FEA (pero te quiero)

15:26 / Publicado por Hugo / Se han atizado un Johnnie: (5)

Si mi abuela me escuchara versionar el Fea de Fernando Álvarez al piano probablemente le daría un vahído. Años de conservatorio para esto. Pero yo tengo estas cosas. Es sentarme ante un piano e invariablemente me da por Send in the Clowns o Fea. Y hoy me dio por Fea. Afortunadamente, porque de haber obligado a este piano a mostrarme su cara más clásica probablemente nunca habría conocido a Susana. Y no la habría escuchado decir eso de "Era tan fea que en lugar de menstruación tenía monstruación".

La primera vez que escuché el tema fue en Salamanca. Fue en un on route histórico en el que terminé irrumpiendo en la habitación de un chica que vivía en una residencia para hijos de militares con los bolsillos llenos de condones de diferentes sabores al grito de A follar, ar! y golpeando mis tacones de modo marcial. Pero antes de eso, descubrí este gran tema que ahora me asalta cada vez que pulso las llaves de un piano. Me cautiva ese tempo de blues. Pero sobre todo, me gusta su mensaje.

Era tan fea que al nacer el médico dijo: si vuela, es un murciélago.

Hoy, sentado al piano en casa de una tía que no conozco de nada, rodeado de una muchedumbre que no conozco de nada, en una fiesta a la que realmente nadie me ha invitado, me ha dado por ahí. Supongo que he llegado temprano, pero Miguel, al que recordarás como Príapo, no debería retrasarse. Al fin y al cabo, esta fiesta es cosa suya: algo relacionado con la inauguración de la casa de una amiga. Yo sólo soy un invitado sorpresa. El tipo que me ha abierto la puerta no me ha preguntado quien era, asumiendo que conocería al alguien. Pero como Miguel no ha llegado aún, en realidad no conozco a nadie. Vagabundeo y saludo con ligereza a un par de tías que no están lo suficientemente buenas hasta que descubro el piano. Miguel sigue sin aparecer. Así que me armo con un buen Johnnie y levanto la tapa. Pulso una escala sencilla. Bien. No está completamente afinado, pero tampoco es que maúlle.

Y antes de darme cuenta, ya estoy desgranando las primeras notas. Tampoco es que suela hacerlo. Lo de invadir pianos ajenos. Pero hoy me ha dado por aquí. Tal vez debería haberle pedido permiso a la dueña, pero a saber quién coño es. Igual es tan fea como la de la canción. Era tan fea que su madre no la daba de comer porque sólo la quería como amiga. Y esta noche no tengo espíritu para tratar con bat factors.

Y en mitad del segundo estribillo, Susana, a la que en aquel momento aún no conocía, se sienta en la banqueta y deja su copa de vino sobre la tapa del piano y sonriendo pronuncia sus primeras palabras: "Era tan fea que en lugar de menstruación tenía monstruación". Ambos nos reímos, identificándonos de inmediato como espíritus afines.

Supongo que Miguel debió hacer acto de presencia en algún momento entre el quinto o sexto bis. Pero para aquel entonces yo ya tenía los dedos calientes. Y alguna que otra cosa más. No es buena idea darle palmas a un pianista. Terminará tocando todo su repertorio. Y a veces un tipo al piano puede ser una pesadilla. Pero Susana no sólo daba palmas. También hacía de Alfredo en el tema, salpicando mi ejercicio con sentencias sobre lo fea que era la jaca aquella de Fer. Era tan fea que cuando envió su foto por email, lo detectó el antivirus.

-Promoción del 98. De la Pontificia. Y tú?

Tomo el cigarro que me enciende y doy una calada mirándola.

-El que estudió allí fue un colega. Yo sólo iba a las fiestas.

Ella se ríe y se enciende otro cigarro. Éste para ella.

-Entonces supongo que pasarías mucho tiempo allí.

-No te haces una idea cabal, querida.

Era tan fea que en los bares le pedían la huella digital porque no sabían si era humana o animal.

-Tienes pinta de médico, dice ella.

-Bueno, podría decirse que soy un ginecólogo amateur.

Ella se ríe y sacude su brillante melena. Su pelo cae en cascada sobre sus hombros y cuando lo recoge entre sus manos, sus pechos se tensan bajo la camiseta de tirantes. Definitivamente, mi abuela sabía lo que hacía cuando me obligó a estudiar piano. O más bien, no tenía ni idea. En cualquier caso, bendita sea.

-A qué te dedicas?, inquiere ella. En estos actos sociales suele ser muy socorrido hablar de a qué se dedica cada cual. Si tuviera el ánimo más sandunguero le diría que trabajo en el departamento de control de calidad de Johnson & Johnson. Sí, el que se encarga de probar uno a uno los termómetros rectales. Yo soy, le diría, el que se encarga de insertárselos a los probadores. Pero como me he tirado toda la tarde rodando con la moto, tengo mi lado salvaje algo apaciguado, así que le digo la verdad.

-Yo vendo humo, querida.

-Sí, también tienes pinta de eso, ríe ella.

Ella, en cambio, no tiene ningún signo aparente que la relacione con su trabajo. Aunque de haber habido alguno, tampoco habría sabido interpretarlo ni reconocerlo. Ella es una commodity broker. Es una de esas personas que colocan bienes en los mercados, moviendo algodón de Amsterdam a Kansas, café desde Colombia a Rusia y calamares desde el Mar del Norte a las lonjas de Australia. Su nivel de millas aéreas/año rivaliza con la media de mis mejores tiempos.

Mientras ella me lo cuenta, y está un buen rato hablando, improviso alternando notas en E y C, pulsando negras, haciendo más grave la melodía, arpegiando el acorde mientras acometo de nuevo la primera estrofa, con un walkin sincopado poco elaborado, pero muy de blues. Lo de los matojos es una guarrada de cojones, pero me cuesta contener las carcajadas. El tipo que lo escribió es un puto genio.

-Todo un virtuoso, dice ella, trayendo nuevas copas.

Sonrío y complico un poco más el arpegio, modificando el walking, dejándolo vagar sobre la melodía. alterando un poquito su tonalidad, violándola de algún modo, pero haciéndole un bello hijo, sin duda. Como hacía Dumas con la historia.

-No, querida. Lo mío no es precisamente la virtud, sonrío, haciendo vibrar la escala con una tercera de intervalo mayor arriba sobre un do mayor séptima. Y al pasar al si bemol, a tercera mayor arriba de re. Truquitos de perro viejo jugando con la tonalidad. Escalas de blues de la y de mi. Nada especialmente complicado, sin duda. Pero muy sólido. Estas escalas han versionado ya muchos temas en otros tantos pianos, querida.

Dejo momentáneamente de tocar para dar un trago.

-Quizá debería haberle pedido permiso a la dueña. Ni siquiera sé quién es.

Ella se ríe echando la cabeza hacia atrás.

-Un poquito tarde para eso, no?

-Nunca es tarde si la picha es buena, querida.

Ella se ríe más.

-Bueno, si la picha es realmente buena, permiso concedido entonces, querido.

Me río, felicitándola por la compra de la casa y tranquilizándola:

-La picha es de primera, querida.

Ella lo agradece lo primero con modestia cortés y con una carcajada lo segundo. Resulta curioso que las tías con las que trato terminan adoptando mis usos y llamándome ‘querido’ con una naturalidad sorprendente. Nos levantamos, porque ella quiere abrir uno de los balcones de la amplia sala de estar. Para que se ventile, que esto empieza a estar cargado.

-Entonces también tocas, afirmo más que pregunto.

-No, no.... yo no sé nada de piano.

Una pequeña alarma se enciende en alguna remota parte de mi cerebro. Marido? novio? mascota? una segunda personalidad psicótica que le ha pasado inadvertida hasta ese momento? La lista de posibilidades es infinita. Y en ocasiones, terrorífica.

Susana advierte ese relámpago de incertidumbre en mis ojos y sonríe. Disfruta alargando la duda y cambia de tema, regresando a Salamanca.

-Un pequeño paraíso, verdad?

Desde su ventana hay una preciosa vista de San Francisco el Grande. Imagino que una casa con estas vistas le habrá costado una pasta.

-Sí, todo un jardín de las delicias, concedo. Las tías con buen gusto a la hora de comprar casas suelen tener también buen gusto para la ropa interior. Y una mujer que cuida su ropa interior es una mujer que sabe lo que le gusta.

Entra un aire frío por la ventana abierta, disipando la bruma de tabaco y gentío de la sala de estar. Ese mismo aire frío contribuye a disipar la imagen de Susana en plan angelito de Victoria's Secret que ya se estaba materializando en mi cabeza. Hablamos con calma, proporcionándonos las coordenadas sociales suficientes como para saber con quién estamos tratando. El juego de siempre. Ventilamos un par de copas y otros tantos cigarros. Me habla de unos cuadros que aún tiene que colgar. Le recomiendo un sitio donde podrá encontrar marcos verdaderamente buenos a un precio razonable. Comentamos el drama de las plazas de garaje en Madrid. Sobrevolamos la actualidad económica y lo cerca que estamos del iceberg final. Y cuando me quiero dar cuenta descubro que han pasado un par de horas y que ya no hay tanta gente como antes. Miguel se acerca acompañado de una tía que me suena vagamente pero que no consigo ubicar.

-Veo que ya has conocido a Susana.

Miguel sí estudió en Salamanca. Probablemente se zumbaría a Susana entonces. Qué calladito se lo tenía. Aunque supongo que tampoco estaba obligado a darme el parte. Hoy, por ejemplo, se va a zumbar a esta otra morenita que no consigo ubicar del todo. No es mala elección, pero Susana tiene muchos más atractivos.

Susana le abraza, despidiéndole y agradeciéndole su presencia en la fiesta de inauguración. Poco a poco todo el mundo se va y Susana cierra la ventana que abrimos hace ya un buen rato.

-Creo que ya se ha ventilado bastante, dice, encaminándose al improvisado mueble bar y sacando dos vasos anchos y regresando al piano para servir dos Johnnies con hielo sobre la tapa.

Yo meto las manos en los bolsillos y me apoyo en el quicio de la ventana, observándola evolucionar. Jesús bendito. Está tremenda, pienso sin poder evitarlo. Ella desvela que el piano era de su padre, una herencia, y levanta una copa en mi dirección invitándome a tomarla. Y yo me tomo la invitación por lo general. Así que me acerco y retiro la copa de su mano, dejándola sobre el piano mientras deslizo una mano por su cadera, despacio, acercando mi boca a la suya, decidido a que sea ella la que recorra ese último centímetro. Esboza una sonrisa y me besa.

Era tan fea que cuando nació la metieron en una incubadora con cristales tintados.

Fer, querido, nunca lo sabrás, pero los polvos de esta noche te los dedico. A ti, y a esa horrenda novia tuya.

 
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