda. A escondidas. En coches y cosas así. Digo yo.
-Vaya.
-Y no te creas que está buena. Es un puto callo malayo. La otra, quiero decir.
-Ya. Lo intuía. Y tú cómo lo sabes?
-He visto fotos.
-Fotos?
-Sí. En el caralibro.
-Dónde?
-Hostias, Hugo, ya no hablas español o qué? en el feisbuk, hostias, en el feisbuk.
-Ahm... ya.... vale. En el facebook. Lo pillo, caralibro, feisbuk, facebook. Muy ingenioso. Ok. Sigue, sigue.
-Ella está bien jodida. Vivían juntos y toda la hostia. Algo terrible, chico.
-Me imagino.
-Buf.... terrible. Estamos todos bien jodidos.
-Ya.
-El caso es que Godofreda se enteró de puta casualidad. Y el follafeas ni se inmutó cuando se lo dijo.
-Y eso?
-Pues que no te creas que se molestó en negarlo, ni en justificarse, ni hostias en vinagre. Lo confesó todo.
-Ah... estos novatos..., pierden los papeles enseguida....
-Hostias, no me toques los cojones, que estamos hablando de Godofreda.
-Perdón, perdón, no pude contenerme.
-Pues contente, coño.
-Me contengo. Prosigue.
-Pues que se lo contó todo. Que llevaba dos años tirándosela a sus espaldas. Pero que la quería mucho.
-A la fea?
-No, a Godofreda.
-Sí. Entiendo. Muchísimo, la quería muchísimo. Porque a la fea no la quería nada, sólo se la tiraba.
-No tengo ni puta idea de si la quería, joder, Hugo, no me líes. Lo que sé es que vivía con Godofreda. Todavía estoy medio conmocionado.
-Yo empiezo a estarlo. En cualquier caso, algunas parejas acaban bien y otras duran toda la vida.
-Eh?
-Nada, nada.
-Y lo peor es que la putilla es una fea de cojones.
-Lo peor?
-Sí. Lo peor. Lo más peor.
-Lo más peor?
-Joder, hostias. Lo peorísimo. O como pollas se diga.
-Ah... vale.
-Sí, porque puestos a follarte a otra tía cuando vives con una, fóllate una que esté mucho más buena que la tuya, no?
-Pues no sabría decirte. Tengo la manía de follar sólo con las que están muy buenas
-Pues este capullo se estaba tirándo a una cabra. A una cabra sin tetas.
-Hostias Javi, cómo sabes tanto de la putilla esa?
-El caralibro. El feisbuk.
-Cierto, cierto. Ya lo habías mencionado. Pero... cómo diste con ella en el feisb... perdón, en el facebook?
-Le dijo el nombre.
-Ein?
-El follafeas. Al confesárselo a Godofreda. Le dijo hasta el nombre de la tía.
-Joder. Menudo inconsciente.
-Sí.
-Y la buscaste en el caralibro?
-No. En google.
-Y te salió el facebook?
-Yo diría que me salió el fístulabook, porque menudo monstruo de tía.
-Y lo de las tetas?
-Tenía fotos en bikini.
-Pero para ver las fotos de la peña no tienes que ser amigo suyo o algo así?
-Sí.
-Entonces?
-La agregué como amiga.
-Que hiciste qué?
-Pues la agregué como amiga. Para ver quién cojones era. Y descubrí que no tenía apenas tetas. Encima de fea, sin tetas. Joder, tirarse a una fea sin tetas es como tirarse a un tío, no?.
-Posiblemente, aunque no tengo elementos de juicio suficientes como para darte la razón al cien por cien.
-Je... podríamos llamar al follafeas y preguntárselo.
-El qué?
-Que si follarse a la cabra aquella es como dar por culo a un gay.
-No me jodas que tienes su número.
-Pues claro. El del trabajo y el móvil.
-Seguro que le estás dejando mensajes obscenos
-Puedes apostarte la polla a que sí.
-No, gracias, Tengo mucho aprecio a mi polla. Estamos juntos desde que era un crío.
-Luego le pegamos un toque y le decimos cuatro cosas.
-A mi polla?
-No, al follafeas.
-Vale, pero para en la próxima gasolinera, que me meo toda.

(2 y 15 de la mañana, en el parking de una estación de servicio atestada de camioneros en el kilómetro no sé cuantos)
ringgggggg, ringgggg
-Sí, hola, follafeas?
-...
-Que si eres el follafeas.
-...
-Te voy a dar una hostia que no te van a volver a salir legañas. Follafeas! Cabrón!
(el follafeas cuelga, pero Javi se deja llevar durante unos segundos. Tiene un pronto algo brusco)
-Javi, al final no le hemos preguntado lo de si follar con una tía sin tetas es como tirarse a un gay.
-Pues tienes razón.
ringgggg, ringggggg
-Follafeas, perdona, que se me ha pasado preguntarte una cosa.

CAMBIOS

1:33 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (3)

La vida es un continuo recomenzar. Así, tal cual. Y The Hugo Effect, tras dos exitosos años de vida, se reinventa. Notarás que hay algunos ligeros cambios y como la mayoría los he hecho bajo los efectos del Johnnie, me he cargado unas cuantas cosas. Eso demuestra que hay algunos asuntos que es mejor hacer sobrios. Bueno, en realidad sólo demuestra que este asunto en concreto es mejor hacerlo sobrio. Del resto, aún no hay evidencia empírica. Ni creo que la haya nunca, para qué engañarnos.
En fin, que me he cargado lo de los followers y no tengo ni la más remota idea de cómo activarlo. También me he cepillado algunas cosas más de las que ni siquiera me acuerdo.
Si echas de menos algo particularmente importante, siéntete libre para comunicármelo. Si estoy sobrio, igual hasta me entero de lo que estás contándome.

Mientras tanto, queridas mías, recibid un efusivo azote. Que lo cortés no quita lo caliente.

Más, en breve.

PREGUNTAS PARA PUNSET

5:04 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (11)

Ella se ha levantado y me he quedado mirándola, dándome cuenta del tremendo error que he cometido metiéndome en su cama. Con la de camas con tías dentro que hay en España y voy yo y me meto en la que está mi ex. Ya se ve que tengo la cosa de la elección (sí, con ele) bastante defectuosa. Más aún: con la cantidad de bares llenos de tías que hay en este puto país y voy a coincidir con ella, codo con codo, en la barra. De película. Brought to you by Miratúpordónde Productions.

Supongo que ella debe pensar más o menos lo mismo. Pero no lo decimos. Nos callamos como putas y ella emprende el camino al baño, a la cocina o a algún lugar indeterminado mientras yo jugueteo con el embozo de la sábana, calculando el tiempo que puedo tardar en vestirme y largarme de allí. Sin más.

Su sollozo ahogado me llega a través de una puerta mientras me calzo los zapatos. Llora. Supongo que de pena y rabia. O de cualquier otra cosa. A mi todo eso se me ha ido quedando atrás. Ya no hay pena ni rabia que purgar. Sólo la sensación de que esto es demasiado error hasta para un tipo como yo, cuidadosamente entrenado para saltar de charco en charco con olímpica discliplina.

Ella sabe que me estoy marchando. Que cuando encuentre fuerzas para salir del baño yo ya no estaré aquí. Que en un par de minutos no quedará ni el resto de mi calor en su cama. Que todo habrá pasado en un suspiro y podrá darse una ducha para quitarse de encima esa terrible sensación de necedad. Porque está claro que se ha ocultado en el baño para facilitarme la ruta de escape. Cuan previsibles son las mujeres en según qué situaciones.

Recojo mi camisa del respaldo de un descalzador que ya conozco y me sorprende lo poco que me duele todo esto. Me asombra que pueda dejar vagar mi mirada por su mundo, tan cercano y tan conocido, sin que se me haga ningún nudo marinero. Algún observador ajeno a todo lo que hubo entre ella y yo podría decir que antes de hoy no la había visto en mi puta vida. Y comprendo que quizá esto es lo que llaman madurar. Sí, es posible.

Ella trastea, quizá enjugándose las lágrimas. Se oye un grifo correr. Casi puedo oir sus manos aferrándose a la pila. Y comprendo que esta rocosa indiferencia que me ha llegado a mi aún no la ha visitado a ella. Y me pregunto cómo es posible que me impresione tan poco todo esto. Quizá es que nunca la quise? Se me ocurre una teoría bastante peregrina según la cual la medida del amor bien podría tomarse en onzas de pena.

Pero centro mi atención en localizar la chaqueta y la teoría se queda ahí, suspendida en el vacío, para borbotear por el desagüe cósmico de todas las chorradas que alguna vez se me han ocurrido y nunca tuve el tiempo, el deseo o las ganas de reconsiderar.

Ajusto el cierre del reloj en mi muñeca y compruebo que la blackberry no se ha deslizado del bolsillo donde reposaba. No he tardado ni cinco minutos. Estoy listo para salir de aquí. Es posible que ella tarde algo más en salir del baño. Y sí, es muy posible que tarde algo más de una noche en dejar de llorar.

Un segundo antes de que ella se levantara para esconderse de mi en el baño se ha girado para mirarme y decirme, como si eso sirviera de bálsamo para tantas cosas, que me quiere.

Ya. Pues tengo noticias para ti, perra exquisita: tal vez el tipo con el que tuviste un hijo te quiera, pero yo no.

La calle mojada me devuelve el rítmico golpeteo de los zapatos. Ni me molesto en alzar la vista. Ya sé en qué ventana habrá luz y cual no. Supongo que debería sentirme mal. Que más allá de tener claro que esto ha sido un error, debería sentir ganas de vomitar. Coño, cualquier ser humano se sentiría así. Y, hasta que se demuestre lo contrario, tener dos brazos, dos piernas y un ombligo me convierten en ser humano más allá de toda duda razonable.

Exploro el dilema mientras camino hacia mi coche, aparcado allá donde el cristo pegó las tres voces. Hace frío. Pienso en lo peliculero que resulta todo esto. Y en la cantidad de pelis de estas que llevo a mis espaldas. Quizá el año que viene sea el mío y me lleve el Óscar. Ójala. Me hace mucha ilusión darle un achuchón a Halle Berry, aunque lo fetén sería que la Belluci fuera la que extrajese mi nombre del sobre.

Silbo, despreocupado, mientras callejeo, serpenteando, persiguiendo una respuesta que se empeña en darme esquinazo. Quizá se me haya muerto algo por dentro y no me haya dado cuenta. Eso sería una explicación bastante plausible. Pero no tengo nada muerto. Tengo todo vivito y coleando.

Un grupo de chicas que vuelven de fiesta activa algo instintivo, del mismo modo que un animal salvaje captura el olor de su presa favorita en una ráfaga de aire. A estas alturas de la noche no tengo el cuerpo para muchos mambos, pero no puedo dejar de reconocer que la naturaleza es, definitivamente, muy sabia y que si incluso en esta situación soy capaz de sentir esa pulsión sexual, es que he estado dando por sentado cosas que ha llegado el momento de reconsiderar: certezas que estaban suspendidas en el vacío, colgadas de un fino hilo como único sustento para no ser engullidas por el sumidero galáctico.

Y mientras me cruzo con las chavalas, todo risas y trompicones, me doy cuenta de que a veces soy más enrevesado que el propio Punset.

Supongo que también forma parte de mi naturaleza: por qué hacerlo fácil si podemos hacerlo divertido.

Di por sentado que la había querido, que la querría toda la puta vida, sin tener ninguna otra experiencia para comparar. Pensé que aquello que sentía por ella era tan diferente que bien podria ser amor. A la luz de los acontecimientos de esta noche, bien podría haber sido una intoxicación por inhalación de pintura. O un trastorno metabólico. O un calentón mucho más grande y más duradero que cualquier otro.

Porque...., de haberla querido.... cómo podría ahora sentirme bien?

Se lo preguntaré a Punset.

El CCPP. Parte II (y última)

5:35 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (8)

La botella de champán volaba en las manos de Duncan, rellenando copas mientras mi cuñada refrenaba un estornudo en mitad de una carcajada. Una cosa inusitada, oiga. Si por un casual le hubiera dado por toser hubiera sido uno de esos momentos memorables inmortalizados con una cámara de fotos para escarnio eterno del que lo protagoniza. Pero no tuvimos tal suerte y nos tuvimos que conformar por un jajajajajajajaaaatchis.

Sin embargo, la sombra del enorme miembro viril de Segis planeaba sobre la casa pirenaica en la que nos habíamos dado cita para decir adiós a 2008. Quién me iba a decir a mi que apuraría las últimas horas del año recordando la tranca de un tío, con lo que yo he sido.

En fin.

Retomé la narración de la historia tras atizarme un copazo para aclararme las ideas. O para terminar de enturbiarlas.

Acabábamos de forzar a un tipo hecho y derecho a fotografiarse el miembro viril en un fotomatón, con la única protección de una mínima cortinilla de tela frente a los curiosos ojos del mundo. Hay gente que hace cosas más normales, lo sé. Pero nosotros no.

Y había ocurrido que el tío tenía una manguera en lugar de minga y que le daba vergüenza que se supiera.

País, que diría Forges.

Afrontábamos las primeras horas de la noche del domingo con la firme determinación de conseguir las firmas de cuatro gachís seleccionadas por los miembros más antiguos del Colegio Mayor de Segis. Pensábamos –antes de conocer los nombres- que no sería tan difícil. Total. Unas firmillas y a correr. ¿Quién se negaría?

Claro que al leer los nombres nuestra seguridad se diluyó como un azucarillo en una taza de café recién hecho.

Cara. Fuego el uno: Casilda xxxxxx, estudiante de tercer año, CEU, una de las tías más desagradables del planeta. Medidas: 90-60-90. Y la otra pierna igual.

Culo. Fuego el dos: Mónica xxxxxx, estudiante de cuarto año, Univ Francisco de Vitoria, medio legionaria de Cristo, estudiante a tiempo parcial, beata a tiempo completo.

Perfil. Fuego el tres: Roberta xxxx, estudiante de tercer año. Aquejada de gigantismo. Agorafóbica patológica. Hosca como una mula. Fea como un demonio.

Polla. Fuego el cuatro: Olivia xxxxx, estudiante de cuarto año. Residente de un colegio mayor del opus. Presidenta del club de católicas recalcitrantes contra la ola de lujuria que nos invade.

Bien. Vale. Con la uno y la tres tendríamos problemas, pero era factible. La dos sería un reto. Pero la cuatro era francamente imposible. Pero imposible, imposible. Imposible hasta para mi, así que no quería ni imaginarme lo que semejante miura haría con Segis, el tímido picha enorme con el que esperaba al Circular.

Duncan me miró con una de esas miradas que significan y ahora qué coño hacemos? Diríase que su arrojo y su empuje habían volado como una golondrina que había olisqueado el crudo invierno.

-Olivia, dijo Duncan.
-Olivia, contesté yo.
-Quién es Olivia?, pregunto Segis.
-No quieras saberlo, le dije.

Olivia.
Tela marinera.

La aparición del Circular, traqueteando y haciendo un ruido de mil demonios nos sacó de nuestro breve conversación de besugos. Sopesé las posibilidades cuidadosamente y llegué a la misma conclusión que cinco minutos antes: no teníamos nada que hacer. Pero pensé que sería divertido ver cómo Olivia hacía trizas la enorme polla de Segismundo.

Así que me levanté y entré en el autobús.

Casilda nos recibió a pesar de que la pillamos depilándose el bigote. Charlamos amigablemente mientras ella se hurgaba entre los dientes con una llave allen del siete. Le explicamos la naturaleza de nuestra visita, sin entrar en muchos detalles. Nada de explicarle lo del culo ni lo de la enorme tranca. Sólo la foto del careto. Ella nos observó con sus húmedos e inanimados ojos bovinos y sin que en ningún momento ejercitara su aún por demostrar habilidad vocal, agarró un bolígrafo y plantó un garabato en el dorso de la tira de fotos. Acto seguido abandonamos su cueva como murciélagos escapando del infierno.

Mónica se negó a recibirnos y amenazó a voces con llamar a la policía. Estaba harta de firmar fotos de pervertidos. Imagino que los abuelos del Colegio Mayor de Segis recurrían a su nombre con frecuencia en las ceremonias del CCPP. Así que tuve que emplearme a fondo. Llamé con suavidad a la puerta mientras susurraba su nombre. Mónica era un reto, y no se aplaude a un tenor por aclararse la garganta. Tocaba dar el do de pecho. Tocaba apelar a toda la capacidad motora que animase mi corrupto espíritu. Mónica, querida –dije- como bien dijo nuestro señor Jesucristo en el sermón del montaña, bienaventurados los que tengan un bolígrafo a mano, porque podrán firmar en la foto del culo de Segis y se ahorrarán que un sátiro como yo se dedique a propalar falsos testimonios sobre lo bien que la chupas. Así que haz el favor de abrir la puta puerta y firmar antes de que me ponga farruco. Y Mónica, conocedora de mi absoluta falta de escrúpulos, ya que mi reputación ya me precedía por aquel entonces, abrió, nos insultó, firmó, volvió a insultarnos y cerró la puerta, acantonándose como un ejército sitiado. Y aquí paz y después gloria.


Roberta nos observó desde su titánica estatura y entendí qué es lo que sienten las hormigas cuando ven a un niño acercarse al hormiguero para pisotearlo con saña: pavor. El mismo pavor que me atenazaba pero que, paradójicamente, me permitía prestar más atención a los detalles. Sería porque estaba convencido de que estaba viviendo mis últimos momentos en esta tierra. El caso es que me pareció ver el asomo de una lágrima en sus ojos, allá arriba. Comoquiera que nuestra historia era algo patética, lo reconozco, no lo era tanto como para verter lágrima alguna, así que colegí que alguna pena secreta le había hecho un nudo en alguna parte de su anatomía emocional. Y animado por esa ligerísima grieta en el blindaje de la feísima gigantona, le pregunté si se encontraba bien. Me miró sorprendida, como un niño miraría a una hormiga que se atreviese a hablarle al borde del pisotón fatal. Y tres cuartos de hora nos despedíamos entre abrazos. Nada, reina, ya verás como todo sale bien, le decía yo tratando de zafarme de sus zarpas. Ya en la calle, y con su prístina firma en el dorso de la foto de perfil de Segis, revelé la causa oculta de sus penas: la resistencia de materiales. Una asignatura que le había emborronado su hasta el momento historial académico. No hay nada como escuchar a una mujer, le dije entonces a Segismundo: Si creen que las escuchas conseguirás cuanto desees, mi querido Segis, pero si en alguna estima tienes a tu cordura, dios de libre de escucharlas.

Y Olivia…. ay, Olivia. Llegados a este punto, yo había solventado el expediente con una faena bastante aseada. Tres de tres. Un as. Como de costumbre, sí. Pero todo ese esfuerzo podía desvanecerse en la noche si no engranábamos la última pieza.

Olivia residía en un colegio mayor que más bien parecía el cuartel de la Gestapo, con su sólida puerta a prueba de pervertidos, sus altos muros y sus almenaras. Pero su invulnerabilidad era sólo aparente. Bastaba con echarle cojones y recorrer a cuatro patas los veinte metros que separaban la entrada del edificio del vestíbulo que daba acceso a la escalera. A partir de ahí, que dios nos agarrara confesaos, porque no teníamos ni la más remota idea de dónde podríamos encontrar a la última firmante. Duncan parecía un animal asustado, olfateando el aire. Segis nos miraba alternativamente a uno y a otro. Y yo me daba cuenta de que esa aventura se había convertido, de repente, en una estupidez muy gorda. Qué cojones pintábamos allí? Cómo pollas íbamos a localizar a Olivia? aquello tenía más pasillos que la madriguera de un conejo. El carillón de un vetusto reloj nos pegó tal susto que se nos erizaron hasta los pelos de las axilas, provocándonos no pocas incomodidades. Al cabo, un grupo de chavalas irrumpió por una puerta, en tromba. Apenas nos dio tiempo a trepar un tramo de escaleras, confiando en quedar ocultos a su vista. Y cuando las últimas integrantes de la manada estaban a un tris de rebasarnos, a Duncan se le iluminó la cara.
-Sandra, susurró, sonriéndonos.
-¿Sandra?, preguntamos al unísono en un cuchicheo.
-Es largo de explicar, dijo, un segundo antes de abandonar el refugio de la escalera y chistar a una alegre chavala.

La alegra chavala, Sandra, para más señas, miró a Duncan como si se hubiera encontrado un cocodrilo en la bañera y le exigió inmediatas explicaciones de qué se suponía que estaba haciendo allí.

Superada la fase de ‘os habéis metido en un lío de cojones, como os pillen se os cae el pelo, etcétera, etcétera’ le informamos del motivo de nuestra entrada a hurtadillas. Aún nos miraba como si fuéramos cocodrilos en una bañera, pero al oír la mención de Olivia, no pudo reprimir una sonrisilla.
-Olivia, no?
-Pues sí
-Pues estáis jodidos, perdóname que te lo diga.
-Sí, eso pensamos.
-Y ahora qué?
-Como que ahora qué?
-Que a qué estáis esperando para piraros.
-A que Olivia nos firme la foto.
-Igual sois algo cortitos. Olivia no va firmar ninguna foto. Antes os arrancará el hígado y se lo dará a los pobres para que tengan algo de comer.

La imagen de mi hígado palpitante y empapado en Johnnie Walker siendo ofrecido a un grupo de mendigos hambrientos me resultó desagradable hasta un extremo nunca alcanzado. Le tengo mucho cariño a mi hígado. Hemos bebido mucho juntos. Pero no dejé que esa imagen me desviara del objetivo. Si habíamos conseguido llegar hasta ese punto, moriríamos con las botas puestas. Recordad del Álamo, me dije a mi mismo.
-El Álamo?, pregunto Segis. Zas. Lo había dicho en voz alta sin darme cuenta.
-Cosas mías.

Duncan hizo acopio de zalamerías propias de alguien con alguna veta de sensibilidad en su interior y prometió a Sandra que nos marcharíamos de forma discreta en cuanto tuviéramos ocasión de conseguir la firma de Olivia. Pero Sandra se hacía de rogar y Duncan tuvo que emplearse más a fondo. Me resultó gracioso observar cómo Duncan miraba a los ojos durante más de diez segundos a una tía sin que su mirada se desviara hacia sus pechos. En honor a la verdad, debo decir que se comportó como un verdadero campeón. Consiguió que Sandra nos confiara el número de habitación y, lo más importante, su ubicación, pero cuando empezábamos a girarnos para encarar la escalera, Sandra decidió ser magnánima y nos propuso otra solución.
-Os metéis en una de las salas de visita. Yo la llamo y le digo que tiene visita. A partir de ahí, os buscáis la vida y yo no quiero saber nada, hecho?
-Hecho.

A empellones nos condujo a una salita, donde nos encerró. Por un instante me temí que Sandra fuera a vender nuestros pellejos y que acabásemos camino a la comisaría por allanamiento de morada y conducta obscena (que nadie olvide que portábamos una comprometedora fotografía de un pene). Pero mis temores fueron en vano.

Oímos a Sandra trastear con un teléfono y avisar a Olivia. Vaya. Al final tendríamos una oportunidad. Una oportunidad de que nos arrancaran el hígado, pero una oportunidad al fin y al cabo.

Tomamos asiento, como si fuéramos personas decentes que hacen una visita social y aguardamos su llegada.

Oímos un leve tap tap de zapatos sin tacón al otro lado de la puerta, que se abrió sin crujido.

Y allí estaba. Olivia. La cuarta firma. Me tenté el hígado, como despidiéndome de él, por lo que pudiera pasar.

Y entonces sucedió.

-El qué?, el qué?, preguntó a voces mi cuñada, medio beoda, dejándose llevar por la tensión del momento.

Duncan, que se había limitado a apostillar algunas fases de mi narración, contestó a su pregunta.

-Que las miradas de Segis y Olivia se cruzaron por primera vez y sonaron violines.
-Violines?, inquirió mi hermano extrañado. Las metáforas no son lo suyo.
-Es una forma de hablar, expliqué. Lo que pasó es que hubo feeling, conexión, karma, flechazo.

Y sí, esa es una forma de explicarlo. En ese momento ni Duncan ni yo nos dimos cuenta, nerviosos como estábamos. Pero sí. Hubo algo. Algo que sólo ahora, a la luz de la noticia de su matrimonio, hemos podido entresacar.

Olivia miró a Segis. Segis miró a Olivia. Olivia nos miró a nosotros con desdén y nos preguntó qué hacíamos allí a esas horas.

Segis, olvidada su timidez, se lanzó a explicárselo con palabras amables y lenguaje de perrillo faldero.

Olivia le cortó en seco.
-Ya. Un CCPP, no?
Segis asintió, incapaz de darle la vuelta a una pregunta tan directa.
-Y a mi me tocará la polla, no?
Escucharla decir exactamente esas palabras nos provocó un estado de sorpresa tal que ninguno de los tres acertó a decir sí, no, o las dos son correctas. Lo que la chatina no sabía era que con esa sencilla frase acababa de inaugurar su capacidad para ver el futuro.

Olivia, que a esas horas no estaba para muchas tonterías, decidió zanjarlo a la voz de ya.
-Pues a ver, dame la fotito de marras, te firmo y os dais el piro.
Segis dudó un par de segundos.
-Que no tengo toda la noche, guapo, le espetó Olivia.
Y Segis le tendió el recorte de la tira mientras un sudor frío perlaba su frente. Duncan y yo la miramos conteniendo la respiración.

La cogió, firmó al dorso y justo cuando ya pensábamos que se la devolvería a Segis sin haber echado un vistazo a la mercancía, la foto se le cayó de los dedos y voló al suelo para caer con la parte de la imagen hacia arriba.
-Vaya por Dios, dijo ella, contrariada, mientras se agachaba.
No volvió a decir palabra. Tuvo que ver la imagen de la sota de bastos que Segis tenía por rabo. Seguro que la vio, porque abrió mucho los ojos, se puso roja como la Pasionaria y se la devolvió a Segis con rapidez para marcharse sin decir adiós, ni amenazarnos con mutilar nuestros hígados.

Tardamos algo en darnos cuenta de que habíamos conseguido que Segis superara el CCPP. Cuando nos dimos cuenta, ya en la calle, comenzamos a pegar brincos y abrazarnos como si hubiéramos ganado una Champions League o algo.

Y eso fue todo.

Segis dejó de ser objeto de burlas sin término en su Colegio Mayor y se convirtió en un hombre de provecho, motivo por el cual Duncan dejó de interesarse por él y salió de nuestras vidas.

Por eso nunca supimos que Segis volvió a encontrarse con Olivia. Y que, pasado el tiempo, se casarían.

Mi cuñada acogió el fin de la historia con una expresión de ternura en plan ‘el amor siempre triunfa’ y se le olvidó momentáneamente el cabreo que tenía con la novia de Damián.
-Lo que más me ha gustado ha sido eso ‘y a mi me tocará la polla, no?’, recordó mi hermano mientras su mujer se atizaba pelotazo. Nuestra carcajada general se saldó con mi cuñada dejando atropelladamente la copa sobre un mueble para salir disparada hacia al baño al grito de ‘me meoooooooo’.

El CCPP. Parte I

13:50 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (5)

Segismundo era un tipo peculiar. Ingeniero hasta las cachas. Cuadriculado hasta en sus redondeces. Le traté mucho durante su primer año en Madrid, básicamente porque Duncan había hecho buenas migas con él y al frecuentar Duncan mi compañía, el encuentro con Segismundo era, ya lo ves, inevitable.

Segismundo era de Cáceres. Y, como digo, le traté intensivamente durante unos meses para después perderle la pista. Y perdido en alguna rotonda de mi memoria seguiría si Duncan no hubiera sacado su nombre a colación durante la bizarra cena que mi psicóloga de todo a cien organizó el pasado 31 de diciembre para unos cuantos familiares y amigos que a lo largo de los años habíamos conformado lo que se podría denominar como una misma camada generacional cerrando bares a lo largo y ancho de la geografía en amor y compañía.

Como no tienes el placer de conocer a mi psicóloga de todo a cien, no sabes que tiene una capacidad rayana en lo patológico para organizar macro-saraos. En esta ocasión el evento incluía unos días en una cabaña pirenaica para disfrutar del noble arte del esquí en sus múltiples variedades y un broche final en forma de cena de despedida del año. Apuntaré que a aquella celebración estábamos convocados cerca de 15 elementos de todo pelaje entre los cuales se contaban Duncan, Javierito y, por supuesto yo. Y apuntaré también que hay una delicada línea entre esquiar y hacer el gilipollas en la nieve.

Obviaré el relato de las torpes acrobacias de algunos sobre el blanco elemento porque este post podría convertirse en una antología del disparate y yo me puse a escribir con el objetivo de relatar la historia que motiva el título que reza allá arriba y no otra. Lo de la nieve, pues, tendrás que imaginártelo.

Pongámonos en situación. 31 de diciembre. Una enorme mesa vestida en el centro de la sala de estar. Adornos navideños por doquier. Bing Crosby flotando en el ambiente. Leños viejos crepitando y escupiendo chispas en el hogar de la chimenea. Trasteo de cacharros en la cocina en la que media docena de mujeres bordean el enfrentamiento armado mientras ultiman las viandas y destripan a sus respectivas parejas. Media docena de tíos zascandileando por la casa, rehuyendo cualquier contacto con las mujeres, porque de todos es sabido que en estas ocasiones la tasa de crímenes pasionales se dispara.

Duncan, mi hermano mayor y yo abrimos una botella de champán para abreviar la espera previa a la cena mientras mi patilludo amigo se tienta el cuerpo, magullado y amoratado tras un par de días de esquí modalidad hostia-alpina.
-Me duele hasta el frenillo, dice Duncan.
-No me extraña, concedo yo.
Mi hermano se ríe entre dientes y recuerda una de las hostias. Una verdaderamente de las de llamar a casa para contarlo.
-Me ha gustado esa forma tuya de frenar contra los postes. Muy elegante.
Si Duncan pudiera agachar las orejas las agacharía mientras la vergüenza le invade.
-No te lo tomes así. Está claro que lo de esquiar no es lo tuyo, querido, pero consuélate pensando que un día fuiste el espermatozoide más rápido y ágil entre varios millones en un slalom que ni Alberto Tomba.

La cónyuge de mi hermano, a la sazón mi cuñada y psicóloga oficial de todo a cien, irrumpe en la sala de estar y sin mediar palabra arrebata a mi hermano la copa de champán para echárselo al coleto con un violento giro de muñeca. Hala. Y luego el alcohólico soy yo.
-La zorra esa con la que sale Damián es una verdadera gilipollas, dice, como si eso debiera servirnos de explicación.
-Un poco zorra sí es, dice mi hermano mientras rellena la copa y su mujer se atiza un segundo trago. Como siga a este ritmo nos quedamos sin espumoso para el brindis de año nuevo.
-Qué ha ocurrido, querida?, inquiero con suavidad, poniendo cara de que no hay nada irreparable.
Mi cuñada mira a su marido, con una mirada que es una orden. Tú sirve más champán, chato, que ya te diré yo cuando tienes que parar.
-Pues que es una zorra. Mira que conozco tías zorras, pero esta se lleva la palma. No deja de dar por culo.
Duncan se remueve imperceptiblemente. Sé que en su mente se ha formado una imagen que incluye a cinco o seis tías en pelotas y una de ellas vistiendo un arnés fálico con el que somete a padecimientos anales al resto. Así que repregunto para evitar que Duncan comience a suspirar.
-No hay consenso en los fogones?
-En los fogones? Pues no, contesta ella, ingiriendo una tercera copa. Las burbujitas hacen que se rasque la punta de la nariz. Miro a mi hermano y niego señalando inquisitivamente la botella. No le des más avío, querido, o esta tía le mete la botella por el orto a la novia de Damián.
Mi cuñada, como si hubiera recordado de repente algo, me mira con fijeza y suelta:
-Como se te ocurra echarte una novia tan gilipollas le prendo fuego a tu Ducati.
Como durante un tiempo estaré fuera del país he dejado mi pequeña bestia roja al cuidado de mi hermano. De ahí su amenaza. Pero no hay cuidado. Difícilmente me echaré novia. Ya sea gilipollas o no gilipollas.
-Querida, yo sólo abandonaría mi soltería por refocilarme contigo, pero como elegiste a otro, va a ser que no.
-Ya te gustaría a ti refocilarte conmigo, chato, contesta ella. Y con las mismas se va. Dejándonos a los tres tíos en una nube de asombro. Cosas de chicas, dice mi hermano. Duncan y yo asentimos. Qué difícil debe ser el matrimonio, colegimos.
-Oye, por cierto, hace un par de semanas me encontré con Segismundo, suelta Duncan, cambiando abruptamente de tema.
-Segismundo?, pregunta mi hermano con sorna.
El nombre desentierra un rostro en mi memoria. Y como esto ya lo he dicho antes, me ahorro otras florituras que podría añadir.
-Ah, sí? Y qué tal le va?
-Pues bien. Estuvo un par de años en Argelia.
-Quién coño es Segismundo?, indaga mi hermano.
-Segismundo es el autor de la primera ley de los materiales termoadhesivos, explico.
Duncan se descojona, recordándolo.
-Los termoadhesivos?
-Sí. Segis tenía cierta afición por arreglarlo todo con cinta aislante. Solía decir que si no se arreglaba con cinta aislante es que habías puesto poca, explica Duncan..
Mi hermano nos mira lamentando haber preguntado. Duncan continúa con la explicación.
-Segismundo era un crack. Un poco de pueblo, pero un crack.
-¿Un poco de pueblo? Joder, Duncan, a su lado el cantante de Lynyrd Skynyrd era Beau Brummel .
-Quién era un crack?, pregunta mi cuñada, reapareciendo de la nada.
-Segismundo, contesta mi hermano.
-Segismundo?, repregunta, atizándose otro copazo de champán. Ahí, manteniendo el ritmo.
-Un tarado al que estos dos debieron putear de lo lindo. Y deja la botella, coño, cielo.
Sólo mi hermano es capaz de juntar ‘coño’ y ‘cielo’ en una sola frase sin que suene porno. Si lo hubiese dicho yo otro gallo habría cantado. Y si lo hubiese dicho Duncan nos habrían dado el Nobel de Obscenidad.
-Y por qué te has acordado ahora de Segis?, le pregunto a Duncan.
-Qué?
-Has dicho ‘oye, por cierto’, como si lo que estábamos hablando te hubiera conducido a acordarte de él. Se llama asociación de ideas y es propio de mamíferos bípedos vertebrados.
-Ah! Sí. Por lo del matrimonio.
-Eso lo explica todo, sin duda, dice mi hermano, metiendo baza para tratar de ordenar la escasa coherencia del discurso de Duncan. Muchos otros lo intentamos antes que tú, carne de mi carne, con muy escaso éxito, aunque eso no debe desanimarte.
-A que no sabes con quién se casó Segis?, me pregunta Duncan, sin captar la ironía en la voz de mi hermano.
-Pues ni puta idea. Con una cabra?
Mi cuñada se ríe y se atiza otra copa de champán. En un rato estará tan pedo que si me propusiera tirármela ni se enteraría. Afortunadamente no soy tan cabrón. Afortunadamente para mi hermano, porque ella se lo pasaría bomba. No se acordaría, no, pero se lo pasaría bomba.
-Con Olivia.
-Olivia? pregunto yo, haciendo memoria
-Olivia? repreguntan al unísono mi hermano y su mujer, sumidos en la más completa ignorancia.
-Ya lo ves. Con Olivia.
-Olivia CCPP?, inquiero yo mientras una luz se abre paso en mi mente.
-CCPP? cuestionan mi cuñada y mi hermano.
-La misma, concluye Duncan con gesto de satisfacción.
Entonces me caigo al suelo de culo, desternillado.



Cuando al fin consigo reponerme de la impresión y recupero la verticalidad, Duncan ya ha comenzado a contar la historia advirtiendo a mi cuñada de que se va a mear de risa en las bragas. Supongo que le daría la vena profética.


Segis había ingresado en el mismo colegio mayor que uno de sus hermanos mayores. Y su primer año como novato se le estaba haciendo muy cuesta arriba. No tenía carrete para aguantar el tirón y no daba pie con bola. Como no conseguía superar ninguna de las pruebas la cosa se ponía cada vez más peliaguda. El cambio entre Cáceres y Madrid le estaba resultando traumático. Supongo que echaría en falta Las Hurdes o las cabras, o lo que pollas tuviera en su Cáceres natal.

Duncan se había apiadado de él por el mismo motivo por el que años antes se había apiadado de un cachorro de boxer: porque es más raro que un perro verde y tiene imán para la gente peculiar.

El caso es que una tarde de domingo, acodados en la grasienta barra de algún garito para ver un Madrid-Barça Segis nos confesó que se estaba pensando regresar al hogar. A mi, más pendiente de los oscilantes pechos de la jovencita que hacía las funciones de camarera, me pareció igual de bien que si hubiera dicho que en lugar de una caña si iba a pedir un vermut.

A Duncan aquello le pareció un ultraje a la dignidad humana. Sí. Como lo oyes. Duncan preocupado por la dignidad. Vivir para ver.

Total, que en lugar de disfrutar de la tempestad que azotaba los pechos de la camarera bajo la camiseta o de distraerme viendo el fútbol, las siguientes dos horas asistí a un proceso de reprogramación cerebral. Objetivo: superar el CCPP.

El CCPP es uno de los obstáculos más severos con los que se enfrentaban los colegiales del Colegio Mayor de Segis. Era un verdadero reto. Consistía en buscar un fotomatón de los de cuatro disparos para realizar una secuencia fotográfica. Una vez consumada la sesión, cada una de las cuatro imágenes debía ser firmada por una chavala que los abuelos del Colegio Mayor hubiesen designado con especial atención a que fueran las más bordes, frígidas o hijasputa de todo el campus.

Ah. Vale. Hacerse fotos y que te las firmen. Pues qué complicado, pensarás. Ya. Lo complicado era qué fotos había que hacerse.

La secuencia era la siguiente: Cara, Culo, Perfil y Polla. Esto significa, por si no te aclaras, que la primera foto del fotomatón debía ser un retrato de la cara. El segundo, del culo. El tercero, el careto de perfil. Y el cuarto, un retrato de la polla, uy, perdón, del pene. Y eso en los escasos segundos que el fotomatón tuviera a bien concederte, porque la captura de imágenes se realizaba a un ritmo infernal.

Esa misma tarde-noche nos dirigimos al fotomatón de Galaxia –un clásico entre los universitarios de mis tiempos- para solventar la primera parte del asunto. Yo asistía atónito al empuje de Duncan, que estaba empeñado en que Segis pasara el CCPP como fuera.

Empuñando unos botijos llegamos al chisme para descubrir que estaba ocupado por una parejita que se entretenía sacándose fotos chorras. Ahora tú encima y yo debajo. Ahora nos reímos con una risa loca. Ahora nos besamos. Y ahora salimos sacándonos los mocos.

Decidimos darles unos minutos. Y cuando esos minutos se consumieron sin que la parejita dejase de meter monedas y hacer el moñas. Segis empezaba a mostrar signos de querer tirar la toalla, así que pregunté amablemente a la parejita si pretendían quedarse a vivir allí o podíamos sostener alguna esperanza, aunque fuese frágil, de hacernos las fotos en algún momento de ese año.

El tipo contestó abruptamente. Su imprecación, lejos de zaherirme, sólo consiguió que Duncan se impacientara. Echó un trago largo de su Mahou, descorrió la cortina y vomitó el contenido líquido de su boca sobre los tontos de la polla que estaban retrasándonos en nuestra sagrada misión.

Me ahorraré la descripción de las lindezas que nos cruzamos. Diré tan sólo que al fin se fueron y el fotomatón fue, al fin, todo nuestro. O más bien, todo para Segis.

El primer intento de CCPP fue un completo desastre. Segis no había tenido la previsión de aflojar el pantalón, de modo que no completó la secuencia correctamente. Consiguió que la primera foto mostrase su apenado careto, pero el resto no eran más que instantáneas movidas de su bragueta.

El segundo intento, aún con los pantalones puestos, fue otro desastre.

-Tal vez sería más fácil si te quitases los pantalones. Así sólo tendrías que levantarte, girarte y sentarte, comenté tras meditar unos instantes sobre la naturaleza del problema.

-Qué? Que me quite qué?, preguntó escandalizado Segis.
-Coño, Segis, quita. Mira, así.
Y Duncan, desabrochándose los pantalones y dejándolos caer hasta los tobillos mientras introducía una moneda, realizó la maniobra con maestría.
Primera foto, ok. Segunda foto, ok. Tercera foto, ok. Cuarta foto, desagradable, pero ok.

Los viandantes, que aún los había debido a lo temprano de la hora, nos miraban con curiosidad.

Segis volvió a probar, pero con desigual fortuna.
-Me temo, querido, que no les bastará con una foto de tus gayumbos. El CCPP es muy estricto y exige que le hagas una foto a tu pequeño gran amigo, le expliqué.

El interpelado se resistía a deshacerse de su ropa interior, pero esa noche Duncan estaba en modo ejecutivo. Se acercó hasta él y con un rápido y certero movimiento le bajó los calzones hasta las rodillas. Sin darle tiempo a replicar, cargó una moneda y corrió la cortina.
-Todo tuyo, chato.

Los cuatro fogonazos se sucedieron en segundos mientras tratábamos de intuir qué pasaba detrás de la ajada cortina. El ruido de la tira de fotos al caer en el cajetín, activando el ventilador, nos avisó de que no tendríamos que esperar mucho.
Cara, bien. Culo, bien. Perfil, bien. Polla, mal.
-Coño Segis, por qué te has tapado el cipote?, pregunto a voz en cuello Duncan, atrayendo las miradas de más viandantes. Al fondo, un par de municipales comenzaban a prestarnos más atención de la que deseábamos.
-Asegúrate de hacerlo bien esta vez, joder, le espetó Duncan metiendo otra moneda y corriendo de nuevo la cortina.
Zas. Zas. Zas. Y zas. Los cuatro estallidos de luz blanca.
-Todo bien?
-Cr-cr- creo que sí, tartamudeó Segis.
Esperamos a que las imágenes aparecieran. Cayeron. El secador se activó. Esperamos a que terminara. Y cuando terminó lo vimos.
Cara, ok. Culo, peludo, pero ok. Perfil, ok. Polla, coño! Menudo pollón.
-Chato, si yo tuviera esta tranca la llevaría siempre al aire, le dije, genuinamente sorprendido del calibre de su miembro viril. Una cosa tremenda, oiga.
Segis salió azorado y nervioso.
-Venga, va, ya está, no me jodais.
-No, no. No te equivoques, no somos nosotros los que te joderíamos, pero cuando se sepa que tienes la minga como un cañon de navarone vas a convertirte en el novato más popular de Madrid.

Y comentando el asunto, empezamos a caminar Isaac Peral arriba.

(continuará)

LA GRAN TRAGEDIA DE MI VIDA

0:05 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (8)

Trabajo mejor con mujeres guapas que con mujeres feas. Es un hecho. Me favorece la tensión sexual. Me aporta energía. El único problema es que casi siempre termino queriendo tirármelas. Es lo que tiene.

Pondré un ejemplo. Cuando ella, con sus 25 años y su aire confiado -como si el mundo le pareciera un lugar espléndido donde vivir- entró por primera vez en mi radar, supe de un modo primitivo que tarde o temprano querría morderle las turgentes nalgas que en ese momento sólo podía intuir bajo la ropa.

Y ella, la de la mirada confiada, encima está buena. Tiene esa carita de niña de no haber roto un plato más que sin querer. Pero en el fondo, a estas alturas, la chavala ha roto varias vajillas ya.

Necesito un cigarrillo, dice ella en un susurro. Tiene 25 años y un aire confiado, como si el mundo le pareciera un lugar espléndido donde vivir. Es guapa; realmente guapa. Y tiene una voz bonita, llena de matices.

La puerta del club se traga a la multitud que hace un par de minutos hacía cola mientras acerco la llama al cigarro que reposa en sus labios. La luz flamea en sus ojos. Aspira el humo despacio.

25 años y un melódico acento. De sus tetas no diré nada, porque rompería la lírica interna de esta narración, pero si estuviéramos hablando de naipes, diría que está más que servida.

Juega con una pulsera mientras indaga sobre mi vida con preguntas inoportunas e interesantes. Me apoyo en el capó de un coche y la dejo hablar. La gran tragedia de mi vida es que me gustan las mujeres mucho más de lo que me convendría. Y por eso la dejo hacer. Soy incapaz de decirla que no aunque soy plenamente consciente de que esto es uno de esos errores que jalonan mi currículo. Una de esas cosas que atentan contra mi Manual Laboral.

Regla número 1 del Manual Laboral Zelle: no hables del Manual Laboral Zelle
Regla número 2 del Manual Laboral Zelle: no hables NUNCA del Manual Laboral Zelle.
Regla número 3 del Manual Laboral Zelle: nunca mojes la pluma en el tintero de la empresa.
y el resto no vienen al caso.

Pero ella, con sus 25 añitos y su voz cálida, no sabe nada de esas reglas y se acerca hasta que puedo respirarla, hasta que me resulta complicado ver algo más que su boca.

La gran tragedia de mi vida, ya lo he dicho, es que las mujeres hacen conmigo lo que quieren. Me viene a la cabeza, como saeta lanzada desde algún rincón inexplorado de mi mente, la orden taxativa de pensar con la otra cabeza, sí, con la de arriba, y poner fin a esta situación que sólo puede acabar de un modo. Pero como eso no funciona, esa parte racional mía cambia de táctica y se desata entonces una interesantísima batalla dialéctica entre mis dos hemisferios.
Mi hemisferio racional dice que:
-Dirigir equipos no incluye obligatoriamente tener sexo con los miembros femeninos a mi cargo.
El otro, el de Tyler, replica con agudeza que:
-Dirigir no es otra cosa que motivar y qué mejor motivación que unos buenos polvos. Además, añade, es preciso que conozca bien a mi equipo.
-Así no se conduciría un verdadero líder, acusa el hemisferio racional.
-Ah, no? y Clinton qué? responde viperinamente el hemisferio golfo.
-Eso, mira cómo acabó Clinton
-Coño, pues completamente indemne del impeachment y con el riñón más bien cubierto. Y fíjate ahora, padre putativo de Obama y todo.

El hemisferio racional, consciente de que la dialéctica no es su fuerte, se repliega a sus cuarteles de invierno mientrar tararea una vieja canción:
-Mañanaaaa me darássss la razónnnnnn, laralá laralóoooo
-Eso, mañana, mañana, responde el hemisferio salvaje, algo procrastinador él.

Y ella, completamente ajena a la tormenta de ideas que se ha desatado en mi Centro de Mando, me mira interrogadora, con sus ojos marrones, tratando de leerme el pensamiento.
Sí querida, claro que estoy pensando en follar contigo. Eso ni se pregunta. Qué hago si no aquí? qué haces tú?,

A mi no me hace falta leerle el pensamiento para saber que está sopesando opciones. Durante todo el día ha estado tonteando. Un flirteo sin importancia. Un paso más y dejará de ser algo inocente de lo que manaña pueda hablar con sus compañeras mientras toman café. Por eso duda. Y su duda resuelve cualquier pregunta. Si tuviera claro que esto se va a quedar en un tonteo sin más, no estaría dudando. Así que decido tomar partido y echarle una mano con la balanza. Deslizo mi mano sobre su cadera y la atraigo a mi. La beso. Apoya las palmas de sus manos sobre mi pecho, como para separarse de mi, pero sin decidirse a hacerlo. Ya lo he visto antes. Su lengua confirma mis sospechas: si pretendiese alejarse no buscaría la mía con tanto ahínco. Digo yo.

-Salgo con alguien, dice ella cuando al fin aflojo. Lo dice en un suspiro, sin separarse apenas. Lo dice porque cree que debe decirlo. Soy absolutamente incapaz de no sonreír. Si me hubieran dado un pavo cada vez que he oído eso, ahora sería asquerosamente rico.
-Descuida, no soy nada celoso.

Ahora sonríe ella. Habitualmente suelo dejar que sea ella la que decida hasta dónde quiere llegar. Así que me quedo mirándola, sonriendo apenas. Tentándola sin querer. O con toda la intención. Quién sabe.

Ella sonríe más y se muerde el labio.

Alguien empuja las puertas del club y el alboroto del interior nos alcanza amortiguado, con los altavoces retumbando graves al son del último éxito de no sé quién. Ese alguien nos llama a voces. Ella se gira y contesta con un ahora vamos que deja abiertas todas las opciones.

El hemisferio racional hace una última intentona golpista y me dice que debería ponerle fin ahora mismo. Que esto es un error catastrófico. Que no debería tirarme a las chavalas de la empresa que paga mis facturas. O que, de hacerlo, debería ser algo más discreto y no desaparecer con una de ellas con tantos testigos corporativos incómodos.

Me toma de la mano y me conduce unos metros. Llama a un taxi. En un par de minutos estamos lejos.

...

Me despierto tarde. Ella ya no está. Lástima. Tengo ganas de marcha. Me desperezo como un león, enredado en las sábanas y me levanto. Ya en el baño, ante el espejo, pienso que salta a la vista que la tensión sexual me favorece, pero que lo de follar me sienta infinitamente mejor. Dónde va a parar.

LA MUCHACHA DE LOS GAULOISES BLONDES

3:10 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (8)

Su forma de fumar me cautiva. Sujeta el cigarrillo con fuerza, como si temiera que el viento fuera a arrebatárselo, y vigila con desconfianza el paquete de Gauloises que reposa junto al vaso de cartón del Starbucks. Martina, se puede leer en un costado junto al logo. Martina, la muchacha de los Gauloises Blondes. Recurro al USA Today sólo por ganar un par de segundos. Despliego mi ejemplar sentado un par de mesas más allá. Finjo echarle un vistazo: el Efecto Obama abarrota las primeras páginas. Sólo los republicanos más recalcitrantes y los mandamases de la triple k son inmunes a la seductora figura del nuevo potus. Lebron le calza 41 puntitos a los Bulls y los deja tiritando. Los yankees se mudan. El dato del paro es peor de lo previsto, un 6,5 por ciento: eso significa que la economía del imperio destruye unas sesenta veces más empleo del que crea. El downturn será peor que cualquier otro, aventuran los expertos. Ya. A buenas horas, mangas verdes.

Dejo caer una de las esquinas de la página y vuelvo a mirarla. Tiene expresión de frío; el otoño aquí es más bien desapacible y húmedo. El viento alborota su fino pelo oscuro y ella pugna con escaso éxito por quitárselo de la cara. Al cabo, abandona, y los mechones ondean ante sus ojos, como una bandera arriándose al final de la tarde. El mismo viento que alborota su pelo levanta pequeñas crestas blancas mientras un velero navega en el lago, hacia el norte.

La miro en silencio. No necesito dotar de palabras la inarticulada delicadeza de su perfil, la insolencia de su barbilla. Dime, Martina, también contigo las cosas se volverán más complicadas? Sabes ya cuándo ocurrirá?, le digo, sin hablar, sin acercarme, sin que sepa aún que estoy aquí.

Súbitamente, ella gira su rostro y mira en derredor. Deja caer el cigarrillo y lo aplasta con un pie en un gesto reflejo que no consigue evitar que minúsculas pavesas salgan disparadas como estrellas fugaces en miniatura. Me parapeto tras la cortina de letras, paladeando esta visión única y clandestina. Es como mirarla dormida. Ya sé que no debería hacerlo, pero me siento incapaz de sustraerme a esta contemplación de contrabando. La observo sacar un libro del bolso que cuelga, bamboleándose, del respaldo de la silla. Lo reconozco de inmediato. Es el último que se llevó de mi casa en España. De Álvaro Pombo. Una historia de ternura y angustia, de revancha y esperanza. Antes de buscar el separador a tientas, consulta la hora en su reloj y veo el pequeño Tank Française resbalando por su muñeca. El viento arrecia. Siento una inexplicable urgencia por hundir mi nariz en su pelo y aspirar su olor. Pero me contengo y enciendo un cigarrillo.

Detesto esta urgencia y me impongo un ir despacio para ir más lejos. This is the slow motion killing minute style. Push is for beginners.

Este minuto furtivo no es algo nuevo para mi. Se parece a aquel otro minuto en el Amalfi, años atrás. Adoro la belleza que encierra porque sé que tiene la misma consistencia que las ráfagas de viento que el lago nos arroja a la cara. Hay algo en ella que me hace regresar siempre. Tal vez porque esos regresos no significan que vaya a quedarme, ni que ella espera que me quede. Quizá porque esa perfecta indefinición deja abiertas todas las vías de escape.

Sí. Quizá sea ese el motivo que nos hace buscarnos. Y, al cabo, encontrarnos.

La mayor parte de los seres humanos se pasan la vida buscando un amor que les llene, que les haga sentirse completos, sin pararse a considerar que ese gran amor que les convertirá en mejores personas y hará que su vida sea como un musical bien podría no existir. O existir y vivir en las antípodas y no cruzarse con él en la vida. O vaya usted a saber, que la vida es un prodigio en lo tocante a este tipo de putaditas. Y el ser humano, lo bastante gilipollas como para no hartarse de pastelones.

Además, no nos engañemos, todo ese rollo de las mariposas en el estómago tiene fecha de caducidad. Sí, ya sé que parece que no, que hay amores que arrasan todo con un fuego inextinguible y tal y cual. Ya, ya me lo han dicho antes, pero me resulta igual de creíble que lo del ratoncito Pérez. Y eso? te preguntarás. Pues eso es mi amiga y tampoco baila.

La duración es enemiga de la intensidad y, romanticidios aparte, me doy perfecta cuenta de la absoluta intrascendencia de todo esto. El amor es sólo una palabra que utilizamos cuando no se nos ocurre nada más que decir. Uno de esos repentinos ataques pseudosentimentales que son perfectamente indistinguibles de un retortijón, qué quieres que te diga.

Y a mi, los retortijones, como que no. Incluso la mera fonética del término me desagrada.

Levanto el cuello del chaquetón para hurtar mi piel a la gélida lengua de este viento que no deja de soplar nunca y que se adelanta al invierno, como su heraldo, anunciando días más cortos. Y noches más largas.

Y entonces me levanto, camino unos metros y un par de segundos antes de que mis labios se posen sobre su cuello, el perfume de Martina, la muchacha de los Gauloises Blondes, me abriga. Y ya no hace frío.

FAIRY GRAN RESERVA

1:40 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (10)

Déjame ponerte en situación. Una amiga tuya te presenta a un tipo. Parece agradable, educado. Charláis amigablemente durante una hora o así. Te parece más agradable aún, así que decides darle tu teléfono e invitarle a cenar a tu piso. Aún no has decidido si le enseñarás tu alcoba, pero no lo has descartado a priori.

Llega el día, suena el timbre. Compruebas con una ojeada rápida que todo esté listo. La mesa, la iluminación, algo de música. Te concedes un notable alto en la presentación mientras buscas el espejo del recibidor para asegurarte de que estás perfecta. Sólo después de domar un par de mechones rebeldes te decides a abrir la puerta.

Ahí está el tipo. La cosa pinta bien.

Pero...., qué harías si en lugar de la habitual botella de vino se presenta con una botella de Fairy y te la ofrece como si de un Cuné Imperial se tratase?

Cómo hemos llegado hasta este punto? Qué ha pasado para llegar hasta este terrible momento de confusión? Dejarás entrar a este imbécil? Le echarás a patadas? Llamarás a la Benemérita para que desalojen al tarado de la botella de Fairy? Te asaltará un furor uterino de difícil explicación y le arrancarás la ropa allí mismo? Che sera sera? whatever will be, will be.

Todo tiene su explicación, querida. Si tienes unos minutos, me encantará ilustrarte. Verás, hay una frase a la que ningún hombre es capaz de resistirse. Bueno, hay dos. La primera es No llevo bragas, pero de esa hoy no hablamos. La otra es No hay cojones.

Coge a un tipo refinado y cabal. Uno de esos tipos que no acostumbra a perder la compostura así aparezca Figo y le dé una patada en los huevos con toda la fuerza que el iracundo portugués fuese capaz de imprimir al movimiento. Pues bien, toma a ese tipo al que le queda media hora para acudir a una cita con una hermosa joven y cuando esté eligiendo el vino que llevará dile lo siguiente:
-No hay cojones para llevarle una botella de Fairy.
El efecto será inmediato, demoledor e imparable.

Afortunadamente los políticos no han descubierto el poder mesiánico de esta expresión. Pero llegará el día en que un político se ponga ante el atril, deseche el teleprompter y tras unos dramáticos segundos de silencio llenos de efectismo, suelte;
-No hay cojones en este país para votarme a mi.
Ese día se producirá un hecho sin precedentes, ya que el género masculino al completo en edad de votar apoyará al candidato como un bloque sin fisuras. Quizá sea cosa de la testosterona. O de la tontoterona. Lo que sea. El caso es que es así, inevitable, como las mareas, como las estaciones. El tío saldría elegido con un porcentaje que rayaría en el pucherazo. Y a partir de esa fecha, las campañas serían más cortas y los leit motiv electorales más explícitos. Sólo de imaginarme los carteles me entra una risa tonta que pa qué.
Pero regresemos al tipo que hace un par de segundos dejaba vagar una mano por su arsenal de vinos. El No hay cojones le ha descompuesto el gesto. La mandíbula le cuelga, inanimada, mientras pugna por no perder el control. En su interior una formidable fuerza de la Naturaleza comienza a tomar las riendas, obligándole a dirigir su mano hacia el armario bajo el fregadero, buscando a tientas una botella de plástico que encierra en su interior un líquido viscoso y verde. Mira, fíjate: su frente está perlada de sudor, un ligero templor asalta sus manos, le cuesta trabajo respirar, lo hace trabajosamente.
Observa cómo es incapaz de hacer frente al ahogo que trepa por su garganta. Sus ojos son un pozo de desconsuelo y frustración. Sabe que está perdiendo la partida. Que ese breve No hay cojones le ha condenado. Que, se ponga como se ponga, terminará llevando el Fairy. Será por cojones.

Ven, sigamos al tipo. Veamos cómo termina de vestirse. Camisa azul pálido de Carolina Herrera, pantalones camel de Paul & Shark, americana marrón Hackett de franela de algodón. En los pies unos Antonio Parriego de ante. Y en las manos una botella de Fairy. todo bien conjuntadito, sin duda. Ven, acompañémosle al garaje y veamos cómo se sube a su coche y coloca con primor el Fairy para que no sufra vaivén alguno durante el trayecto. Sólo le falta ponerle el cinturón de seguridad. Observa cómo circula con precaución para que el maldito envase de friegaplatos no se desparrame por la tapicería.

Mira cómo se planta ante el portal de la casa de la joven que unos pisos más arriba se acicala, completamente ajena al surrealista momento que la vida le deparará en cuestión de segundos.
-Hola, soy Hugo, contesta al metálico Quién es? que suena a través del telefonillo.
-Sube, contesta ella.

Y Hugo sube, claro. Con el Fairy en la mano. Afortunadamente no se cruza con nadie en el hall ni en el descansillo del cuarto piso al que se dirige. Busca con la mirada la G y al dar con ella se dirige, ufano como un colegial, a presionar el timbre.

Y ella, al abrir la puerta, se encuentra con un sonriente jaque. Ella también sonríe hasta que descubre en sus manos una botella de Fairy. Entonces una nube de confusión se posa sobre su faz. Cómo explicarle que todo esto proviene de un No hay cojones?

Ah... c'est ne pas posible, mon ami. No te creería

-Verás, querida, pensé en traer vino, pero luego me he dado cuenta de que con todo esto de la crisis el Fairy es un objeto muchísimo más práctico, dónde va a parar. Además, con una sola gota podremos fregar todos los platos que utilicemos. Si no, nos devolverán la pasta.

Afortunadamente ella se ríe y la franquea el paso.
-No has oído hablar de los lavaplatos?, pregunta ella, divertida.
-Mmm... eso tiene centrifugado?

ES HORA DE VOLVER A CASA

2:00 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (13)

Hace algunos años, al marcharme fuera del país, decidí alquilar mi casa de Madrid a uno de mis hermanos con la intención de eliminar el riesgo de que a mi regreso el inquilino de turno hubiera dejado el piso hecho unos zorros. Tenía aún fresca en la memoria otra experiencia de alquiler en la que el arrendatario me había limpiado la casa, grifos, pomos y picaportes incluidos, antes de desaparecer en la procelosa ciudad.

Total, que para no sufrir en la distancia, le entregué las llaves a mi hermano pequeño. Y él, en pago por mi confianza, se ha empeñado durante años en utilizar mi piso como picadero, tirándose a cuanta chavala respondiese positivamente a sus insinuaciones. A eso, y a olvidarse metódicamente de pagar el alquiler. Un mes no, y al otro tampoco. Lo cierto es que hay que admirar su perseverancia en el impago. Digna de una oda de Homero. Lástima que el egregio griego esté más bien fiambre porque no se me ocurre nadie capaz de afrontar el titánico reto.

Últimamente mi hermano comparte la casa con una estudiante Erasmus de no sé qué puto país impronunciable. O tal vez lo que ocurre es que la tía es de Talavera, pero algo gangosa. El caso es que cuando me la ha presentado, no le he entendido ni media palabra. Como no la había visto en la puta vida y no sabía que la jaca habitaba mi propiedad, le he inquirido:
-Compartís piso?
-Sí, aunque sería más exacto decir que lo que compartimos es una aguda apetencia por el sexo a deshoras y la obra de Frank Lloyd Wright y la Escuela de Chicago.

Mi hermano, ya ves tú, es arquitecto. O más bien es un proyecto de arquitecto. Y por lo visto, se está tirando a esta estudiante foráneo-gangosa de grandes pechos como antes lo hizo con aquella bailarina de ballet clásico o mucho antes con aquella otra voluptuosa repostera. Está claro que en mi familia no somos muy de pareja estable. Lo que sí tenemos es buen gusto, porque todavía no le conozco folla-amiga fea. Será cosa de los genes.

La tía está cómodamente enroscada en el sofá emulando a una gata de angora (o siamesa, que yo bien poco sé de gatos y me parecen todos iguales) y ni se molesta en levantarse. Debe pensar que soy el mayordomo, o algo semejante. Me asalta el súbito deseo de agarrarla de los pechos (es la parte de su anatomía más prominente) y lanzarla por la ventana. A veces me falta paciencia y este es uno de esos momentos: he aterrizado hace menos de una hora tras una semana de trabajo de las que hacen afición, con un jet lag que te defecas, y me encuentro con este engendro con tetas que ojea con genuina ignorancia un libro sobre la obra de Daniel Burnham. Reconozco el libro porque fui yo quien se lo regaló a mi hermano hace algunas navidades. Y mis deseos de agarrarla de los apéndices mamarios y tirarla a través de los ventanales aumentan al ver que pone en riesgo la integridad del libro con una taza de no sé qué infusión de pollas que huele a fosa séptica. Pero me puede mi natural amabilidad y le tiendo una mano. Mientras la alargo y ella la estrecha, me imagino cómo sería tirar de ella para estamparla contra una pared. Zas. Hala, a tomar por culo la becaria foráneo-gangosa. Pero dejo que mi deseo (o es el de Tyler?) se quede en el mundo de las hipótesis sin tomar cuerpo.
-Hola, soy Hugo, digo mientras estrechamos manos.
-Mfpfgghfc ppfammfp, responde dejándome en la inopia.
Tu padre más, pienso, por si acaso, mientras recupero mi mano.

Mi hermano, haciendo gala de los genes y el apellido, ha preparado viandas para recibir al viajero, es decir, a mi. Comida para llevar. Del Foster's Hollywood. La hostia. Vengo de pasar una semanita en yankeelandia y mi primera comida en suelo español tienen que ser unas pringosas costillas. Sólo con ver las bolsas me pongo malo.
-Es que no podías haber hecho una puta tortilla de patatas, querido?
-Yo? estás de coña, no? Yo sólo piso la cocina para buscar priva.
Ah... cuan familiar me resulta todo: la tía desmadejada en el sofá, la nevera llena de cervezas, el arsenal de Johnnies, ni rastro de comida medio sana. Es como asomarme por una ventana a mi propio pasado en esta misma casa.

Pero la efusión sentimental me dura veinte segundos. La dura realidad en forma de rugidos de mi estómago me impelen a propinarle media docena de collejas a mi hermano, tirarle encima una cazadora y empujarle a empellón limpio hacia la puerta.
-Nos vamos a cenar por ahí. Tu mascota viene o es de dieta macrobiótica?.
-Holsftefnejaur, vamos a tomar algo por ahí, vienes?
Y Holsfterfnejaur se desenrosca y se pone en pie de un salto con insospechada agilidad. No sé si hablará español, pero entender lo de la manduca sí lo ha entendido. Qué hija puta. Para saludarme no se incorpora, no, pero para que le pague la cena sí que salta como si tuviera un cohete en el culo.

Desfacer mi famélico estado y el de mi hermano y su mascota me sale por unos bonitos 90 euros. Vino incluido. Porque la tía habla poco, pero bebe como los peces del villancico. Tiene un aire lánguido, en plan Modigliani, pero unas tetas completamente fuera de lugar. Resulta curiosa la combinación de esbeltez y ciclópeo perímetro torácico. Se diría que sus tetas pretenden desafiar a Newton y su manzana. Por cierto, este verano Duncan y yo esbozamos cierta teoría que relaciona el Mar Mediterráneo y los grandes pechos. Algún día, cuando la tengamos más avanzada, la contaré con pelos y señales. Pero hoy no es ese día.

-El viaje qué tal?, pregunta mi hermano.
Hombre, no está mal. Esta vez sólo ha tardado un par de horas. Otras veces ni se ha acordado de la más elemental cortesía.
-Bien, me dejaron pilotar un rato.
La becaria de impronunciable nombre me mira asombrada y mi hermano menea la cabeza apesadumbrado.
-Querida, está bromeando, trata de aclararle. Es una broma vieja que solemos hacer entre nosotros.
Enciendo un cigarro mientras flipo. Ya sospechaba que la tía tenía pocas luces, pero esto es para nota.

Dejo que mi hermano le explique el mecanismo de la ironía mientras mi mente vagabundea. Hacía tiempo que no veía mi antigua casa. La compré en un ejercicio de salto bancario sin red. Recuerdo la cara del director de la sucursal cuando le dije que o me daba la pasta para comprar la casa o iba a tener que llamar a los geos para desalojarme de su despacho. Al principio se lo tomó a coña. Una hora después, viendo que yo seguía sentado, se avino a hablar. Un rato más tarde comenzó a negociar el diferencial. Era mucho más joven, pero se me daba igual de bien que ahora. Al dinero de la compra y escritura del piso le había calculado yo un par de millones más para acometer la reforma del baño, la cocina y la instalación del parqué. Aquel par de millones se convirtieron, de un día para otro, en seis. Je... A mi me hizo gracia, pero al tipo del banco casi le da un infarto. Lo mío no era una hipoteca subprime. Estaba muy por debajo. Pero eran otros tiempos, los tipos de interés estaban tirados por el suelo y cualquier podía conseguir una hipoteca con un bote de Skip. Yo me apliqué en la negociación como si de un killing minute se tratase. Aquel euribor más 0,25 fue como un orgasmo. Para alivio del director de la sucursal, al cabo de un año había traspasado la hipoteca a otro banco. Me había tirado a una de las gestoras de clientes (craso error) y la chavala estaba empezando a resultar molesta en su acoso. Me llamaba constantemente con la excusa de ofrecerme un plan de pensiones o un depósito a plazo fijo al siete por ciento tae o quedar a tomar algo. En ocasiones hasta se soltaba el pelo y trataba de quedar conmigo para follar. Así, sin anestesia. Y yo no estaba interesado en ninguna de sus ofertas: ni los productos financieros, ni los otros. Los primeros eran francamente flojitos y en lo tocante a lo segundo, mucho peor.

Después llegó ella y ocupó mi espacio vital como el Ejército Aliado el día D en las playas de Normandía. Es decir, al principio encontró algo de resistencia por mi parte, pero al cabo de poco tiempo había establecido puente de mando y mando en plaza. La cosa duró lo que duró y terminó como tenía que terminar.

Y un par de meses después de su despedida (léase Rompe paga) llegó la mía. Y con mi traslado a los States, a mi hermano se le abrieron las puertas de acceso a una vivienda digna como las que consagra la Constitución sin haber hecho nada para merecerlo. El hecho de que ahora esté cenando con él y su hermética y tetuda partenaire demuestra que aprovechó bien el tiempo. Ahora están enfrascados en una discusión a cuenta de la ironía que se esconde tras muchos de los giros de la fecunda lengua castellana y las dificultades que los no nativos tienen para pillarla.

Y como no me interesa su intercambio de reproches, mi mente bucea en recuerdos de años atrás. Me viene a la mente la imagen de mi regreso de Estados Unidos. Ni siquiera pasé de nuevo por mi piso. Acepté un curro, lejos de Madrid y dejé que mi hermano continuase con su incipiente carrera de follador nocturno mientras yo exploraba la orografía femenina nacional en su variante costera. Supongo que una gran parte de lo que pasó desde entonces está registrado en este blog. Hace un par de meses acepté otra oferta laboral que me ofrecía la opción de regresar a casa. A Chicago. Acepté.

Así que ahora estoy preparando otro traslado transoceánico con la tranquilidad que da saber que haga lo que haga no hay forma humana de hacerlo bien.

Mi hermano y la petarda se dan una tregua cuando me traen la cuenta. No os molesteis, ya pago yo, cabrones, pienso. Y lo cierto es que ni hacen el ademán de estirar la mano para hacerse cargo de la cuenta.

De camino al piso observo las calles. Todo seguía prácticamente igual. La panadería, el chino con su ultramarinos, el grasiento bar gallego, los macarritas moneando en la calle con sus motos con sonido a lata. Resulta refrescante ver que hay cosas que permanecen inalteradas. La mascota de mi hermano anda algo cabizbaja y mustia. Supongo que mi hermano no habrá sabido contener la lengua y habrá soltado alguna burrada que le costará más de una zalamería para recuperar los favores sexuales de ese par de tetas ambulantes. Veo cómo la ronda, soltando tonterías en plan 'anda reina, no te enfurruñes'. Ella se resiste a reír, fingiendo un cabreo de mona que en realidad no siente. Al final, mi hermano le da un azotito en el culo y la chavala cede. Ah.... qué cosas. ahora caminan pegados, unidos por las caderas. Espero que esta noche no les dé por follar, porque voy a dormir en la habitación de al lado y ya me jodería que mi hermano me tuviese en vela haciendo gala de su poderío.

Arrojo el cigarro casi consumido y la tea roja rebota en el asfalto mojado, esparciéndose en un estallido colorista. Mi hermano gira la cabeza y me guiña un ojo.

Tranquilas, señoritas. España puede respirar tranquila. En mi ausencia, la saga continúa.